Rusia en el siglo XXI (Parte 1/3)

Rusia en el siglo XXI (Parte 3/3)


2. ¿Qué busca Rusia en el mundo?

Desde la perspectiva occidental resulta difícil comprender la forma de actuar de Rusia. No obstante, sus parámetros estratégicos, lejos de ser tan ajenos como los de China, se asemejan en varios aspectos a los de Occidente. Rusia persigue tres prioridades fundamentales: preservar su condición de potencia euroasiática, mantener su espacio de influencia y garantizar una disuasión efectiva. En otras palabras, los objetivos centrales de la gran estrategia rusa son (González Levaggi y otros, 2020):

  1. Preservar su rango de potencia mundial.
  2. Asegurar la primacía en el antiguo espacio soviético.
  3. Mantener la disuasión para frenar la expansión de la OTAN.

La bibliografía sobre este tema y sobre la evolución de la gran estrategia sugiere que el análisis de las políticas del Kremlin debe abordarse desde la perspectiva del realismo neoclásico, enfoque que también será adoptado en el presente trabajo.

Si analizamos la evolución de la política exterior rusa desde el año 2000, se observan dos dimensiones: una interna y otra externa, siendo esta última la que adquiere mayor prioridad. No obstante, el punto débil del régimen autocrático es el constante temor a un levantamiento popular al estilo de las revoluciones de colores, lo que ha condicionado una progresiva restricción de libertades, especialmente visible desde 2011 y 2012, cuando Putin alcanzó sus cuotas más bajas de popularidad.

El entonces presidente interino Vladímir Putin llega a Grozni en un avión de combate SU-27, 20 de marzo del 2000. Fuente: Kremlin.ru
El entonces presidente interino Vladímir Putin llega a Grozni en un avión de combate SU-27, 20 de marzo del 2000. Fuente: Kremlin.ru

Sobre esta base, el interés nacional ruso se orienta hacia la modernización de la nación para aumentar su competitividad y consolidarse como un centro de influencia global. Esta estrategia da prioridad a los países de su entorno inmediato y a la protección de las minorías rusas (ruski). Todo ello se enmarca en una cosmovisión internacional policéntrica, dividida en tres bloques: el euroatlántico, dominado por Estados Unidos; el euroasiático, liderado por Rusia; y el Asia-Pacífico, donde China se erige como gran potencia (Pérez-Gavilán Rojas y otros, 2015).

Según este razonamiento, Rusia estaría siendo bloqueada por Occidente en una especie de estrategia de contención propia de las lógicas de Spykman, donde el rimland sería el cordón sanitario para controlar el Heartland, es decir, Rusia y el espectro de las repúblicas exsoviéticas. 

Por este motivo, las herramientas utilizadas por Moscú para sostener los tres pilares de su gran estrategia se apoyan principalmente en la coerción, articulada en gran medida a través de lo que comúnmente se conoce como Doctrina Gerásimov[1]. A ello se suma la diplomacia, empleada para consolidar círculos concéntricos de influencia. Además, algunos autores señalan el uso del “sharp power” (poder punzante), entendido como la aplicación de operaciones de información y propaganda destinadas a desestabilizar al bloque occidental.

La percepción de estar constantemente rodeada, unida a la dificultad de defender sus extensas fronteras, ha generado en Rusia una necesidad histórica de expansión, con el fin de crear un colchón de seguridad mediante Estados neutrales o subordinados al Kremlin. 

Mapa TPR 10 Ampliación de la OTAN.png

En este contexto, la expansión de la OTAN hacia las repúblicas exsoviéticas se interpreta como una amenaza existencial, lo que explica episodios como la invasión de Georgia en 2008, la anexión de Crimea en 2014 y el actual conflicto en Ucrania. Todo ello se ha visto favorecido por el continuo desmantelamiento de las fuerzas armadas europeas, cuyos presupuestos se han reducido de manera progresiva desde el final de la Guerra Fría (Murillo, 2021).

Por tanto, la percepción que Rusia tiene de los países europeos en la actualidad es la de adversarios, vistos como un caballo de Troya al servicio de los intereses de la angloesfera. Estos Estados representan un orden basado en reglas, en abierta contradicción con la teoría de las esferas de influencia de Epstein, que es la que parece guiar al gigante ruso. Ello ha derivado en una confrontación planteada como un desafío estratégico, que no hace sino erosionar la estabilidad regional.

No obstante, en el ámbito euroasiático, durante la última década Rusia ha adoptado una postura preferencial hacia la región, ya que considera a Asia Central parte de su perímetro crítico de seguridad. Este espacio está resguardado por la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), a través de la cual Moscú busca mantener su influencia sobre las repúblicas exsoviéticas ofreciendo garantías de seguridad y apoyo a los regímenes autoritarios locales. 

Sin embargo, dicha influencia muestra signos de debilitamiento, como lo evidencian los casos de Armenia y Turkmenistán, que actualmente parecen inclinarse hacia vínculos más estrechos con Estados Unidos y la Unión Europea. A este retroceso se suma la caída de Al Asad en Siria, su principal aliado en el Mediterráneo, así como la derrota de Hezbolá en Libia, lo que deja a su otro socio estratégico en la región, Irán, en una posición delicada frente a Israel.

Los líderes posan junto al jefe de la OTSC, Imangali Tasmagambetov, mientras se acerca la sesión ordinaria del Consejo de Seguridad Colectiva de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, Astaná, 28 de noviembre de 2024 .
Los presidentes de los diferentes países de la organización posan junto al jefe de la OTSC, Imangali Tasmagambetov, antes de la sesión ordinaria del Consejo de Seguridad Colectiva de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, Astaná, 28 de noviembre de 2024. Fuente: Cumbre de la OTSC

En cuanto a China, su ascenso representa para Rusia un aliado a corto plazo frente a Occidente, ya que la subsistencia económica del Kremlin tras la intervención en Ucrania ha sido posible en gran medida gracias a la apertura del mercado chino, lo que le ha permitido amortiguar el efecto de las sanciones occidentales. Además, ambos países defienden un orden westfaliano en las relaciones internacionales, rechazando la intervención extranjera en asuntos internos.

Sin embargo, a largo plazo surgen incertidumbres. Dada la condición de China como gran potencia continental y su creciente necesidad de recursos, no puede descartarse que, siguiendo una lógica mackinderiana, Pekín busque expandirse hacia el Heartland para garantizar su abastecimiento, aun a costa de entrar en colisión con Rusia, la otra potencia continental por excelencia.

Resulta complicado determinar si, en términos estratégicos, Rusia adopta una postura defensiva u ofensiva. Más bien parece situarse en un punto intermedio, pues, aunque su principal preocupación es mantener sus fronteras y reaccionar frente a las presiones de Occidente, la percepción de un bloque occidental debilitado ha favorecido la adopción de estrategias ofensivas. Un ejemplo de ello es su creciente influencia en África, donde ha logrado desplazar la presencia europea —especialmente la francesa— mediante la injerencia de empresas militares privadas (PMC) vinculadas al Estado ruso, como Wagner Group o Africa Korps (Guijarro, 2024).

Del mismo modo, Rusia ha recurrido a estrategias híbridas y de zona gris en países occidentales, como el apoyo al movimiento independentista catalán o la financiación de partidos euroescépticos, con el objetivo de debilitar la arquitectura de la Unión Europea (European Commission, Joint Research Centre, 2023).

3. Rusia después del conflicto de Ucrania

Como se ha señalado, la política exterior rusa debe analizarse desde una perspectiva de realismo neoclásico, enfoque que adquiere mayor relevancia en la coyuntura actual marcada por el conflicto en Ucrania y los reveses que Moscú enfrenta en Siria, África e incluso en América del Sur.

La anexión de Crimea en 2014 y el inicio del conflicto en el Donbás respondieron a la percepción de un Occidente debilitado: Estados Unidos había optado por una política de repliegue, mientras que la Unión Europea reducía de manera constante su gasto en defensa, condicionada por la recesión económica del momento. En este contexto, Rusia actuó en línea con los principios de su gran estrategia: mantener la influencia en el espacio exsoviético y reafirmarse como potencia, incrementando su poder relativo dentro de un orden internacional policéntrico sustentado en parámetros westfalianos.

En la actualidad, aunque la situación no es idéntica, sí puede interpretarse bajo los mismos parámetros. En otras palabras, pese a que Rusia se encuentra hoy debilitada en los ámbitos económico y militar, la llegada de la nueva administración Trump en Estados Unidos y el progresivo repliegue europeo hacia un papel secundario han abierto una ventana de oportunidad para recuperar parte de lo perdido.

Mapa TPR 6 Grupo Wagner, presencia mundial de los mercenarios rusos FORMATO WEB (1).png

Si se pretende analizar un escenario favorable para Rusia, es necesario considerar principalmente tres dimensiones:

1.- Dimensión política: Dentro de esta dimensión pueden identificarse varios focos de inestabilidad. El primero se relaciona con la propia estructura del Estado ruso, ya que el régimen autoritario actual ha quedado debilitado por los fracasos en la guerra de Ucrania y por la pérdida progresiva de influencia ante la resiliencia demostrada por Occidente y por la propia Ucrania. 

Un ejemplo de esta fragilidad fue el golpe de estado protagonizado por Wagner entre el 23 y el 24 de julio de 2023, cuando sus tropas avanzaron hasta quedar a apenas 400 km de Moscú sin encontrar oposición significativa de la Rosgvárdia. Este cuerpo militarizado, creado con el respaldo de Vladímir Putin en 2016 y subordinado directamente al gobierno —al margen de las Fuerzas Armadas—, respondía al temor de una “revolución de colores” impulsada por sectores más occidentalistas de la élite rusa (García, 2022).

Por el contrario, la permanencia de Putin en el poder también puede interpretarse como un signo de fortaleza: su régimen ha superado las adversidades que se le han presentado y, en la coyuntura actual, con las negociaciones de paz bilaterales con Estados Unidos, el Kremlin parece actuar con una creciente sensación de impunidad.

2.- Dimensión social: A lo largo de la guerra de Ucrania, el pueblo ruso se ha visto dividido entre el desconocimiento y el temor que ha generado el conflicto. La movilización parcial anunciada en septiembre de 2022 desencadenó un éxodo masivo tanto de capital humano como económico: se estima que entre 260.000 y 300.000 ciudadanos abandonaron el país (Sánchez, 2022), mientras que el Banco Federal Ruso calculó pérdidas de alrededor de 7.600 millones de euros (Agencia EFE, 2022). Estos datos sugieren que una parte significativa de la población no estaba dispuesta a combatir en la guerra. 

Mapa TPR 12  UCRANIA - RUSIA, datos de la partes en Guerra FORMATO WEB.png

A ello se suman los bombardeos ucranianos en ciudades fronterizas —e incluso en la propia Moscú—, así como las sucesivas incursiones en territorio ruso, factores que han podido generar un efecto desmoralizador en la sociedad. En este contexto, muchos ciudadanos parecen dejar de percibir al Estado como un garante fiable de su seguridad.

3.- Dimensión de militar: Al principio de la guerra en Ucrania, las fuerzas armadas rusas parecían encontrarse en un estado óptimo. Las reformas militares implementadas tras los fracasos de la campaña de Georgia en 2008 parecían haber solucionado buena parte de los problemas estructurales. 

Sin embargo, el conflicto actual ha demostrado que persisten numerosas deficiencias: desde la urgente necesidad de modernización del ejército, la escasez de medios y los problemas logísticos —evidenciados en la falta de municiones, parcialmente compensada con los stocks norcoreanos—, hasta la incapacidad para romper las líneas del frente, lo que ha conducido a un prolongado estancamiento. A ello se suma la escasez de armamento de largo alcance, que en las primeras fases del conflicto posibilitó bombardeos masivos, pero que hoy apenas se manifiesta en el lanzamiento aislado de un IRBM con capacidad MIRV, cuya supuesta tecnología hipersónica resulta dudosa.

La debilidad también ha quedado patente en la armada rusa, incapaz de responder a un conflicto contemporáneo, como se evidenció con el hundimiento de su buque insignia, el Moskva, y la pérdida de un submarino de la clase Kilo. 

Según estimaciones ucranianas, las bajas rusas alcanzarían las 500.000 (entre muertos y heridos), junto con la destrucción de unos 30.000 vehículos de combate —incluidos carros de combate y blindados de transporte—, además de 369 aviones y 329 helicópteros (Ukrainian Government, 2025). Otras fuentes, sin embargo, citan cifras distintas: alrededor de 280.000 fallecidos (200.000 rusos y 80.000 ucranianos) y unos 800.000 heridos (400.000 por cada bando) a finales de 2024 (Pancevski, 2024).


[1] Se fundamenta en las opiniones de Guerásimov sobre la guerra contemporánea de Estados Unidos, situando el conflicto interestatal al mismo nivel que las actividades políticas, económicas, informativas, humanitarias y otras acciones no militares. La doctrina enfatiza el control del espacio informativo y la coordinación en tiempo real de todos los aspectos de una campaña, junto con el empleo de ataques en profundidad contra el territorio enemigo y la destrucción de infraestructura civil y militar crítica (Palacios, 2016).

¿Te ha interesado? Recibe nuestra newsletter

Cada martes, lo más importante de la actualidad internacional explicado por nuestros analistas, en tu correo. Gratis y sin spam.