Rusia en el siglo XXI (Parte 1/3)
Rusia en el siglo XXI (Parte 2/3)
Rusia en el siglo XXI (Parte 3/3)
Introducción
Con la disminución de poder relativo del eje occidental-estadounidense, antiguas potencias resurgen para reescribir el orden internacional. En este sentido, Rusia ha encontrado una ventana de oportunidad, a través de la invasión de Ucrania, para retomar ese área de influencia que perdió con la caída de la Unión Soviética y reactivar esa dinámica que parecía olvidada para occidente de competición estratégica.
A medida que la confrontación con Occidente se ha intensificado, Moscú ha buscado reforzar su autonomía, diversificar sus alianzas y consolidar su influencia en Eurasia frente a las sanciones económicas impuestas por EE.UU. y la Unión Europea, que han acelerado el giro de Rusia hacia los mercados emergentes, particularmente Asia, donde la cooperación con China e India ha cobrado mayor relevancia.

Paralelamente, la guerra ha permitido a Rusia consolidar su posición en el mercado energético, redefiniendo rutas de exportación y reforzando su papel como proveedor clave para economías dependientes de sus recursos. No obstante, desde el punto de vista estratégico, Rusia continúa enfrentándose a la incertidumbre, en particular sobre las repercusiones para su economía y el riesgo de una recesión grave.
A ello se suma la tensión con Occidente, que ha llevado a la Unión Europea a impulsar con mayor rapidez la creación de una capacidad disuasoria frente a Moscú, dando lugar a un orden internacional que se aleja de la unipolaridad posterior a la Guerra Fría.
Este análisis pretende ofrecer una visión general de la Rusia del siglo XXI, abarcando las dimensiones social, política, económica y estratégica, con el objetivo de mostrar, desde la perspectiva del realismo neoclásico, un posible escenario favorable a los intereses del Kremlin en un futuro cercano.
1. ¿Qué es Rusia?
La Federación de Rusia es un Estado situado entre el enclave de Kaliningrado hasta el estrecho de Bering, limitando al norte con el océano Ártico; al noroeste con Noruega, Finlandia, el mar Báltico, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia; al oeste con Bielorrusia y Ucrania; al suroeste con Georgia y Azerbaiyán; al sur con Kazajistán, China y Mongolia; al sudeste con China, Corea del Norte y el mar del Japón, contando en total con una superficie de 17.075.400 kilómetros cuadrados (Oficina de información diplomática España, 2025).

Rusia presenta una orografía poco accidentada, limitada por las grandes cadenas montañosas del Cáucaso y los Urales, y atravesada por extensas llanuras que se prolongan hasta Siberia occidental. Sus enormes dimensiones convierten al país en un territorio multiclimático, aunque su latitud hace que el rasgo más característico sea el frío invernal. Aun así, encontramos una notable diversidad de paisajes: desde desiertos árticos, tundras y bosques de abetos y abedules, hasta estepas herbáceas.
Las tierras más fértiles se localizan al suroeste, en las vegas de los grandes ríos —como el Volga o el Don— que desembocan en los mares Negro y Caspio. En cambio, en la zona septentrional la productividad agrícola se ve muy limitada por la dureza del invierno y la pobreza del suelo (Oficina de Información Diplomática de España, 2025).
En cuanto a su población, el Instituto Federal de Estadística Estatal (Rosstat) estima que Rusia cuenta con 143.972.346 habitantes, sin incluir los territorios ocupados recientemente en Ucrania. Según datos oficiales, cerca del 73% de los ciudadanos rusos viven en áreas urbanas, concentrados en las principales ciudades: Moscú, San Petersburgo, Novosibirsk, Ekaterimburgo, Nizhni Nóvgorod, Samara, Omsk, Kazán, Cheliábinsk, Rostov del Don, Ufá y Volgogrado.
En el país conviven alrededor de 160 grupos étnicos. De ellos, unos 137,5 millones hablan ruso, 4,2 millones tártaro y 2,06 millones alemán, siendo el ruso el idioma oficial del Estado (Embajada de Rusia en México, 2025).
Uno de los principales desafíos es la despoblación: la mayor parte de los habitantes se concentra en la franja europea y en el sur, mientras que en Siberia y el extremo oriental —que representan aproximadamente el 60% del territorio— la densidad no supera los 3 habitantes por km² (Oficina de Información Diplomática de España, 2025). A ello se suma el envejecimiento demográfico, con proyecciones que estiman una reducción de la población hasta los 126 millones hacia el año 2100 (Vollset y otros, 2020).

Asimismo, la estructura de la economía rusa se basa en un sistema de capitalismo de Estado centrado en 3 sectores económicos (Oficina de información diplomática España, 2025):
- Agricultura: Representa aproximadamente el 2,7% del PIB.
- Industria: Contribuye con un 34,4% del PIB. Incluye sectores como la extracción de hidrocarburos (petróleo, gas natural y carbón), la minería, la industria química, la construcción de maquinaria y la industria aeroespacial y de defensa.
- Servicios: Constituyen el 62,3% del PIB
En 2023, la balanza comercial de Rusia registró un superávit de 11.833 millones de euros, equivalente al 6,02% del PIB, una cifra inferior al 13,91% alcanzado en 2022, lo que refleja un deterioro de la situación. A ello se suma una deuda pública de 363.232 millones de euros en 2023, equivalente al 19,55% del PIB (Expansión, 2023).
En esta misma línea, las sanciones europeas destinadas a debilitar la capacidad de Rusia para financiar la guerra en Ucrania, al dirigirse contra la élite política, militar y económica, no han tenido un gran impacto macroeconómico. Sin embargo, las restricciones sobre las mercancías procedentes de Rusia sí han afectado a su balanza comercial, obligando al país a incrementar las importaciones desde China, India o Irán, mientras que sus exportaciones —especialmente de hidrocarburos— descendieron un 41,7% en 2023 respecto a 2022 (Consejo Europeo y Consejo de la UE, 2023).
En cuanto a la identidad del pueblo ruso, es importante destacar que, a lo largo de la historia, Rusia ha vivido bajo una sensación permanente de amenaza externa. Desde sus inicios como el Rus de Kiev en el siglo IX d.C., sufrió las invasiones de los tártaros, las campañas de las guerras napoleónicas, la presión de Japón y, más tarde, la agresión de las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Esta trayectoria forjó un carácterresistente y un marcado estoicismo, visible en la tradición literaria rusa: en Memorias de una casa muerta, Dostoyevski relató su experiencia en prisión, mientras que Tolstói, en Guerra y paz, ofreció una visión épica de la lucha y la supervivencia nacionales.

No debe subestimarse la influencia del Imperio Bizantino y de la religión cristiano-ortodoxa, que, según autores como Huntington, dieron forma a una civilización europea diferenciada de la occidental. Esa herencia grabó en los grandes líderes rusos la idea del sueño imperial de la “Tercera Roma”[1], transformando al Estado ruso en algo más que una nación: en una potencia con aspiraciones civilizadoras y con un carácter guerrero, propio de los pueblos de la estepa.
No obstante, la inmensidad del territorio ruso, que reúne alrededor de 160 etnias, ha condicionado su organización política. A diferencia de la cosmovisión europea surgida de las revoluciones liberales —donde el pueblo lidera la nación—, en Rusia han sido los grandes líderes quienes han guiado a la sociedad hacia su destino. Figuras como Pedro el Grande, Iván el Terrible, Lenin, Stalin o el propio Vladimir Putin han encarnado ese papel conductor, siempre oscilando entre dos horizontes: la integración en Occidente o la afirmación de la identidad eslava.
Son, por tanto, tres pilares los que configuran la cultura rusa: la identidad eslava, la religión ortodoxa y el nacionalismo histórico.
Teniendo en cuenta lo anterior, la política rusa tras la caída de la Unión Soviética estuvo marcada por una década negra de inestabilidad social y política, además de una profunda crisis económica derivada de la desintegración del Estado soviético. La temprana aplicación de reformas económicas agresivas y mal implementadas hundió al país en un sistema oligárquico, bajo el telón de una supuesta democracia anárquica. A ello se sumaron los incesantes movimientos independentistas en regiones como Chechenia, que generaron en la sociedad rusa un profundo temor al vacío de autoridad.
En ese contexto surgió el llamado efecto Putin: un líder carismático que consolidó su poder tras el final de la segunda guerra de Chechenia y se proyectó como el dirigente fuerte capaz de “salvar a la madre patria”. Su legitimidad se asentó en un consenso social amplio y en el respaldo institucional (Krastev y otros, 2009, págs. 23-28).

En cuanto a la estructura político-institucional, la figura de Putin ha moldeado una arquitectura estatal orientada a garantizar la estabilidad y la defensa del interés nacional. Este modelo se articula a través del concepto de “democracia soberana”, una forma de autoritarismo en la que se tolera la presencia de una élite oligárquica que financia la política del Kremlin y extiende su influencia mediante gobernadores regionales, en muchos casos administrados por los “silovikí” [2].
Si bien existe una Duma Estatal, su papel es esencialmente legitimador. Está compuesta por un conjunto de partidos “decorativos” que simulan una oposición, aunque en la práctica carecen de peso real. La narrativa ideológica que sostiene este sistema gira en torno al debate entre eslavismo y occidentalismo, y se construye sobre valores ortodoxos tradicionales, la identidad eslava y la exaltación de un colectivo unido que avanza hacia objetivos de largo plazo (Krastev y otros, 2009).
[1] La monarquía zarista es heredera directa del último linaje bizantino debido a que Iván III se casó con Sofía Paleólogo en el año 1472.
[2] Miembros leales de la élite elegidos por el Kremlin que dependen de su favor.