China, EE.UU. y la pugna por el dominio de los mares
Para comprender la competencia por el dominio marítimo en esta región específica de Asia-Pacífico, es fundamental considerar conceptos clave de superioridad naval, la capacidad tecnológica e industrial de ambas potencias, así como las redes de seguridad que cada una ha consolidado.
Los niveles de proyección naval
La flota fluvial o brown-water navy representa el nivel más básico de proyección naval. Como su nombre indica, este tipo de flota opera y asegura el control de ríos y estuarios dentro del territorio nacional, limitándose a operaciones de carácter interno, sin capacidad de actuación en alta mar. Se caracteriza por el uso de lanchas rápidas, cañoneras y patrulleras. Un ejemplo notable es la Mobile Riverine Force (MRF), creada conjuntamente por el Ejército y la Marina de Estados Unidos para patrullar el río Mekong durante la Guerra de Vietnam.
La flota costera o green-water navy constituye un nivel intermedio entre la flota fluvial y la de alta mar. Está diseñada para ejercer control sobre las zonas litorales, puertos y bahías, e incluso para llevar a cabo operaciones limitadas en mares marginales (por ejemplo, el mar Egeo respecto al Mediterráneo). Este tipo de flotas emplea fragatas, corbetas y submarinos no nucleares. Un ejemplo sería la flota de Canadá, orientada principalmente al control de sus aguas cercanas, pese a la participación puntual de sus buques en misiones conjuntas de la OTAN lejos de sus fronteras, en coordinación con su poderoso vecino del sur.
La flota de alta mar o blue-water navy representa el máximo nivel de proyección naval. Se trata de una fuerza capaz de operar a nivel global, en océanos abiertos y zonas de aguas profundas. Se distingue por el uso de portaaviones, destructores y submarinos nucleares, además de contar con una capacidad logística autónoma para reabastecerse en la mar, evitando así la necesidad de regresar a puertos aliados durante largos periodos. El ejemplo por excelencia sería la flota de Estados Unidos, que con sus once grupos de batalla de portaaviones puede operar simultáneamente en regiones remotas del planeta, apoyada en una extensa red de bases navales distribuidas por todo el mundo.
El legado británico
La estrategia de dominio naval que más ha influido en la marina de Estados Unidos es la del llamado “Sea Power”, formulada por el historiador Alfred Thayer Mahan en su influyente obra The Influence of Sea Power upon History: 1660–1783. Mahan sostenía que el control del mar es esencial para lograr la supremacía económica, militar y política a escala global. De su pensamiento se desprenden una serie de condiciones consideradas fundamentales para sostener el dominio naval:
a) Control estratégico de las rutas marítimas, asegurando la libertad de navegación y el flujo continuo del comercio global, o bloqueándolas en caso de conflicto.
b) Dominio de los chokepoints, es decir, puntos de estrangulamiento como el canal de Suez, el canal de Panamá, el estrecho de Malaca o el estrecho de Gibraltar.
c) Mantenimiento de una flota de alta mar numerosa y operativa. Estados Unidos, por ejemplo, dispone de once grupos de ataque con portaaviones.
d) Red global de bases navales y puntos de abastecimiento, que permiten una presencia militar constante en enclaves estratégicos como Rota, Diego García o Guam.

El legado de Mao
Durante el mandato de Mao Zedong, si bien se intentó ampliar y modernizar la Armada del Ejército Popular de Liberación de China (AEPLC), el punto de partida era complejo. Tras una cruenta guerra civil, la flota heredada de la República de China —compuesta principalmente por buques aportados por desertores— contaba con capacidades apenas equivalentes a las de una flota fluvial, hasta el punto de que, en 1950, se recurrió al uso de juncos para llevar a cabo el asalto a la isla de Hainan.. En este contexto, la flota china dependió en gran medida de los asesores soviéticos y los buques proporcionados por la URSS para sostener su crecimiento hasta bien entrada la década de 1980.
Uno de los pilares de la modernización impulsada por Deng Xiaoping fue precisamente el ámbito militar. En este marco, el Partido Comunista Chino (PCC) aumentó de forma significativa el gasto en la AEPLC, destinando hasta un 20 % del presupuesto de defensa a la marina china. Se impulsó así el desarrollo de modelos propios —como los destructores clase Luhu, las fragatas clase Jiangwei, y los submarinos no nucleares clases Song y Ming— y se amplió considerablemente el tamaño de la flota. Esta estrategia marcó el inicio de la transición hacia una flota costera con mayor presencia en el mar de China Meridional y en torno a Taiwán, como quedó reflejado en la Tercera Crisis del Estrecho de Taiwán. Sin embargo, en el plano tecnológico persistía una cierta dependencia de la flota soviética y, más adelante, rusa.
A partir del inicio del siglo XXI, los planes de modernización de la AEPLC comenzaron a enfocarse en alcanzar las capacidades propias de una flota de alta mar. Este proceso conllevo el desarrollo de submarinos nucleares. Asimismo, en 2008 se inauguró la primera base naval china en el extranjero, ubicada en Yibuti, y en 2012 se incorporó el primer portaaviones de fabricación nacional, consolidando así la ambición global de China en el ámbito marítimo.

Capacidades industriales y tecnológicas
Según el balance militar de 2024 del IISS, aunque la Armada china y la Guardia Costera China casi triplican en número de buques a la US Navy (1.015 frente a 364), también es relevante señalar que, en términos de tonelaje total, la flota estadounidense casi duplica a la china (3,6 millones de toneladas frente a 2 millones). Esto indica que los buques chinos, en general, son más pequeños y cuentan con capacidades tecnológicas más limitadas.
De hecho, gran parte de los buques de la Guardia Costera China provienen de unidades antiguas transferidas desde la AEPLC. La mayoría son patrulleras y embarcaciones de combate costero, con un peso medio de 711 toneladas cada una, y no están diseñadas para operar lejos del litoral chino. A su vez, el hecho de que China posea una ventaja de 16 a 1 en tonelaje de buques de desembarco revela un enfoque estratégico centrado en Taiwán y una clara voluntad de reunificación por parte del liderazgo chino.
- Flota china (IISS):

- Flota estadounidense (IISS):

Sin embargo, también es importante considerar las capacidades productivas de cara al futuro, y en este aspecto China mantiene una ventaja considerable sobre Estados Unidos. Esta superioridad se explica tanto por la escala industrial como por el modelo de producción naval adoptado por cada país.
En primer lugar, se estima que China representa actualmente el 53,3 % de la producción naval mundial, mientras que Corea del Sur y Japón concentran el 29,1 % y el 13,1 % respectivamente. En contraste, Estados Unidos apenas alcanza el 0,1 %. Además, la producción naval estadounidense se concentra en astilleros de tamaño reducido, operados principalmente por Huntington Ingalls y General Dynamics, mientras que en China los cuatro principales astilleros están bajo control de la China State Shipbuilding Corporation (CSSC). En términos de eficiencia, los astilleros estadounidenses tardan entre 4 y 7 años en construir un destructor, con una fuerza laboral menguante de apenas unas decenas de miles de trabajadores. Por su parte, los astilleros chinos son capaces de producir destructores en tan solo de 12 a 18 meses, contando con una plantilla que supera los 200.000 trabajadores.
Esta diferencia se debe, en parte, a que Estados Unidos mantiene una producción naval segregada, con astilleros diferenciados para buques civiles y militares. En cambio, China ha integrado ambos procesos, aprovechando las economías de escala de su sector civil para fabricar simultáneamente buques militares y comerciales en los mismos astilleros. Incluso aplica especificaciones técnicas militares a ciertos buques civiles, lo que facilita el uso de tecnologías de doble uso.
Como resultado, entre 2019 y 2023, los astilleros chinos lograron producir 39 buques de guerra, una cifra que ilustra la magnitud de su capacidad industrial.
Frente a esta superioridad industrial, Estados Unidos mantiene una ventaja tecnológica sobre China en casi todos los aspectos clave. En materia de sistemas de combate integrados, el sistema Aegis y los radares AN/SPY-6, instalados en los destructores clase Arleigh Burke, superan ampliamente a sus equivalentes chinos en términos de madurez, interoperabilidad y precisión.
En cuanto al alcance y la autonomía operativa, la flota estadounidense —con 11 portaaviones nucleares (clases Nimitz y Ford) y una extensa flota de submarinos nucleares— permite operaciones sostenidas a nivel global. En contraste, todos los portaaviones chinos son de propulsión convencional, y sus submarinos nucleares presentan menor sigilo, alcance limitado y una vulnerabilidad acústica superior.
La aviación aeronaval estadounidense también es superior gracias al uso de los F-35C con capacidad furtiva y a su flota de aviones de guerra electrónica. Por su parte, China opera cazas J-15, sin capacidad furtiva, y su futuro avión furtivo embarcado (FC-31 navalizado) aún se encuentra en desarrollo.
Asimismo, la US Navy cuenta con un alto nivel de integración en los sistemas de mando, control, comunicaciones, inteligencia, vigilancia y reconocimiento (C4ISR). Aunque la AEPLC ha logrado avances significativos en los últimos años, aún enfrenta dificultades de interoperabilidad global, carece de una cobertura satelital equivalente y no posee la misma experiencia operacional acumulada. En este último aspecto, la ventaja de Estados Unidos en combate naval real es especialmente significativa.
La red de seguridad estadounidense en Asia-Pacífico
Ante su desventaja numérica y manufacturera frente a China, Estados Unidos conserva una ventaja fundamental en el terreno diplomático, donde su rival carece de apoyos significativos. China mantiene disputas territoriales —tanto marítimas como terrestres— con la mayoría de sus vecinos, y ha adoptado una postura especialmente firme respecto a sus reclamaciones en el mar de China Meridional y la controvertida línea de los nueve puntos, lo que ha generado tensiones con casi todos los países de la región. Esta actitud ha llevado a varios de ellos, como Filipinas e incluso otros más inesperados como Vietnam, a buscar el respaldo de Estados Unidos.
En este contexto, la hostilidad china ha revalorizado una estrategia desarrollada en los años 50 por John Foster Dulles, durante la Guerra de Corea: la llamada estrategia de la cadena de islas. Este enfoque se basa en una red de bases navales y aliados regionales diseñada para restringir el acceso de la marina china a mar abierto y al océano profundo.
La primera cadena incluye las islas Kuriles, el archipiélago japonés, las islas Ryukyu, Taiwán, el norte de Filipinas y Borneo. La segunda cadena se extiende desde las islas Ogasawara (Japón) hasta Nueva Guinea, pasando por las islas Marianas y la estratégica base estadounidense en Guam. Finalmente, la tercera cadena, de carácter más defensivo, se despliega desde las islas Aleutianas (Alaska) hasta Nueva Zelanda, atravesando Hawái, Samoa Americana y Fiyi.

Esto significa que, pese al crecimiento naval chino, en una eventual confrontación China no solo se enfrentaría a la US Navy, sino también a las flotas de aliados regionales como Corea del Sur, Japón, Australia, Taiwán, Nueva Zelanda y, potencialmente, otros como Filipinas, India o Indonesia. Es precisamente en este entramado de alianzas donde reside una de las principales fortalezas de Estados Unidos: su capacidad de proyección multilateral, consolidada a través de mecanismos como el Quad, AUKUS, Five Eyes o los ejercicios navales conjuntos RIMPAC.
Asimismo, Estados Unidos ha comenzado a rehabilitar bases aéreas como la de Tinian y, potencialmente, podría alcanzar acuerdos con fabricantes asiáticos, en especial con Hyundai Heavy Industries y Hanwha Ocean en Corea del Sur, que se benefician de sinergias y economías de escala similares a las de los astilleros chinos. Esto permitiría a la US Navy expandir su flota a menor coste y con mayor rapidez. Cabe recordar que Corea del Sur es, tras China, el segundo mayor fabricante naval del mundo.
Como era de esperar, China tampoco se ha quedado de brazos cruzados. A través de la Belt and Road Initiative, ha tejido una red de alianzas estratégicas y puertos amigos, obteniendo acceso a instalaciones civiles de aguas profundas, aptas para el atraque de buques militares. Entre ellas destacan los puertos de Gwadar (Pakistán) y Hambantota (Sri Lanka), así como acuerdos en el Pacífico Sur con las Islas Salomón y Kiribati.
En definitiva, Estados Unidos se beneficia en esta competencia naval de su superioridad tecnológica y de su densa red de acuerdos multilaterales y bilaterales. Por su parte, China capitaliza su enorme capacidad industrial y avanza rápidamente en la reducción de la brecha tecnológica entre ambas flotas.