La guerra es destrucción, pero también es estética. Que le pregunten si no a Hugo Boss cuando diseñó los uniformes del ejército nazi. Y hoy, en un mundo dominado por modas fugaces y por la falsa realidad que nos inyectó Hollywood, prácticamente nadie escapa de esa vorágine estética que obliga a encasillarnos en el modelo de quienes deseamos ser. Hay chavales que imitan el corte de pelo de sus jugadores de fútbol favoritos, adultos hechos y derechos que se tatúan a personajes de la serie de anime que tanto les gustó, mujeres de todas las edades que pasan las páginas de las revistas de moda para descubrir cómo vestía una famosa puntual… a la que quizás puedan parecerse algún día. Vivimos en un mundo dominado por la estética y las ensoñaciones que suscita.

En la guerra también pueden encontrarse estética, modas y apariencia. ¿O no se ha percibido cada vez un mayor parecido entre las tropas de los ejércitos occidentales y los personajes del Call of Duty? Los pasamontañas negros de la década de los ochenta han dado paso a los pasamontañas con calaveras estampadas. Los pañuelos de colores lisos fueron sustituidos por las kefias en Iraq, y así sucesivamente. 

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El diseño de los uniformes nazis fue toda una revolución estética en su momento.

Si un GI estadounidense de la Segunda Guerra Mundial daba gracias por tener un par de botas, el combatiente en Ucrania está dispuesto a gastar una parte de su salario en mejorar su equipo: aquí pintura de camuflaje para mi arma, allí un parche especialmente guerrero, allá una GoPro que me permita grabar los combates y subirlos luego a las redes sociales. La estética de la guerra es importante porque ayuda a comprender la psicología que se esconde detrás del combatiente, los impulsos superficiales (más allá del deber, la familia o la patria) que guían sus actos inmediatos y que le permiten luchar un día más.

En este punto, debe considerarse que existe todo un movimiento sostenido por Hollywood y la industria musical del rap entre 1990 y 2010 donde las teorías racistas de Víctor Hugo y de Rousseau fueron adaptadas a la edad contemporánea; una serie de inyecciones sociales dispuestas a definir al negro como un gánster; como un tipo duro y malhablado que lleva los pantalones a la altura de las rodillas; un Tupac tiroteado o un Lil Wayne encerrado en Rikers Island; un Will Smith incapaz de reprimirse a la hora de partirle la cara a otro negro que se burló de su mujer. 

Aunque sería incorrecto señalar que todos los afroamericanos han caído en este cliché, se puede percibir un vínculo entre el factor socioeconómico y la inclinación que pueda tener un sujeto afroamericano a la hora de cumplir con el mismo; no es común encontrar a un estudiante afroamericano de la Ivy League que ensalce la imagen del negro como gánster, pero sería más habitual encontrar este tipo de imágenes en determinados barrios vulnerables de Estados Unidos.

Las bases de esta industria provienen de los pensadores ilustrados, que ya idearon una estructura donde el negro era un sujeto tribal y primitivo, encerrado en su poblado (o, en su versión actual, limitado al resguardo de los guetos en las grandes ciudades occidentales), incapaz de gobernarse a sí mismo y a sus impulsos. Algo así como un epiléptico social. Ese ideal se arraigó tan profundamente durante trescientos años, que la sociedad norteamericana ha normalizado en su conjunto la imagen del negro violento y territorial, idolatrando a raperos delincuentes y consumiendo a la vez decenas de películas donde las bandas se enfrentan por el control de la calle. Son guiones muy distintos a las aventuras de James Bond, Jack Ryan o cualquier película bélica estadounidense donde una arrasadora mayoría blanca combate contra nazis y yihadistas por los valores de la familia y la justicia mundial. 

El referente estético del que dispone un combatiente africano (negro) es, por tanto, muy distinto al rango que tiene un combatiente occidental; también es más limitado. Es importante comprender esta primera parte del artículo cuando se zambulle uno en la estética que impregna al combatiente africano, a la hora de comprender quién desea ser, por medio de la imagen que proyecta, ese africano anónimo que toma un arma.

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Un primer ejemplo para considerar se encuentra en el exagerado uso de la marihuana por parte de los combatientes no gubernamentales (y, en bastantes ocasiones, también gubernamentales). Aunque el consumo de sustancias es inherente a la escena bélica desde antes incluso de los guerreros berserker vikingos, no dejó de resultar interesante para este periodista que, en una ocasión, mientras se encontraba reunido con combatientes de las milicias congoleñas, sacaron una bolsa de cannabis mencionando a Bob Marley para explicar de qué se trataba. 

Señalaban la hierba y decían “Bob Marley, Bob Marley”, a sabiendas de que el nombre del artista jamaicano poseía una reverberación internacional adherida al consumo de cannabis. El rap, pero también Bob Marley y la marihuana, son tres complementos básicos a considerar en la vida del guerrillero africano por encima del consumo de otras sustancias como la metanfetamina y el crack. Así pues, este ejemplo es solo una prueba ilustrativa de cómo afecta una cultura global (el reggae) a los rincones más apartados del continente africano, porque no le quepa ninguna duda al lector: al guerrillero promedio africano que no pertenezca a un grupo radical islámico le gusta Bob Marley al 90%. Encuentra en el cantante un nexo que le conecta con el resto del mundo, con un periodista o con cualquiera; con el mundo de las ideas compartidas. 

Las letras del jamaicano cumplen de esta manera su función primigenia y unen a distintos pueblos en momentos de la guerra sacados del contexto de la batalla, antes o después de la batalla, pero aún vestidos con el uniforme de barro y pólvora que obliga a guardar el arma al alcance de la mano. Sobra decir que los generales malienses o egipcios no son conocidos por su predilección de la música reggae o el rap, pero cabe recalcar que no ocurre lo mismo al nivel local de los guerrilleros, que viven influidos no ya por Bob Marley, sino por decenas de artistas africanos como Burna Boy, que reinterpretan su filosofía en el escenario africano. 

A la hora de tratar la “moda” actual de los ejércitos gubernamentales, destaca nuevamente un plano de la estética referente a la forma de vestir de las guardias presidenciales de los regímenes del Sahel. Aunque lo habitual al referirnos a los escoltas de cualquier jefe de Estado es encontrar a miembros del servicio secreto que visten traje y corbata (o uniformes tradicionales en las puertas de los palacios presidenciales), el corte militarista de las juntas del Sahel ha apostado por una guardia presidencial vestida con el uniforme de campaña. 

Allí destacan los pasamontañas y las gafas de sol cubriendo la totalidad del rostro, los guantes tácticos anticorte, los vistosos antibalas inundados de bolsillos, las botas de combate y una apariencia, en definitiva, similar a la de los operativos de las fuerzas especiales. Esto es así porque las guardias presidenciales de los regímenes del Sahel pertenecen a las fuerzas especiales del ejército, y no al servicio secreto. No debe desestimarse el impacto que supone esta estética ante la población civil durante las apariciones públicas de sus presidentes. Aparentan orden, fuerza, disciplina, modernidad y una visión de futuro. 

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Ibrahim Traoré, dictador de Burkina Faso, aparece acompañado de su guardia presidencial en la 35 edición del Tour Cycliste International du Faso. La estética militar es evidente. Fuente: @CapitaineIb226

Esta estética tan “Call of Duty” ha sido importada desde los ejércitos europeos, con especial atención en este caso a los mercenarios del Grupo Wagner, que hace alrededor de tres años que circulan por la región. Podría considerarse una evolución lógica de la estética militar en el Sahel. Sin embargo, su uso como herramienta visual para concienciar a la población civil y contribuir al discurso de los gobernantes es importante. Sólo hace falta imaginar cómo percibiría un ciudadano español que Pedro Sánchez apareciera en cada acto público rodeado a pocos metros, no por hombres encorbatados, sino por elementos de las fuerzas especiales armados hasta los dientes y con el rostro tapado por pasamontañas. 

De la misma manera, el fútbol cobra importancia en los lugares más insospechados. Cualquier español que haya viajado fuera de Europa sabrá que el Real Madrid y el Barcelona son de extrema utilidad en las fronteras y los encuentros con agentes de seguridad extranjeros. Sirven para romper el hielo cultural en multitud casos porque ambos equipos son ya eternos en la Historia del mundo, como los equipos de colores de las cuadrigas romanas. El verdadero poder que hace notar aún España a nivel global está en el fútbol, ese deporte sagrado. 

Los combatientes de África (da igual que sean soldados regulares, yihadistas o rebeldes de cualquier tipo) son tan humanos como cualquiera y cabe decir que a una gran mayoría de varones africanos les apasiona el fútbol. No sólo la liga española, también la inglesa. Es verdad que esta pasión puede explicarse por medio del sueño inculcado a los niños africanos donde ellos serán el próximo Sadio Mané, dinámicas de sueños y pobreza, pero es cierto que a los africanos les gusta el fútbol casi tanto o más que a los europeos (que a los argentinos seguro que no) y esto forma parte de cualquier relación social que se mantenga con un combatiente independientemente del ámbito. Algunos, por qué no decirlo, incluso marcharán a morir vestidos con camisetas del Real Madrid, el Barcelona, el Liverpool, etc. 

De hecho, podemos observar pequeños detalles relevantes en los estadios a los que ha amenazado con atentar el ISIS. Mientras que el grupo terrorista ha amenazado al Santiago Bernabéu, nunca lo ha hecho con el Campo Nou de Barcelona, incluso habiendo atentado el yihadismo más habitualmente en Cataluña que en Madrid. El Camp Nou se eleva así como un castillo inexpugnable en torno a una batalla… y nadie lo quiere tocar. Es un templo, es sagrado. Aunque nunca he hablado de fútbol con un yihadista, sí puedo decir que los musulmanes más radicales que he conocido en África apoyan masivamente al F.C. Barcelona frente al Real Madrid. 

Frente al secretismo habitual de los gobiernos africanos, el uso de las redes sociales ha cobrado una creciente importancia entre los grupos armados no gubernamentales. Constantemente puede obtenerse información casi en directo sobre lo sucedido en el teatro de operaciones, donde un ejemplo destacable sería el uso que hacen los independentistas de Azawad (Mali) de la red social conocida como X. Durante la reciente masacre de tropas rusas en Tinzawaten, decenas de vídeos y de fotografías que mostraban a muertos y prisioneros rusos circularon por la red social sin ningún escrúpulo por la sensibilidad de las imágenes. Entre tantas fotografías, destacaba una donde aparecían dos combatientes de Azawad rodeados de cadáveres y con sus rostros tapados por sendos emoticonos de caritas con corazones. 

Es brutal, a la par que significativo, el uso de estos emoticonos en un paisaje tan dramático. Aunque es habitual tapar los rostros en esta clase de fotografías con el emoticono correspondiente. Si hay que celebrar una victoria, caritas con corazones; si el cadáver es amigo, se tapará con una cara que llora; si existe alguna duda sobre la autoría de un acontecimiento, aparecerá en algún punto de la imagen un emoticono con una cara reflexiva; etc. 

Las redes sociales deben considerarse como un elemento vital de la cultura global que afecta al mundo. Nadie escapa de ellas. Su uso, junto con el de los emoticonos, muestra que, detrás de un grupo armado que sobrevive desde hace siglos en casas de adobe y jaimas en el desierto, existe también un acceso a la cultura posmoderna y un conocimiento claro de las reglas que sigue el juego de la propaganda en redes sociales. Memes que hacen burla al enemigo o que destacan la valentía de los amigos también son habituales en esta clase de prácticas propagandísticas, que pretenden extraer determinadas acciones del marco geográfico de selvas y desiertos para impactar en el imaginario colectivo global y atraer apoyos a una causa concreta.

Los grupos armados africanos no gubernamentales cuentan entre sus filas con sujetos (portavoces, trolls, content managers) habitualmente ubicados a decenas de kilómetros de los combates, si no se encuentran directamente en otro país, pero que conocen absolutamente el uso y la influencia de las redes sociales. La imagen del guerrillero africano salvaje, harapiento e ignorante ha dado paso a potentes y sofisticados comunicadores como Willy Ngoma (M23) o Baye Ag Mahmoud (CSP – Azawad).

Este periodista también recuerda una conversación sostenida con Abdul Rashid, líder de la comunidad islámica en Mozambique (CIMO), donde hacía referencia a los sujetos mozambiqueños que habían sido enviados a Arabia Saudí para estudiar la doctrina wahabita, especialmente a partir de la independencia del país africano. Rashid afirmaba que algunos de estos elementos se habían convertido en los “encargados de comunicación” de los grupos armados wahabitas que operaban en la provincia norteña de Cabo Delgado: “Son gente que vuelve a Mozambique y no tienen trabajo, les pagan por hablar en árabe porque saben hablarlo muy bien, dicen Allahu Akbar en frente de una cámara y ya han convencido a todo el mundo de que son musulmanes de verdad”. 

Esto último lo dijo al referirse a su teoría particular, que implica que el terrorismo yihadista en Cabo Delgado es producto de la contrata de mercenarios por parte de las multinacionales que operan en la zona, siempre con el fin de expulsar a los locales para facilitar la extracción de materias primas. Rashid insistía en que las redes sociales son la clave para ofrecer al mundo una apariencia de guerra religiosa cuando lo que sucede en el norte de Mozambique es una guerra económica. 

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En este sentido, podrían añadirse muchos otros detalles que señalan el impacto que ha causado la globalización en los grupos armados africanos en los últimos veinte años. Por ejemplo, que en las milicias wazalendo de la República Democrática del Congo pueden encontrarse a chiquillas de dieciséis años uniformadas entre las filas de los combatientes (aunque sus labores suelen limitarse al interior de las bases y no participan por lo habitual en los combates del frente), en una especie de evolución feminista que mezcla la igualdad de género con el uso de niños soldado en los conflictos del continente. Podría hablarse de los cárteles mejicanos que trabajan en la producción de anfetaminas en Mali, trasladando al suelo africano narrativas propias de series como Narcos o Breaking Bad. Podría hablarse de figuras míticas del comunismo como el Che Guevara o Fidel Castro, que han sido reverenciados por miles de combatientes africanos desde el siglo XX hasta la actualidad. 

El fin de este artículo, en definitiva, es claro: borrar los estereotipos de los grupos armados de África nacidos en el siglo XX y reconocer una evolución visible en los mismos. Una modernización de las guerrillas (y, en ocasiones, también de los ejércitos estatales) por medio de la estética, la música, el cine y las redes sociales que todo lo atrapan. Una modernización que acompaña al resto del continente y que contribuye a la confusión de los conflictos para quien los mira desde Europa.

Estos “nexos culturales” a menudo inducen a creer en la legitimidad de una causa que, al ser analizada con mayor profundidad, puede carecer de justificación real o ética, quedando más vinculada a intereses particulares o narrativas románticas que distorsionan la complejidad del escenario africano.

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