Hoy en día procesamos tal cantidad de noticias que podríamos creer que entendemos el contexto informativo de nuestra cotidianidad. Sin embargo, la necesidad imperante tanto de consumir como de producir información ha reducido nuestra memoria colectiva a un plano peligrosamente cortoplacista. ¿Cuántos recuerdan las promesas grabadas en mármol —económicas, ideológicas o identitarias— de los titiriteros políticos actuales? ¿Alguien recuerda qué ocurrió hace seis meses?

Parafraseando al compañero Daniel Gil, “la inmediatez informativa ha muerto”. En un entorno donde la desinformación se entrelaza con las estrategias de comunicación, cotejar datos y fuentes se ha convertido en una tarea costosa en tiempo y recursos. El periodismo de calidad, en consecuencia, se vuelve más difícil de ejercer y sostener. Esta realidad es bien conocida por los estrategas de comunicación, que no dudan en aprovecharla a su favor.

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