La semana pasada, una nueva operación policial sacudió Bruselas. Las autoridades belgas detuvieron a varias personas en el marco de una investigación sobre presuntos sobornos a eurodiputados con el objetivo de influir en decisiones políticas de la Unión Europea. Este caso es similar al Qatargate, en el que terceros países -Qatar y Marruecos principalmente- trataron de ejercer su influencia en el parlamento europeo a través de sobornos. 

En esta ocasión el implicado es China, concretamente la empresa Huawei, que trató de comprar voluntades para generar posiciones favorables por parte de la eurocámara. Ambos escándalos no solo ponen en entredicho la integridad del Parlamento y erosionan su legitimidad, sino que también resaltan las debilidades del sistema para evitar la corrupción vigente.

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