La semana pasada Estados Unidos publicó su Estrategia de Seguridad Nacional, un ejercicio habitual en el que cada administración define sus prioridades exteriores y, en términos globales, su visión del mundo. Históricamente, en estas estrategias encontramos bastante continuismo, en tanto que los grandes pilares de la política exterior estadounidense gozan de consenso bipartidista. 

Sin embargo, los líderes siempre quieren dejar su impronta. Por ejemplo, la administración Clinton promovió un optimismo liberal bajo la doctrina de “engagement and enlargement”, buscando expandir el círculo de democracias en el mundo. La estrategia de George W. Bush, marcada por los atentados del 11 de septiembre de 2001, otorgó un enfoque central a la guerra contra el terrorismo. 

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