Las protestas en Irán coinciden con la reciente intervención estadounidense en Venezuela, lo que ha llevado a parte del debate público a cuestionar si Washington pretende replicar esa estrategia en Teherán. Pero ¿quién está realmente detrás de las revueltas, cuándo y por qué estallan ahora: una operación diseñada desde el exterior o dinámicas internas acumuladas que nada tienen que ver con Trump?

Irán hoy: datos, magnitud y violencia

Del 8 al 17 de enero, Irán ha permanecido totalmente incomunicado. La información no entraba ni salía del país. El sábado 17 se restauraron los SMS y comenzó la retirada gradual del apagón de internet. Los datos disponibles permiten esbozar la magnitud de la crisis. 

Según datos del Institute for the Study of War, las protestas, iniciadas el 28 de diciembre, experimentaron una escalada rápida y sostenida. Lo que comenzó como cuatro focos dispersos derivó, en menos de diez días, en un movimiento de alcance nacional. El 7 de enero marcó el punto de máxima expansión: las movilizaciones se extendieron por prácticamente todo el territorio iraní.

Mapa de localización de las protestas registradas en Irán entre el 6 y el 7 de enero de 2026, elaborado por Institute for the Study of War y Critical Threats.
Mapa de localización de las protestas registradas en Irán entre el 6 y el 7 de enero de 2026, elaborado por Institute for the Study of War y Critical Threats.

Después llegó el silencio. Desde el 13 de enero, apenas se registran protestas. El régimen sostiene que la situación está “bajo control”. La narrativa oficial del Estado insiste en presentar las protestas como una operación inducida desde Estados Unidos.

Este recurso forma parte de la arquitectura discursiva del régimen que articula su legitimidad sobre un relato antioccidental. Sin embargo, las dinámicas observadas antes del apagón muestran una movilización organizada, sostenida y con un componente social claro, no solo una acción instrumentalizada desde fuera.

La cifra real de víctimas es desconocida. Según Reuters, las autoridades iraníes confirman al menos 5.000 muertes durante las protestas, que comenzaron como una reacción a la inflación, la precariedad y el deterioro económico. El 14 de enero se empezaron a celebrar funerales en varias ciudades por las víctimas de la represión. Ese mismo día, la televisión estatal reconoció una “alta cifra de fallecidos”, sin ofrecer detalles. 

Llamada filtrada desde Irán tras el apagón informativo. Grabación telefónica del 12 de junio de 2026 entre una madre y su hija, difundida por la cuenta de Instagram @noor.alamarty.
Llamada filtrada desde Irán tras el apagón informativo. Grabación telefónica del 12 de enero de 2026 entre una madre y su hija, difundida por la cuenta de Instagram @noor.alamarty. Las autoras permanecen en anonimato y han eliminado cualquier dato personal para evitar represalias. Fuente: @noor.alamarty

El 15 de enero, Irán reabrió su espacio aéreo tras un cierre de cinco horas ante el temor a una intervención militar. En paralelo, Estados Unidos reforzó su presión: amplió las sanciones y advirtió que consideraría medidas adicionales. La respuesta iraní fue inmediata. 

Poco después, un comandante de la Guardia Revolucionaria, aparato militar del Estado, anunció que las fuerzas armadas se encontraban en alerta máxima. El país, por tanto, está atrapado en un escenario crítico: represión severa, movilización persistente y una amenaza externa que el régimen utiliza para justificar el cierre informativo y la intensificación del control coercitivo. 

Por qué Irán no es Venezuela

Ambos compartían sanciones, dependencia petrolera y confrontación con Washington, pero no, Irán no es la próxima Venezuela. El tipo de crisis, las dinámicas internas y la naturaleza de la intervención estadounidense en cada caso son radicalmente distintas. 

En Venezuela, la caída de Maduro se produjo tras años de colapso económico, protestas y una intervención externa que vulneró de forma evidente el derecho internacional. Pero incluso en ese caso, no puede sostenerse que la población fuera una masa pasiva manipulada desde la Casa Blanca. Había un hartazgo real, una oposición reconocida y un amplio sector de la sociedad que sí aceptaba, e incluso pedía, intervención exterior como vía de salida.

En Irán, la población no quiere un liderazgo impuesto por Estados Unidos. Washington mantiene como figura simbólica a Reza Pahlaví, hijo del último sha exiliado, pero su legitimidad interna es mínima. No existe en Irán un equivalente de la movilización “pro-oposición” que en Venezuela articuló parte del cambio político. 

Además, la sociedad iraní mantiene un consenso básico: no quieren una intervención militar estadounidense. La dignidad política y la memoria regional pesan demasiado. Por eso las protestas iraníes reclaman un cambio desde dentro, no un reemplazo desde fuera.

Manifestantes queman imágenes del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, del presidente estadounidense Donald Trump y de Reza Pahlavi, hijo del derrocado sha de Irán, durante protestas. Fuente: TRT World

Asimismo, hay un elemento estructural que marca la diferencia: la intervención militar en Irán presenta un coste estratégico mucho más alto. La Guardia Revolucionaria es un actor autónomo y cohesionado, con capacidad para resistir un ataque externo. La sociedad está polarizada, pero no fragmentada. 

La región entera se volvería inestable ante una intervención directa. Activaría la red de aliados y actores no estatales vinculados a Irán en Oriente Próximo, elevando el riesgo de escalada indirecta y conflicto multinivel. El impacto se extendería al equilibrio de seguridad regional, tensionando a Israel, al Golfo y a los principales corredores energéticos. 

El resultado no sería una operación contenida, sino un shock sistémico con efectos desestabilizadores más allá del propio Irán. Por todo ello, reducir esta movilización a una estrategia diseñada por Washington es tan erróneo como defender a un régimen autoritario solo porque su adversario geopolítico es Estados Unidos.

Claves para entender al pueblo iraní

Irán tiene una larga tradición de represión política, pero la escalada de estas últimas semanas supera cualquier precedente en los 45 años de la República Islámica. La violencia desplegada no es un fenómeno aislado; es la expresión acumulada de un sistema cuya capacidad y disposición para utilizar la fuerza se ha consolidado durante décadas. 

Las revueltas se intensificaron en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, cuando la joven kurda de 22 años falleció bajo custodia de “la policía de la moral” (Gasht-e Ershad) por, presuntamente, llevar mal el hiyab obligatorio. 

Bajo el hashtag #MahsaAmini, la periodista iraní exiliada Nazenin Ansari difundió un vídeo de una concentración estudiantil que denunciaba la muerte de Nika Shakarami, de 16 años, supuestamente secuestrada, torturada y asesinada por las fuerzas de seguridad tras su desaparición durante las protestas de 2022. Fuente: @NazeninA, X

Desde Occidente circulan narrativasopuestas que buscan explicar el origen de la movilización en Irán. Por un lado, quienes sostienen que la agitación sería el “Plan B” de Donald Trump y Benjamin Netanyahu tras la guerra de doce días entre Israel e Irán en 2025. Por otro, medios y analistas que interpretan las protestas como una expresión de hartazgo absoluto y como el umbral de un cambio de régimen inevitable. Ninguna de estas lecturas, en bruto, explica la complejidad del escenario interno.

Los datos y los testimonios difundidos por los propios iraníes muestran un país polarizado, con identidades políticas y sociales en tensión. Más de trece millones de votantes (aproximadamente el 15% de la población) apoyaron al candidato ultraconservador Saeed Jalili en las últimas elecciones de 2024, una figura de línea dura alineada con el ayatolá Alí Jameneí. Esa base concentra sectores religiosos, rurales y parte de la clase trabajadora. En el extremo opuesto, emerge una sociedad urbana e intelectualmente activa, que articula demandas de derechos civiles y transformación política.

Resultados provinciales de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Irán (2024). Fuente: Electoral Geography
Resultados provinciales de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Irán (2024). El mapa muestra la distribución territorial del voto entre Masoud Pezeshkian (en tonos verde-azulados), candidato apoyado por la alianza reformista que obtuvo el 54,76% de los votos, y Saeed Jalili (en rojo), figura de línea dura vinculada al sector principista que alcanzó el 45,24% de los votos. Pezeshkian concentró su apoyo en las zonas urbanas y del norte del país (como Teherán), mientras que Jalili dominó en amplias regiones centrales y orientales, reflejando la polarización política y territorial del electorado iraní. Fuente: Electoral Geography

Ambas lecturas –la de una población liberal y la de una base conservadora– son legítimas y forman parte del mapa político real. Reducir Irán a un único bloque social es sumamente erróneo: la población iraní actúa desde una racionalidad política compleja, que buena parte del análisis occidental sigue subestimando.

Asimismo, es fundamental entender que los iraníes enfrentan dos amenazas simultáneas. La primera es el propio régimen, que ha institucionalizado la violencia como mecanismo de control social y que mantiene una arquitectura represiva capaz de bloquear cualquier reforma profunda. La segunda es la perspectiva de una intervención externa que podría fragmentar el país y reproducir los escenarios devastadores ya vistos en Irak, Siria o Libia. Esa memoria regional pesa en cada decisión colectiva. 

La movilización no busca facilitar una intervención estadounidense. Busca evitarla. Uno de los objetivos de la población es impedir que el colapso del régimen derive en un vacío que otros actores puedan aprovechar. En consecuencia, no podemos asumir que el ayatolá Jameneí carece de apoyo interno, así como tampoco que los manifestantes desean reemplazarlo por un dirigente afín a potencias extranjeras.

Irán vive un conflicto esencialmente interno, nacido de una crisis que mezcla teocracia, militarización, sanciones y deterioro económico. La transformación no llegará de una operación exterior. Solo puede surgir desde dentro, a partir de la propia agenda política de la sociedad iraní.

Mapa TPR 82 Israel e Irán, dos enemigos en Oriente Próximo.avif

Devolver el foco al sujeto que importa

Aún no sabemos hacia dónde se inclinará el desenlace. Si Estados Unidos decide no intervenir, las protestas continuarán erosionando al régimen hasta que se produzca un cambio interno, tarde o temprano. Si interviene, el coste humano será aún más grande y el país entrará en una espiral de violencia. Irán está inmerso en un punto de inflexión, y cualquier resultado implicará un reajuste profundo del sistema político.

Pero incluso en medio de esta incertidumbre, hay un principio que no puede perderse de vista: el sujeto central del proceso no es la Casa Blanca, sino el pueblo iraní. La lectura de Irán a través del temor al intervencionismo de Washington oscurece más de lo que explica. Ese enfoque convierte la protesta en sospecha, transforma la violencia estatal en un elemento secundario y reduce a la sociedad iraní a un actor pasivo atrapado entre potencias externas.

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