
La estrategia española para China
China es uno de los actores internacionales más relevantes y en los últimos años su relación con el mundo, especialmente con Occidente, ha ido cambiando. A raíz de la pandemia y la guerra en Ucrania se ha puesto especial atención en la dependencia económica respecto de otros Estados y eso ha centrado las miradas no sólo en Moscú sino también en China.
El estatus de Pekín como “fábrica del mundo” implica que muchos países son dependientes de su producción y materias primas. Esto, unido a un contexto de creciente rivalidad con Estados Unidos, ha obligado a los países occidentales a posicionarse reduciendo esa dependencia de China para evitar posibles shocks como el que ocurrió en Europa tras la guerra en Ucrania, que fue en gran medida provocado por la dependencia energética de Rusia.

Esto ha llevado a que los países europeos promulguen distintas estrategias respecto a China al igual que la UE. Pero las competencias en política exterior continúan en manos de los Estados Miembros y es decisión suya la manera en la que construyen relaciones con China. ¿Cuál es la posición de España en este sentido?
Relaciones España-China: Dependencia y Europeísmo
España y China disfrutan de unas relaciones extensas y profundas, especialmente en el campo económico. China es el principal proveedor de España. De todos los bienes y servicios que España compra en el exterior, casi el 11% provienen de China. Además, España tiene fuertes dependencias del país asiático en algunos sectores como el farmacéutico.
Y es que Madrid depende de Pekin para el abastecimiento de algunos principios activos y medicamentos como el cloranfenicol o la estreptomicina, además de nutrientes esenciales como Vitaminas B1, B6, B12 o calcio, entre otros. Igualmente, teniendo en cuenta la propia naturaleza de la producción de estas sustancias con sus altos costes e impacto ambiental es difícil que está situación se modifique a corto plazo.
A su vez, España también depende de China, al igual que otros muchos países, en algunos materiales fundamentales para la transición ecológica provenientes de las tierras raras, de las que China posee más del 80% de la capacidad global. En este sentido, Madrid tiene grandes ambiciones en materia climática y de energía renovable y pretende convertirse en un líder global al respecto.
A medida que aumente la demanda de estas materias primas, la dependencia del Gigante Asiático podría ser un obstáculo a esas ambiciones si no consiguen diversificarse las cadenas de suministro. Otro aspecto importante es el de los semiconductores, dónde no sólo España, sino la UE en general, dependen de Pekín. Los semiconductores tienen multitud de usos y son fundamentales para la industria del automóvil.
España es el segundo país de la UE, sólo superado por Alemania, que más coches produce. España produce tantos coches como Francia e Italia juntos, por lo que esta dependencia también supone una amenaza a la seguridad económica española. La UE ya ha puesto en marcha mecanismos para paliar esta situación, pero aún es pronto para valorar su impacto.
A pesar de estos datos, aunque España muestra dependencia de China respecto a las importaciones, no lo hace respecto a otros aspectos de su economía. La inversión China en España se encuentra en niveles bajos, ya que el Gigante Asiático es sólo el tercer destino extraeuropeo de mercancías españolas.
De hecho, desde España se ve a China como un socio estratégico a la hora de diversificar las exportaciones respecto a sus socios comerciales tradicionales fuera de Europa: Estados Unidos y Reino Unido. Esta dualidad permite a España mostrar un cierto equilibrio en sus relaciones con China que otros países europeos no pueden manifestar, convirtiéndose en una voz de cierto peso en los debates sobre la estrategia a seguir con Pekín.
En este contexto la posición de España se ha centrado en mantener esa dependencia limitada al mismo tiempo que se reconoce que el potencial económico de las relaciones entre ambos no ha alcanzado su máximo. Por un lado, se trata de mantener y mejorar los vínculos con China, pero poniendo atención para evitar aumentar la dependencia existente o crear nuevas.
Muestra de esta estrategia son los mecanismos de supervisión de inversión que, a pesar de no estar dirigidos oficialmente contra China, en la práctica se centran en evitar adquisiciones por parte de China de empresas españolas en sectores de interés estratégico como tecnología o defensa. La nueva Ley de Ciberseguridad es otro ejemplo de esto. La ley permite excluir a proveedores de riesgo de partes criticas o estratégicas de la red de comunicaciones por motivos de seguridad nacional.
Aunque es evidente que la motivación de esta ley es la exclusión de empresas como Huawei o ZTE, la lista de proveedores de riesgo no se ha elaborado por lo que no está teniendo aplicación en la práctica. En cualquier caso, en este sentido España también está mejor posicionada que sus socios europeos. El 60% de las redes 5G desplegadas en Europa tienen componentes chinos, llegando algunos países como Países Bajos, Rumania o Chipre a superar el 70%. En España es del 38%.

Con todos estos datos se nos muestra claramente que España comparte la visión de la Unión Europea respecto a China: “Socio, competidor y rival sistémico”. España admite la necesidad de cooperar con China para resolver retos globales como el cambio climático y, al mismo tiempo, pretende aumentar el potencial de su relación económica con China a la par que reducir su dependencia.
Esta es la estrategia europea también. Quizá por este motivo España no haya construido una estrategia para China propiamente dicha, ya que no se encontrarían muchas diferencias con la postura de Bruselas (en cualquier caso, sería necesario hacerlo).
Es de esta manera, como parte de la estrategia europea, dónde España puede tener más influencia respecto a China. En el contexto actual de creciente tensión con Estados Unidos, China busca apoyos dentro de la UE para evitar que se cree un bloque hostil hacia Pekín entre EEUU y la UE, y ahí es dónde España puede jugar un papel por sus buenas relaciones con el Gigante Asiático y su adhesión firme a la estrategia europea.
El principal objetivo para Bruselas respecto a Pekín es equilibrar la relación comercial entre ambos y reducir las barreras que enfrentan los negocios europeos en China. Esto es algo que también comparte España y en lo que tiene especial interés por su potente sector servicios.

A nivel nacional, que exista consenso entre los dos grandes partidos (PP y PSOE) respecto a los pilares de la política exterior española, supone un espaldarazo de credibilidad a la posición de Madrid en Bruselas y, por tanto, internacionalmente.
En 2023 se celebra el 50 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y España y coincide, casualmente, con la presidencia española de la Unión Europea. Además, España está viviendo recientemente un periodo de gran influencia dentro de Bruselas. Desde Madrid deberían aprovecharse estos factores para posicionarse firmemente en el debate europeo desde China y convertirse en un actor de relevancia a la hora de interactuar con Pekín.
Como hemos dicho, España no ha publicado un documento estratégico respecto a China, pero suscribe completamente la ambición europea en este sentido. El equilibro en sus relaciones con el Gigante Asiático y su menor posición de dependencia respecto a otras economías europeas, unido a su credibilidad en Bruselas, la colocan en una posición única para influir en las relaciones con Pekín.