Los drones llegaron a África como una promesa. Serían los nuevos ojos incrustados en el cielo para vigilar sus inmensas fronteras, ofrecerían una precisión quirúrgica en las acciones contra movimientos de guerrillas y supondrían una alternativa “moderna” a la hora de compensar ejércitos mal equipados. 

Sin embargo, en apenas unos años, han pasado a ser lo opuesto a lo deseado: aceleradores de conflictos, multiplicadores de miedo y, sobre todo, herramientas ideales para matar a distancia. En el Sahel, en el este de la República Democrática del Congo y en Sudán se repite un patrón donde los drones permiten que la guerra se abarate, se deslocalice y se vuelva más imprevisible. 

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