Solo el pueblo salva al pueblo
Escribo esto como una manera de dar sentido a los sentimientos e ideas que recorren mi cabeza desde el pasado 29 de octubre. Aún no he encontrado la forma exacta de estructurarlas todas, pero a raíz de viajar como voluntario a Catarroja (Valencia) y ver todo lo que está sucediendo desde cerca, ya sé lo que quiero decir.
Desde pequeño, una euforia me invade cada vez que me cruzo con un vídeo, noticia o documental sobre una catástrofe en España. No es una emoción causada por la desgracia en sí, sino por la capacidad de respuesta del pueblo español ante la adversidad. Quizás esa emoción surge porque sólo en estos pocos momentos nuestra sociedad es capaz de unirse y trabajar hacia un mismo objetivo, sin importar de qué ideología o partido sea la persona que acude a ayudar.
Pero junto a esta euforia surge un miedo, un pánico provocado por la posibilidad del olvido. Me asusta que caigamos en el mismo error que cometemos habitualmente: una amnesia causada por la velocidad de nuestras vidas, que nos hace olvidar lo que fuimos capaces de hacer unidos, y que se une al comportamiento de aquellos que, teniendo el poder y la responsabilidad de actuar, no hicieron más que entorpecer, dividir e intentar, una vez más, polarizar una sociedad que unida sería mucho mejor de lo que ya es.
En estos momentos no puedo evitar recordar como una y otra vez hemos tenido en este país una casta política que ha metido la mano en las arcas públicas de la manera más inhumana posible. Sin embargo, en mí sigue existiendo fe y, sobre todo, esperanza en el Estado, en las administraciones y en todas las posibilidades que podrían surgir si se hiciera un uso sincero de estos recursos. Pero entonces pienso en el caso Filesa, el de los fondos reservados, el del gobierno de Aznar y todos los encarcelados de su época. Y luego en el caso Bárcenas, la trama Gürtel, el caso de los ERE… Un largo desfile de escándalos de corrupción que nos recuerdan cómo en lugar de proteger el interés común muchos han priorizado su propio beneficio.
En la situación actual tras la DANA, volvemos a ver que estos señores se lanzan la pelota del pueblo valenciano de un campo a otro, culpándose mutuamente y evadiendo responsabilidades, cuando lo único que se necesita es ayuda real, una respuesta eficaz que, por desgracia, ha llegado demasiado tarde.
Quizás, en parte, esto también sea responsabilidad nuestra. Creo que tenemos los políticos que nos merecemos porque realmente son la representación de la sociedad española en estado puro. No son seres ajenos que han aparecido de la nada en esos puestos. Están ahí porque nosotros, como sociedad, cometemos los mismos pecados que reprochamos a nuestros representantes. No son peores que muchos de los que los critican, porque si esos críticos estuvieran en la misma posición probablemente harían lo mismo.
Aun así, y a pesar de los errores y defectos, existe –y siempre existirá– una llama de solidaridad que hace que, cuando sucede una tragedia, nadie pregunte si eres de izquierdas o de derechas, si hablas euskera, gallego o catalán. En esos momentos, todos hablan con una sola voz y muchos se lanzan sin pensarlo a socorrer a aquellos que más lo necesitan. En los últimos días, se ha vuelto viral la frase "solo el pueblo salva al pueblo". No sé si es cierto, pero está claro que hay algo que, a pesar de pandemias, volcanes, guerras, inundaciones sin precedentes y unos representantes que intentan polarizarnos constantemente, no es capaz de desaparecer: nuestra humanidad.
Este texto no es solo una reflexión; es un recordatorio. Una llamada a no olvidar lo que somos capaces de hacer juntos, a recordar que nuestra fortaleza no reside solo en nuestras instituciones, sino en nuestra capacidad de unirnos y actuar como uno. La solidaridad no debería ser una reacción fugaz ante el desastre, sino el fundamento de nuestra convivencia.
Tal vez el verdadero cambio que necesitamos no se logrará solo reemplazando a los políticos, es necesario orientar nuestra propia actitud hacia el bien común. Porque cuando entendamos que somos responsables de la sociedad que construimos, entonces tal vez los líderes que ocupen esos puestos también reflejarán esa solidaridad, ese compromiso, esa humanidad que mostramos en los momentos más difíciles.