
Tuvalu y la digitalización de la lucha contra el cambio climático
Tuvalu es un pequeño país oceánico situado en la región de la Polinesia. Obtuvo su independencia del Reino Unido en el año 1978 y su capital se localiza en la ciudad de Funafuti. Es el segundo país del mundo con menos población, asciendo a 11.810 habitantes en el último censo.
A su vez, después de las islas Maldivas, es también la segunda nación del mundo con la altitud media sobre el nivel del mar más baja, situándose en los 5 metros. En este sentido, dicha altitud constituye la mayor debilidad estructural para la nación debido a las posibles consecuencias de una amenaza que se cierne sobre el conjunto de la sociedad internacional; hablamos del cambio climático.

La posible subida del nivel del mar conforme vaya aumentando la temperatura del planeta como consecuencia del efecto invernadero hace que los Estados de baja elevación sean los primeros en verse amenazados por la desaparición de parte de su territorio.
Por ello y, como es obvio, estas naciones son las que más activamente alzan la voz a nivel mundial con la intención de ser escuchadas y de que se apliquen medidas de lucha activa y real contra las causas del mal que les atañe. Sin embargo, en lo que coinciden muchos de estos países es en su irrelevancia geopolítica internacional y en que de nada sirve tener voz si no eres escuchado por nadie.
A su vez, a esta circunstancia se le suele unir el hecho de que son países dependientes económicamente de terceros o cuya economía es demasiado pequeña como para desarrollar contramedidas contra los efectos más inmediatos, lo que no hace más que agravar la situación.
Concretamente, la economía de Tuvalu es un caso extraño donde los haya, ya que se sustenta principalmente a través de la venta de sellos, la pesca, monedas conmemorativas y, sobre todo, la propiedad del dominio .tv utilizado por todas las páginas webs de las televisiones a lo largo del globo.

A partir de los años 2000 y gracias al boom de internet, la nación oceánica disfrutó de los beneficios que esta posesión les otorgaba, lo que les permitió aumentar en cierta medida el volumen de su economía. A la expansión internacional del dominio contribuyó la colaboración del gobierno de Tuvalu con la empresa estadounidense Verisign.
Esta peculiar forma de financiación, afronta en diciembre del 2020 un momento crítico para el porvenir del país, la renegociación de las condiciones actuales de la gestión del dominio. ¿Por qué es importante esta renegociación? Básicamente porque vivimos una era dorada de la comunicación audiovisual digital, donde los servicios de streaming se han convertido en nuestras plataformas favoritas de entretenimiento, lo que ha aumentado el tráfico enormemente.
De todas estas, la que utiliza el dominio .tv y que tiene mayor tamaño es la archiconocida Twitch. Con más de 15 millones de visitas al día, la página de emisión en directo se ha posicionado como un gigante de la escena, lo cual se certificó cuando fue absorbida por el gigante corporativo Amazon.
Por lo tanto, es de justicia y de lógica que este nuevo panorama sea aprovechado por el gobierno de Tuvalu a la hora de establecer las nuevas condiciones, lo que implica que su economía se vea beneficiada sin precedentes.

Y es que el país polinesio no necesita de estos ingresos solo para aumentar la riqueza de su población, sino que los necesita para asegurar la mera existencia de su Estado de aquí a 50 años. El 80% de la fauna de coral de su territorio ha desparecido en los últimos 30 años en lo que es un desastre ecológico silenciado.
Sin coral, desaparece el modo de vida de muchos isleños, así como la protección que la barrera ofrecía contra otros sucesos naturales y depredadores marinos. Si el nivel del mar subiera 2 metros de aquí a 2050, el 60% de la superficie total del país desaparecería, quedando este prácticamente inhabitable.
Con este panorama en mente, parece más que improbable que en la capital veamos nuevas infraestructuras o edificaciones de lujo gracias a los nuevos ingresos obtenidos por la esfera digital, pero sí que es más que factible que presenciemos el desarrollo de inversiones de investigación con el fin de poder generar herramientas que permitan a los ciudadanos luchar contra el cambio climático y regenerar sus barreras naturales de coral.
Contra otros sucesos es imposible luchar. Tuvalu tiene la desgracia de ser un foco de recepción de tifones todos los años. Estos tifones, cada vez más frecuentes, destrozan las endebles edificaciones y salinizan las pocas tierras fértiles existentes. Los tifones han existido siempre, el problema es que se han vuelto más frecuentes con el paso de los años, lo que no da tiempo a la reconstrucción ni a la preparación.
Pese a todo ello, podemos decir que los tuvaluanos se pueden considerar un pueblo afortunado ya que, gracias a su suertudo nombre, disponen de oportunidades que la gran parte de sus vecinos no tienen Este atisbo de esperanza, pese a no ser un santo grial que solucione todos los problemas, al menos permite retrasar un desastre del que otros tienen la responsabilidad.
Las naciones oceánicas son las que con mayor brevedad sufrirán las inclemencias del cambio climático. Kiribati es el primer país en firmar un tratado de evacuación de su población. Para que nos hagamos una idea esto es como si España firmara que sus 47 millones de habitantes pudieran irse a vivir en caso de desaparecer la península ibérica a cualquier otro país del mundo.
La lejanía y escaso tamaño de estos Estados hace que su grito de desesperación se escuche como si estuvieran gritando en el vacío del espacio. La sociedad internacional necesita ser consciente de que la pérdida de estos territorios no solo significará la desaparición de gobiernos y de las casas de unos cuantos cientos de miles de personas, sino también significará la erradicación de toda una serie de culturas y tradiciones que, queramos o no, forman parte de lo que somos y representamos como especie.
Organizaciones internacionales como Naciones Unidas o la Unión Europea parecen estar mostrando cada vez más interés en que las grandes potencias realicen una transición hacia modelos productivos más verdes, pero solo el tiempo podrá decir si han empezado a actuar demasiado tarde, sobre todo para los Estados oceánicos. Y es que la mar puede ser cruel, pero también puede ser la esperanza de muchos.