Política exterior española: ¿pivote geopolítico o jugador geoestratégico?
Al hablar de política exterior en este país, no es inusual ver titulares y comentarios dignos de una novela tremendista, exagerando aspectos que para nada tienen la importancia que reciben o colmando de medallas decisiones que no tienen la profundidad que se requiere en la situación concreta, creando un estado de incomprensión y desasosiego que el ciudadano de a pie no puede entender y, que, inevitablemente, lleva al desencanto más absoluto.
La realidad de la política exterior española es igual que cualquier otra, tiene sus luces y sombras, padeciendo de defectos estructurales y de virtudes naturales que nos muestran nuestra propia idiosincrasia nacional, lo que nos ha llevado a mantener unos ejes lógicos dentro de la esfera mundial de inestabilidad, pero con una falta de pragmatismo que a día de hoy nos impide hablar de España como una nación que pueda ser considerada un jugador geoestratégico en este nuevo mundo multipolar.

Intentar comprimir el papel de España en el mundo desde la transición hasta la actualidad es una tarea casi imposible, pero, por el contrario, una cosa queda clara; si su relevancia en opinión del lector no es la adecuada, hágase la siguiente pregunta ¿es la falta de voluntad la que determina el destino de las naciones, o es la opresión externa la que sentencia sus destinos?
En términos de poder blando (soft power)[1] España se sitúa en el puesto nº11 dentro de los 25 países más influyentes del mundo gracias a: su patrimonio y cultura (puesto 4º), sus medios de comunicación (puesto 9º) y su gente y valores (puesto 11º) junto con la enorme influencia de su legado histórico, que facilita los intercambios entre pueblos con la misma lengua y tradición, demostrando con ello que nos encontramos ante un Estado con una gran influencia y alcance global en este ámbito.[2]
Por otro lado, en términos de poder duro (hard power)[3], España ocupa el puesto nº 20 entre las principales potencias militares a nivel global[4] y el puesto nº15 con un PIB de 1,41 billones de dólares en 2024[5], datos que, junto con la privilegiada posición geográfica de la península, haciendo de puente entre África y Europa, controlando el acceso al mar mediterráneo como puerta europea del flanco sur al “heartland”[6], las potenciales oportunidades para la reindustrialización a través de las energías renovables y, una tradición diplomática que solo puede ser explicada por siglos, condicionan en gran medida el desempeño de un país respecto a su esfera de influencia pero, por el contrario, en el caso español encontramos diversas carencias que llegan a entorpecer su desempeño en las relaciones internacionales.
La primera cuestión a resolver es: ¿Qué papel quiere tener España como nación en este mundo? La respuesta no parece sencilla, pues la ambivalencia de los distintos gobiernos que han liderado a la nación por estos derroteros demuestra que el personalismo más absoluto ha dominado esta rama de la política. Parece probable pensar que una de las causas de esta tendencia es la inexistencia de una conciencia nacional. En otras palabras, no existe una mitología definida del pueblo español, tal y como sucede en otras naciones como China, con su autopercepción como el Imperio del Centro, o en Estados Unidos, con la mitología del pueblo elegido que comenzó desde la más temprana expansión al Oeste.
No es una cuestión de nacionalismos sino de conciencia colectiva, una necesidad estructural para mantener la propia integridad y coherencia interior, pero que de alguna manera parece mantenerse en la corriente pesimista de 1898. Uno de los indicios que llevan a esta conclusión es la encuesta realizada por el Real Instituto Elcano y Reptrack Company en la que se hace un seguimiento estadístico sobre la valoración de la imagen exterior de España, dando resultados bastante sorprendentes.

Lo más lógico sería pensar que cuando hablamos de la percepción que tiene la población de un Estado respecto a su reputación externa normalmente suele ser más alta, sin embargo, el caso español, junto a otros como son Argentina, Japón, Sudáfrica y Brasil constituyen la excepción a esta tendencia dando una puntuación menor a la que realmente tenemos de cara a países externos, que ven en España un país fiable y con prestigio internacional situado en el puesto 14º por encima de países como Francia, Alemania, Italia o Estados Unidos dentro de un ranking de 55 países.[7]
Estos resultados inevitablemente llevan a concluir que la sociedad española tiene una visión distorsionada de su propia imagen, la cual, puede tener diferentes causas pero, la más probable, proviene de la propia dialéctica interna que se ha tenido desde el final de la etapa franquista, es decir, la renegación en muchos casos de la propia historia de la nación en pos de favorecer intereses en el marco de la política del “café para todos” influida por las corrientes regeneracionistas orteguianas centradas en la máxima de “ España es el problema, Europa la solución” como base de un sistema que impide al orgullo nacional calar en lo más hondo de la sociedad española, junto a la renegación de una historia común que ha sido oprimida y contaminada, aquí sí, por corrientes externas indigenistas, colonialistas y nacionalistas que únicamente tienen como fundamento un resentimiento vacío e interesado.
Las erróneas interpretaciones de lo aquí descrito dirán que la solución vendrá de la mano de políticas nacionalistas o identitarias, pero, nada más lejos de la realidad, lo que aquí se pretende explicar es la importancia de tener un relato sólido que habilite la creación de un destino común que permita decidir si España quiere tener una vocación global o ser una península sumisa que pende de las corrientes que llevan el mundo.
La segunda cuestión que surge en torno a este tema, es la viabilidad del sistema democrático respecto a la planificación a largo plazo. Es de sobra sabido que, los sistemas autoritarios a la hora de planificar las grandes políticas del Estado disponen de un ejecutivo que tiene vocación de perpetuidad, es decir, su vigencia en el tiempo permite asegurar que sus decisiones se lleven a cabo sin el inconveniente de tener a un electorado detrás que controle su acción, sin embargo, en los sistemas que podríamos calificar como democráticos podría pensarse que las decisiones que tienen de vocación la larga duración no son habituales, sin embargo, además de ser habituales son necesarias.
Por ejemplo, tenemos el caso francés con sus leyes de programación militar con una renovación cada 5 años, pero que tienen una duración real en cuanto a los objetivos de 15 años[8] o, la española, FUERZA 35, que pretende adaptar el ejército de tierra las próximas décadas habiendo comenzado su implementación en el año 2019 y con una fecha previsible de finalización en torno al año 2035[9], o, sin ir más lejos, la continuidad de determinados cargos en el gobierno estadounidense para mantener una línea de política exterior como ocurrió con el exsecretario de estado Henry Kissinger, que continuo su cargo durante los mandatos de las administraciones Nixon y Ford, lo cual demuestra que en los sistemas democráticos la planificación a largo plazo también es posible, por lo que en última instancia su dificultad proviene de los electores que deben apoyar las decisiones del ejecutivo.

Por tanto, no es excusa que España, al tener un sistema de corte democrático, no pueda garantizar la política exterior de manera estable, evidenciando que el problema reside en el sacrificio de la coherencia y la estabilidad, a cambio de garantizar políticas personalistas que solo obedecen a intereses superfluos y no nacionales, como hemos podido observar en la actual crisis diplomática con Argentina fruto de reacciones desproporcionadas que encuentran su razón de ser en lo anterior.
Donde se ven más claro estos bandazos en la política exterior española es, en lo que yo llamo, el retrato de las dos caras; a un lado tenemos al expresidente del gobierno José María Aznar en la mesa de las azores apoyando la invasión de Irak el 16 de marzo del año 2003, y al otro lado, al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, entonces candidato, evitando rendir honores a la bandera estadounidense en octubre de ese mismo año, demostrando que la política exterior española ni es coherente, ni esta consensuada.
Desde el año 2000 el ministerio de exteriores ha enfrentado esta tarea a través de la llamada estrategia de acción exterior. Un documento donde se busca establecer el papel de España en el mundo con razones de fondo, pero, fallos en la forma, puesto que su mirada cortoplacista la hace insoportablemente ridícula, mostrando una desorientación inaceptable en una dimensión donde la incertidumbre está a la orden del día.
La actual estrategia de acción exterior vigente desde el año 2021[10] establece un orden de prioridades algo confuso. Comenzando, después de su presentación, con una contextualización del escenario internacional al que se enfrenta el Estado de forma bastante acertada y continuando con el desarrollo de las fortalezas en el ámbito del poder blando y duro, los capítulos IV y siguientes contienen la mayor parte de los problemas. En estos, se detallan los ejes de actuación regionales y subjetivos, teniendo esta mezcla un aire de ambigüedad que carece, en realidad, de un sistema de implementación claro que nos permita afirmar que el ejecutivo tiene un plan de actuación, lo cual, como refleja la propia realidad, provoca los famosos bandazos que tienen variopintos resultados.
Disponemos de varios ejemplos: el fin de la colaboración en el ámbito de inteligencia militar con Estados Unidos como consecuencia del desplante que tuvo el actual ejecutivo al rechazar la participación de las Fuerzas Armadas nacionales en la coalición internacional para proteger el mar Rojo[11], ignorando los posibles beneficios de ocupar la posición de liderazgo en aquella como extensión de la operación Atlanta. Las consecuencias son extremas pues afectan a la operatividad de las fuerzas armadas desplegadas en países como Irak donde sigue existiendo un contingente español de unos 170 efectivos[12].

El caso opuesto lo encontramos en la operación para la retirada de Afganistán, donde la actitud del gobierno español, evacuando a ciudadanos nacionales y extranjeros junto con la intensa colaboración tanto en materia de inteligencia como de seguridad, propiciaron un aumento del prestigio del país frente a sus aliados. Lo mismo ocurre con el papel de España en la Unión Europea, donde la posición del país se hace insostenible para una mente lógica. ¿Cómo es posible que, con la salida de Reino Unido y la indecisión alemana en el actual contexto de crisis europea, España no haya sido capaz de presentarse como el nuevo poder moderador del eje franco-alemán? ¿Acaso es impensable que este país decida promover operaciones de seguridad en el ámbito de su eje de influencia tal como hacía Francia en el Sahel?
Si de verdad España quiere ejercer ese papel de actor global al que tanta importancia se le concede en la estrategia de acción exterior, no es una locura decir que la inacción le mantiene en la casilla de salida y un buen modo de empezar sería tomando decisiones que aumenten la cantidad de altos cargos españoles en las instituciones de la Unión Europea.
En tercer lugar, una cuestión que todavía tiene que resolver este país es la relación entre la diplomacia y las Fuerzas Armadas. Aunque a primera vista parezcan dos ejes antagónicos, las fuerzas armadas junto con la diplomacia constituyen las principales herramientas de política exterior dotadas de un enorme poder político que permiten y, garantizan, la libertad de actuación exterior. A su confluencia se le llama diplomacia de defensa, un término relativamente moderno en la democracia española que depende enormemente del grado de operatividad, capacidades, tecnología, instrucción y prestigio de las fuerzas armadas.
A estos efectos, podemos clasificar a los Estados entre potencias nucleares, potencias con disuasión nuclear mínima y potencias no nucleares, gozando estas de mayor o menor libertad gracias a su capacidad de disuasión. Evidentemente, el caso español se circunscribe dentro de las potencias no nucleares, lo cual supone una enorme limitación primaria, pero que puede ser subsanada a través de las alianzas y la potenciación de nuevas dimensiones como la tecnológica o la cibernética.[13]
A su vez, el despliegue de las fuerzas armadas en el exterior sirve tanto como una herramienta de proyección exterior como una muestra de cooperación, integridad y seguridad en un marco de multilateralidad dentro de una organización internacional, o bilateralidad con los aliados, ya sea realizando ejercicios conjuntos que fomenten la cohesión y el mutuo aprendizaje o realizando tareas diplomáticas, e incluso de rescate y salvamento.[14] Ejemplos de ello, son el buque escuela de la armada “Juan Sebastián Elcano” que muestra de manera cristalina lo que es la diplomacia de defensa.
Por otra parte, no hay que olvidar que la función principal de las fuerzas armadas es la disuasión, es decir, evitar una actitud no deseada por parte de otro Estado u organización paraestatal mostrando músculo para evitar un conflicto. En este sentido, España, tiene el deber de defender la soberanía de sus territorios tanto en Europa como en África, siendo el flanco sur prioritario para garantizar la seguridad en ese espacio de influencia directa geográfica, pero por contradictorio que parezca, el uso de las fuerzas armadas como instrumento disuasorio y de proyección es obviado por gran parte de la población y, por ende, por la élite política, puesto que su rédito electoral es mínimo.
En este sentido, la guerra de Ucrania, con la consecuente inseguridad en el espacio europeo que ha generado, junto con las constantes y cada vez más atrevidas amenazas a los territorios españoles en África, han condicionado en cierto modo la opinión pública sobre estos temas, favoreciendo el aumento de inversión en defensa e introduciendo al debate político los mismos, aunque queda mucho por hacer, como muestra la encuesta realizada por Gallup Internacional[15] dando resultados estremecedores a la pregunta de “¿estaría dispuesto a luchar por su país?”.
En el caso español el porcentaje se sitúa en el 21%, una cifra bastante baja que refleja un problema que no solo es español, sino que se extiende a la mayor parte de países europeos, provocado por el descuido de las instituciones públicas que no han desarrollado políticas de difusión de la cultura de defensa y, en su lugar, han apostado por hablar de un estado de bienestar que ni es real fuera de nuestras fronteras, ni se puede garantizar sin el uso de la fuerza.
España; jugador geoestratégico o pivote geopolítico[16]
En el reciente contexto internacional donde la inestabilidad está a la orden del día y el sistema de un orden internacional basado en reglas se desmorona por su propia incapacidad, España tiene una ventana de oportunidad para decidir si quiere ser un actor relevante a nivel internacional y una potencia regional, o prefiere confabularse con los designios de otros que no tienen por qué tener buenas intenciones.
Si España opta por la primera opción debe adoptar una mentalidad de acción que se aleje de visiones utópicas trasnochadas, pues el mundo se rige por el enfrentamiento de intereses y no por las buenas voluntades. Para conseguir esto es necesario que se solucionen los problemas y debilidades internas puesto que un país poco cohesionado socialmente como el español carece de la voluntad para hacerse valer, además de que también es necesario solucionar los problemas de cooperación entre las distintas instituciones nacionales para evitar contradicciones o discusiones públicas que emborronen la imagen exterior de estas.

En segundo lugar, si se consigue la voluntad el siguiente paso será dotar de una financiación suficiente a los estamentos diplomáticos y militares para lograr hacer efectiva esa voluntad de prevalecer en el mundo, y en definitiva, establecer una gran estrategia que permita abandonar esa tendencia cortoplacista sentando principios y prioridades coherentes y consensuados que hagan de España un socio fiable, que cumple con sus obligaciones y que es capaz de abordar retos estratégicos de gran envergadura adoptando una postura pragmática aprovechando sus fortalezas geográficas, políticas y económicas, priorizando las decisiones internacionales que favorezcan los intereses nacionales, siendo en este sentido el papel de la OTAN y la Unión Europea imprescindibles para desarrollar políticas de seguridad y desarrollo en nuestras zonas de influencia, es decir, el flanco sur de la OTAN e Iberoamérica, sin olvidar que participar y cooperar en operaciones multilaterales tiene un rédito que debe de ser explotado, por ejemplo, presionando para que Ceuta y Melilla se incorporen al Tratado de defensa colectiva, o para impulsar operaciones de la OTAN en la región del Sahel.
Existe una ventana de oportunidad en la actual inestabilidad internacional que España como nación debería aprovechar, aunque la sensación general sea bastante pesimista puesto que la clase política española sigue manteniendo esa falta de voluntad y habilidad que ya dura más de 20 años recordando aquello que dijo el gran Miguel de Unamuno al final de su vida: “La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los unos y los otros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo…” que sirva de recordatorio para aquellos que proclaman su vocación de servicio al Estado y cuando se refieren al Estado quieren decir al de su propio cuerpo.
[1] Cultura, valores políticos y políticas exteriores
[2] Brand fiance, “Global soft power index” 2024, Disponible en:
https://static.brandirectory.com/reports/brand-finance-soft-power-index-2024-digital.pdf
[3] Economía y poder militar
[4] Global fire power index, 2024 Disponible en:
https://www.globalfirepower.com/country-military-strength-detail.php?country_id=spain
[5] Global peo services, 2024 Disponible en:
https://globalpeoservices.com/top-15-countries-by-gdp-in-2024/
[6] Hace referencia a la “teoría del corazón continental” desarrollada por Harold John Mackinder donde postula que quien controle Asia central y Europa del Este tendrá la capacidad para gobernar el mundo.
[7] La reputación de España en el mundo, Real Instituto Elcano, Reptrack Company, 2021, pp. 14-21. Disponible en:
[8]Calvo González-Regueral,C. La ley de programación militar francesa, 2014, Disponible en:
https://catedrapsyd.unizar.es/observatorio-psyd/opina/la-ley-de-programacion-militar-francesa.html
[9] Ministerio de defensa, Fuerza 35, Disponible en:
https://ejercito.defensa.gob.es/de/Galerias/Descarga_pdf/EjercitoTierra/Publicaciones/fuerza_35.pdf
[10] Estrategia de acción exterior 2021-2024 Disponible en:
[11] Operación guardián de la prosperidad
[12] P. Barro “EEUU corta a España el acceso a su inteligencia militar tras el desplante de Sánchez en el mar Rojo” Okdiario, 8/02/2024, disponible en:
[13] La isla de Taiwán es un buen ejemplo de cómo las alianzas evitan que la China continental acometa una invasión en el corto plazo.
[14] La creación de la Unidad militar de emergencias (UME) ha sido un gran acierto para ganar gran prestigio a nivel internacional de la marca España y fomentar la cooperación económica y humanitaria.
[15] “La encuesta global de WIN/Gallup International muestra que tres de cada cinco están dispuestos a luchar por su país”, Win/Gallup International de 7 de mayo de 2015. Disponible en:
[16] Según la definición que da Brzezinski en “El gran tablero mundial” un jugador geoestratégico se refiere a los Estados con capacidad y voluntad nacional de ejercer poder o influencia más allá de sus fronteras para alterar el estado actual de las cuestiones geopolíticas. Por otro lado, los pivotes geopolíticos son los Estados cuya importancia se deriva no de su poder y de sus motivaciones sino más bien de su situación geográfica sensible y de las consecuencias que su condición de potencial vulnerabilidad provoca en el comportamiento de jugadores geoestratégicos.