
Omán en Oriente Próximo: estrategia de neutralidad en un entorno en guerra
Tras los acontecimientos vividos el pasado 28 de febrero, el Ministerio de Asuntos Exteriores omaní despejaba todas las dudas de la posición que, en un primer momento, el país del Golfo Arábigo pretendía adoptar:
“El ministro de Asuntos Exteriores de Omán expresa el profundo pesar del Sultanato de Omán por las operaciones militares encabezadas por Israel y los Estados Unidos contra la República Islámica de Irán […]. Hacemos un llamamiento a las partes para que suspendan las operaciones militares de forma inmediata y se urge al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a convocar una reunión urgente imponiendo un alto al fuego”.
La decisión no debería sorprender a quienes han analizado la política exterior de Omán desde la década de 1970. No obstante, puede generar dudas entre quienes se aproximan por primera vez a un ámbito tan específico y poco conocido como el que se aborda en este análisis.

La actual guerra que se vive en Oriente Próximo (y que indudablemente viene a afectar a regiones aledañas, así como de manera indirecta al conjunto de la comunidad internacional) determina una aproximación hacia la ruptura del equilibrio regional que, sin ninguna duda, afecta al Sultanato de Omán.
Es en este sentido en el que entendemos que la línea ya seguida desde la década de los años 70 puede verse afectada, originando una cuestión para nada superficial sobre la propia seguridad del estado arábigo.
Las tendencias actuales determinarán, en un futuro inmediato, un replanteamiento en las élites de Omán, que pueden verse moldeadas por la coyuntura regional y que, de una manera u otra, arrastrarán una serie de consecuencias a las que habrán de adaptarse, conllevando ello un coste aún incierto al que pretendemos aproximarnos a lo largo del artículo.
Se requiere así un correcto entendimiento para observar la posición actual de Mascate y las posibilidades que le depara este nuevo entorno dominado por la incertidumbre.
La llegada de Qaboos y la nueva doctrina exterior
El reinado previo a la llegada de Qaboos estuvo marcada por la gobernanza autocrática, tiránica y aislacionista de su padre —Sultán Said—, quien gobernó el sultanato desde 1932 hasta el golpe de estado de 1970.

Dicho golpe de estado (que contó con el auspicio británico, además de apoyo logístico y en materia de inteligencia) estuvo motivado por un elemento fundamental: la amenaza real que existía de un cambio de régimen impulsado por los movimientos guerrilleros marxista-leninistas, entre los que figuraba el Frente Nacional Democrático para la Liberación de Omán y el Golfo Arábigo (FNDLOGA).
Tras una serie de intentos fallidos —por parte de los asesores británicos destinados en la región—, de convencer al Sultán Said para emprender un camino de reformas que erosionase las ansías revolucionarias de parte de la población omaní, la cúpula decisoria británica determinó que la mejor opción era el destronamiento en favor de su hijo Qaboos.
La decisión, sin embargo, distaba de ser la opción que mayores incentivos ofrecía a Reino Unido en la región. La sucesión por parte de un sultán joven, inexperto y sin una trayectoria acreditada de gobernanza en un país que presentaba una estabilidad interna frágil hacía pensar que se trataba de una apuesta de último recurso.
Así, el 23 de julio de 1970, fuerzas leales a la figura de Qaboos entraron en el palacio al-Husn sin encontrar resistencia, garantizando así la transferencia de poder hacia el nuevo sultán.
Una nueva era yacía sobre Omán. Lo que habían sido décadas de aislacionismo, tradicionalismo, arbitrismo y represión pronto fueron sustituidas por un programa de reformas que pretendían ganarse el apoyo de una importante base de la población, con objeto de evitar aquello que motivó el golpe de estado.

El aperturismo inicial estuvo marcado por el establecimiento de relaciones formales con países vecinos de la Península Arábiga y del Golfo, en un intento de legitimar al nuevo sultán y construir una red de alianzas que, progresivamente, redujera la excesiva dependencia de Reino Unido.
Todo ello daba paso a lo que muchos autores vienen a apodar como la doctrina del “silencio estratégico” (strategic quietism) o “omanipresencia” (omanipresence por el juego de palabras en inglés) que viene a reconocer que, dada la posición de vulnerabilidad que ocupaba Omán en el panorama regional, se requería de una determinación basada en la mejora de las relaciones con todos los actores regionales, sirviendo de nexo para las negociaciones entre las partes implicadas en el juego de poder y los conflictos regionales (incluyendo proxies).
Indudablemente, la estrategia no fue implementada de la noche a la mañana, sino que siguió una trayectoria histórica que la moldeó y consolidó, y que algunos autores han venido a clasificar en cuatro momentos determinantes:
- Una primera fase (1970-1975) caracterizada por la transición hacia un modelo aperturista y centrado en la estabilización interna tras episodios de conflictividad con grupos guerrilleros.
- Una segunda fase (1976-1980) donde el aperturismo da sus primeros signos de vida, con la búsqueda de un acercamiento hacia actores regionales. Dado el contexto inicial de la guerra Irán-Iraq, Omán inicia su política de omnipresencia manteniendo buenas relaciones con las dos partes implicadas en el conflicto.
- Finalmente, la estabilización de la doctrina omaní en política exterior se produce durante el conflicto mencionado y en la década posterior, mediante la búsqueda activa de mecanismos de coordinación regional —como el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo— ante el temor generado por la Revolución Iraní, así como mediante el establecimiento de las bases que permitirían la posterior consolidación de Omán como actor relevante en las negociaciones regionales.
![El secretario de Estado estadounidense, John Kerry, se reúne con el sultán de Omán, Qaboos bin Said Al Said, en Mascate, Omán, el 21 de mayo de 2013. [Foto del Departamento de Estado/Dominio público]](https://strapi-aws-s3-tpr.s3.eu-west-1.amazonaws.com/8768630218_6906d26e69_k_8b3710dda3.avif)
Las claves de la política exterior omaní
Toda esta trayectoria que acabamos de puntualizar no podría haberse alcanzado sin tener en cuenta el perfil sociopolítico del país arábigo. En un contexto regional donde la historia, la demografía, la religión y la cultura son determinantes en el transcurso de las relaciones internacionales, Omán ha sido capaz de capitalizar sus particularidades con objeto de formular unas políticas que le doten de prestigio.
Este enfoque le ha permitido proyectar una imagen de actor fiable y pragmático, capaz de generar confianza y posicionarse como socio potencial en un contexto caracterizado por rivalidades intensas y alineamientos geopolíticos marcados.
Se ha de entender que la confesionalidad del estado omaní no es ni suní ni chií, sino ibadí. Ello le confiere una posición privilegiada para negociar con sus vecinos suníes y chiíes (especialmente en lo que respecta a las relaciones Arabia Saudí–Irán), posicionándolo como un nexo de conexión y un socio clave a tener en cuenta en cualquier negociación.
Adicionalmente, Omán presenta una composición religiosa diversa. La población de confesión chií representa en torno al 6 % del total musulmán, mientras que aproximadamente un 47 % es suní, según estimaciones recientes. Esta pluralidad, en un contexto regional marcado por la rivalidad entre Arabia Saudí y Irán, introduce un potencial de fricción en momentos de tensión sectaria.
De ahí que resulte prioritario para Mascate mantener relaciones equilibradas con ambos polos de la rivalidad, con el objetivo de preservar la estabilidad interna y evitar dinámicas de fragmentación similares a las observadas en Yemen o Irak.

Por otro lado, la existencia de relaciones cordiales con la gran mayoría de sus vecinos le dota de una “inmunidad internacional” entendiéndose aquella como la posibilidad de reforzar sus relaciones con otros actores en el caso de que uno contrario decida presionar al sultanato (se puede concebir como una relación de chantaje en última instancia).
La clave de esta orientación radica en la perspectiva realista de la élite política de Omán, que parte de una premisa clara: se trata de un Estado con una demografía limitada, un peso económico inferior al de otras potencias del Golfo y un perfil histórico y político singular. En este contexto, la respuesta al dilema de la seguridad nacional se articula a través de mecanismos de negociación y diálogo con el conjunto de actores regionales, en línea con la denominada omanipresencia, ya mencionada previamente.
El nuevo escenario regional
Sin embargo, tras décadas de aplicación de una estrategia atípica —aunque efectiva— en el contexto internacional, los acontecimientos recientes parecen apuntar a un posible punto de inflexión en la trayectoria seguida por Mascate desde los años setenta. La creciente presión externa podría dejar de ser gestionable mediante los mecanismos tradicionales de equilibrio y mediación, obligando a Omán a adoptar una posición más definida en el entorno regional.
De confirmarse esta tendencia, el sultanato podría verse forzado a abandonar parcialmente su enfoque basado en la neutralidad y el apaciguamiento, entrando en una dinámica de alineamientos más explícitos.

La guerra en Irán ha terminado por arrastrar a la mayoría de actores de Oriente Próximo, incluido Omán. Los ataques con drones contra el puerto de Duqm —una de las principales salidas de exportaciones petroleras al margen del estrecho de Ormuz— evidencian que el sultanato, en contra de su lógica estratégica tradicional, se ve empujado a implicarse en un entorno cada vez más volátil si pretende garantizar su propia seguridad.
Si bien es cierto que Irán ha ampliado el alcance de sus ataques más allá de objetivos israelíes y estadounidenses, las acciones registradas en territorio de Omán se han dirigido principalmente contra infraestructuras petrolíferas y gasísticas. En este sentido, deben interpretarse como parte de una estrategia de presión más amplia, no necesariamente orientada de forma específica contra los gobiernos afectados.
El objetivo parece centrarse en erosionar la base económica de varios Estados cuya estructura depende en gran medida de la exportación de hidrocarburos, introduciendo disrupciones en sus flujos energéticos y aumentando su vulnerabilidad en un contexto regional ya de por sí inestable.
De este modo, la postura oficial de Omán sigue siendo la del llamamiento a la desescalada, aun cuando todo indica que el conflicto dista mucho de haber concluido. No deja de ser, en esencia, una prolongación de la lógica del silencio estratégico y de la omanipresencia: una estrategia orientada a transmitir al régimen de los ayatolás que la posición omaní es clara, basada en la no injerencia en un conflicto ajeno y en la búsqueda de una paz regional que preserve la estabilidad económica y la seguridad nacional.
La cuestión radica en cuánto tiempo podrá Omán sostener un posicionamiento tan singular en el contexto actual. Ataques como los descritos deterioran sus relaciones con Irán, uno de sus vecinos más relevantes, y, al mismo tiempo, presionan a parte de la élite política omaní para adoptar decisiones que ni durante la Guerra Irán-Irak ni en la Guerra del Golfo se consideraron asumibles.
La sustancia de la estrategia exterior —ya descrita— ha sido siempre la del apaciguamiento en conflictos que involucraban a partes cuyos enfrentamientos, materializados en forma de escaramuzas o guerras abiertas, quedaban relativamente acotados en términos geográficos.
Parece, por tanto, que uno de sus principales puntos débiles reside en la multiplicidad de actores y territorios hoy implicados y afectados directamente por el nuevo conflicto. Esa amplitud pone de manifiesto las limitaciones de los esfuerzos y recursos de Omán para sostener una posición de salvaguarda y no injerencia, sin perjuicio de la magnitud excepcional de los hechos que se vienen desarrollando hasta ahora.
Sin embargo, no deben subestimarse las recientes declaraciones del Ministerio de Asuntos Exteriores de Omán, que continúa calificando de error grave la actuación de Estados Unidos e Israel, al tiempo que reitera su llamamiento a la desescalada.

Se trata de una postura que busca mantener el equilibrio entre neutralidad y pragmatismo, pero que también refleja una creciente urgencia: la de unas economías regionales cada vez más presionadas y potencialmente expuestas a perturbaciones más profundas si el conflicto se prolonga en el tiempo.
Habiendo descrito las fuerzas externas que tensionan el modelo de política exterior diseñado desde Mascate, queda por observar hasta qué punto los próximos acontecimientos condicionarán nuevas decisiones que puedan cuestionar el paradigma aplicado durante décadas, con implicaciones directas en ámbitos como la seguridad nacional o la protección de la economía del Omán.
En este sentido, la evolución del conflicto en Oriente Próximo marcará las dinámicas internas y regionales en los próximos años, arrastrando a todos los actores implicados. Omán no será una excepción y, dadas sus limitaciones estructurales frente a sus vecinos, podría situarse entre los más expuestos. De ahí que cualquier ajuste en su política exterior adquiera una relevancia especial en un entorno crecientemente inestable, donde la estrategia de distanciamiento respecto al conflicto resulta cada vez más difícil de sostener.