
Irán y EE.UU. pactan negociar: ¿quién gana en Oriente Próximo?
Tras varios meses de campaña bélica, Irán y Estados Unidos sellaron un Memorándum de Entendimiento destinado a poner fin a las hostilidades, con el objetivo de iniciar un proceso negociador para un acuerdo más amplio sin la presión de los bombardeos. Se busca además generar alivio en unos mercados y cadenas de suministro globales ya muy tensionados, cuyos efectos inflacionarios venían afectando a los ciudadanos de todo el mundo. ¿Será este el primer paso para estabilizar la región?
Acuerdo negociar para llegar a un acuerdo
El memorando consta de 14 puntos cuya disposición principal es el cese de las hostilidades, incluido el frente libanés, junto con un compromiso de 60 días para negociar un acuerdo definitivo.
Irán se compromete a la reapertura del estrecho de Ormuz y reafirma su voluntad de no desarrollar armas nucleares. Estados Unidos, por su parte, acepta levantar las sanciones económicas contra Teherán y retirar sus fuerzas militares de sus "proximidades" en un plazo de 30 días tras la firma del acuerdo definitivo. Una vez rubricado este, Washington se compromete también a facilitar la liberación de 300.000 millones de dólares en un fondo de reconstrucción respaldado por actores regionales.
Un punto destacable es que el documento habla de "Estados Unidos, la República Islámica de Irán y sus aliados en la guerra actual" sin mencionar explícitamente a Israel, a pesar de que el acuerdo le afecta directamente, ya que Tel Aviv es el actor principal en la rama libanesa del conflicto.
El memorando es, en definitiva, un documento por el que ambas partes se comprometen a negociar. No es un acuerdo en sí mismo, sino, como mucho, un entendimiento para alcanzar un acuerdo en el futuro. Es deliberadamente ambiguo y sus disposiciones carecen de concreción. Por ejemplo, se habla del levantamiento de las sanciones sin especificar cómo ni cuándo se llevará a cabo. Asimismo, Estados Unidos se compromete a retirar las tropas de las "proximidades" de Irán sin detallar a qué zonas se refiere exactamente. Lo mismo ocurre con los 300.000 millones y el papel de los socios regionales de Washington.
Con el propio estrecho sucede algo similar: se establece que la circulación será libre y sin coste durante 60 días, quedando pendiente decidir qué ocurrirá después. En cuanto al enriquecimiento de uranio, Irán se compromete a diluir el que ya posee por debajo de su nivel actual, pero sin precisar cuándo, cómo ni durante cuánto tiempo. Esta ambigüedad resulta lógica en un documento cuya disposición principal es el compromiso de negociar: no tendría sentido adelantar los resultados de un proceso antes de que comience.
Por último, cabe destacar que el acuerdo involucra a un tercer actor, Israel, que no negoció ni firmó el texto. Esto refleja la enorme complejidad del proceso, que también se hizo evidente al intentar arrancar las negociaciones.
Un comienzo difícil
Poco después de anunciarse el acuerdo, la Casa Blanca informó de que el vicepresidente JD Vance viajaría esa misma semana a Ginebra para iniciar la primera ronda del proceso de 60 días. Finalmente, anunció que retrasaba el viaje por falta de condiciones logísticas. Incluso antes de ese retraso, la delegación iraní no había confirmado su asistencia, alegando que el proceso no podía comenzar mientras continuaran las hostilidades en el Líbano. Israel, por su lado, afirmó que no era parte de ningún acuerdo y que mantendría sus operaciones.
A partir de ahí se desató una dinámica caótica: Trump amenazó a Irán si no negociaba, Irán anunció el cierre del estrecho sin llegar a cerrarlo, e Israel se negó a detener las hostilidades para después implementar un alto el fuego parcial, todo ello en apenas 36 horas. Finalmente, ambas delegaciones llegaron a Ginebra al día siguiente. Esta secuencia demuestra que el memorando no es el final de ningún proceso, sino el inicio de unas negociaciones que atravesarán avances y retrocesos durante todo el periodo, y que podrían prolongarse más allá de los 60 días si las partes así lo deciden.
¿Quién ha ganado?
El documento se interpreta en general como favorable a Irán, pues da inicio a un proceso negociador que recoge buena parte de sus demandas: la inclusión del Líbano en las negociaciones, el levantamiento de las sanciones y un fondo de reconstrucción que Teherán interpreta como reparaciones de guerra, algo que Washington niega. A cambio, Irán se limita a reabrir el estrecho de Ormuz, es decir, a regresar a la situación previa a la guerra sin mayores concesiones. Resulta difícil, por tanto, leer el acuerdo de otra manera que no sea como una victoria iraní.
Esa victoria inicial condicionará la posición negociadora de Teherán y podría dificultar que acepte nuevas concesiones una vez que el proceso esté claramente equilibrado a su favor: la realidad ha demostrado que la estrategia del cierre de Ormuz es eficaz a la hora de forzar concesiones de Washington. Trump ha declarado públicamente que no permitirá que Irán imponga peaje alguno por el cruce del estrecho. Sin embargo, Mohammad Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní y figura de gran influencia tras la muerte del anterior Líder Supremo, aseguró que el estrecho "nunca volverá a su estado anterior" y que "naturalmente" se impondrán peajes. La cuestión se plantea como un juego de suma cero —o hay peajes o no los hay—, lo que complica aún más el acuerdo definitivo.
A esto se suma una desconfianza máxima entre ambos actores, especialmente desde que en 2018 Estados Unidos abandonara unilateralmente el acuerdo nuclear vigente. El memorando demuestra que las partes pueden entenderse en determinados contextos, pero la brecha de fondo para alcanzar un acuerdo definitivo sigue siendo considerable.
El Líder Supremo Mojtaba Jamenei emitió un comunicado respaldando el acuerdo y las negociaciones, aunque dejó claro que mantenía una "visión diferente" y que la parte estadounidense estaba desesperada por negociar. De este modo permite que el proceso continúe en busca de un acuerdo favorable, al tiempo que se desvincula personalmente, lo que facilitaría una eventual ruptura sin que ello dañe su autoridad.
Desde el lado estadounidense, el mayor reto para la administración Trump es demostrar que este acuerdo supera al negociado por Obama en 2015. Para ello, Washington deberá lograr restricciones al programa nuclear iraní más estrictas que las de entonces, en un contexto mucho más favorable para Irán y con un liderazgo iraní menos comprometido con la negociación que el que encabezó Hasán Rohaní en aquella ocasión.
Además, esta administración ha mostrado escasa paciencia negociadora y, como ha ocurrido en Ucrania o Venezuela, tiende a perder interés cuando el proceso se estanca. Dada la magnitud y complejidad técnica de los asuntos pendientes, resulta poco realista esperar un acuerdo completo en apenas dos meses. El plazo podría ampliarse, pero está por ver si Washington mantendrá su compromiso con el proceso durante tanto tiempo.

A esto se añade que el régimen de sanciones contra Irán, diseñado bajo la primera administración Trump para impedir un nuevo acuerdo nuclear, se construyó deliberadamente complejo, con la participación de múltiples agencias y solapamientos burocráticos pensados para dificultar su levantamiento por una futura administración demócrata. Desmontar esa maraña sancionadora será tan laborioso, desde el punto de vista logístico, como lo fue construirla.
La cuestión central sigue siendo el estrecho de Ormuz. Ahora que Irán no solo controla de facto el paso sino que su apuesta por el cierre le ha reportado una ganancia estratégica, revertir la situación será complicado. En mayo, Irán creó un nuevo organismo, la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico, para gestionar Ormuz. Como parte de ese proceso, declaró unilateralmente el control de una zona marítima ampliada que invade aguas territoriales de Omán y los Emiratos Árabes Unidos, exigió autorización previa a los buques para cruzar el estrecho e indicó que los buques militares hostiles no eran bienvenidos.
El paso por Ormuz, por tanto, no se reduce a la cuestión del peaje. Irán ha propuesto gestionar este mecanismo conjuntamente con Omán, una opción que podría incorporarse a un acuerdo final. Sin embargo, Estados Unidos ha sancionado a esta nueva autoridad por sus vínculos con la Guardia Revolucionaria, que la controla de facto. Si Washington acepta este nuevo statu quo, se aceleraría la búsqueda de rutas alternativas que eviten el estrecho. La guerra ha demostrado lo difícil que resulta encontrar esas alternativas —cualquier proyecto exigiría tiempo y una inversión considerable—, pero un estrecho que no esté plenamente abierto forzaría a los Estados de la región a intentarlo. Tampoco es un asunto menor que Irán se oponga al tránsito de buques militares, dado que tanto Estados Unidos como Francia mantienen bases navales en el Golfo Pérsico solo accesibles a través de Ormuz.
Futuro y consecuencias
Esta nueva fase negociadora también tiene un claro impacto en la política interna estadounidense. JD Vance ha emergido como el principal arquitecto del proceso, relegando a un segundo plano tanto a Marco Rubio como al propio Trump. Para Vance es la oportunidad de recortar distancias con Rubio de cara a la próxima carrera presidencial. Si el acuerdo fracasa o se firma en unos términos humillantes para EE.UU. será su culpa.
Otra cuestión clave es la posición de Israel. Desde Tel Aviv no se sienten parte del proceso y han criticado públicamente el acuerdo, iniciando un pulso de presión bidireccional con Washington de resultado incierto. Netanyahu intentará hacer descarrilar el proceso para mantener las hostilidades, dado que la situación actual resulta desastrosa para Israel: con un apoyo internacional en mínimos históricos, un primer ministro cuestionado tanto dentro como fuera del país, y un Irán que conserva su régimen, sale reforzado del conflicto y mantiene intacta su red de proxies —especialmente Hezbolá—, es difícil imaginar un escenario menos favorable para Tel Aviv. Israel deberá decidir si prefiere seguir tensionando la relación con su único gran aliado o aceptar una derrota estratégica, preservar el vínculo e intentarlo de nuevo más adelante.
Tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos construyó un orden regional en el que los países del Golfo dependían de Washington para su seguridad y disuasión frente a Irán. En paralelo, se inició un proceso gradual de normalización entre los países árabes e Israel, que cumplía otro objetivo estratégico estadounidense en la región. Este sistema, al mantener estables los flujos de petróleo, actuaba como factor de estabilidad para la economía global, a la vez que limitaba la influencia de Irán y China al convertir a Washington en el actor indispensable. Ese paradigma ya se estaba erosionando cuando Estados Unidos inició la guerra, pero ahora se ha roto definitivamente. El vacío resultante será disputado por los propios Estados del Golfo, Israel, China e Irán, dando lugar a nuevas dinámicas geopolíticas de resultado incierto que definirán el futuro de la región.