Hong Kong: de enclave colonial a nodo global (1842–1970)
Hong Kong: de enclave colonial a nodo global (1842–1970)
Hong Kong: de fábrica del mundo a centro financiero global (1971–1997)
Hong Kong: transferencia a China y laboratorio financiero (1998-act.)
La profundidad de sus aguas y su condición de puerto franco transformaron al pequeño enclave pesquero de Hong Kong, entregado al Reino Unido tras la Primera Guerra del Opio, en un nodo estratégico del comercio entre China y Occidente, atrayendo comerciantes, inmigrantes y capital internacional. Tras la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, en apenas unas décadas, la función de Hong Kong como centro de reexportación evolucionó hacia un núcleo manufacturero que, con el tiempo, se consolidó como el tercer centro financiero del mundo y punto de enlace entre los mercados globales y los de China continental.

Hong Kong como puerto de reexportación de China
El Tratado de Nankín de 1842, firmado tras la derrota de la dinastía Qing en la Primera Guerra del Opio, estableció la cesión de la isla de Hong Kong al Reino Unido a perpetuidad. Si bien por aquel entonces el territorio era un pequeño enclave pesquero de apenas siete mil habitantes, la profundidad de la bahía de Victoria Harbour pronto convirtió a Hong Kong en el principal punto de entrada del comercio británico en el sur de China. A diferencia de los puertos chinos sujetos a impuestos imperiales, Hong Kong fue concebido desde su origen como un puerto franco, libre de aranceles y restricciones comerciales, lo que permitió a la colonia erigirse como nodo de intermediación entre el algodón, la maquinaria y el opio que entraban a China, y el té, la porcelana y la seda que se exportaban hacia Europa.
La administración colonial británica impuso un gobernador con poder ejecutivo absoluto, encargado de supervisar todas las decisiones políticas y administrativas de un Consejo Legislativo integrado mayoritariamente por funcionarios británicos y un reducido grupo de comerciantes influyentes designados por el propio gobernador. Paralelamente, el Reino Unido implantó el “Common Law”, un sistema jurídico basado en la jurisprudencia, la protección de la propiedad privada, la validez de los contratos y la resolución predecible de las disputas comerciales a fin de garantizar estabilidad institucional y, con ello, seguridad a los comerciantes extranjeros. Este marco legal se completó con una estructura administrativa orientada a la mínima intervención gubernamental en materia económica a través de bajos impuestos, escasa regulación y una política fiscal conservadora.
Hacia mediados del siglo XIX, la posición de Hong Kong como escala esencial en las rutas hacia Calcuta, Singapur y Londres atrajo a más de 200.000 inmigrantes chinos, junto con comerciantes británicos, parsis, portugueses y judíos. A su vez, la presencia de la marina y la flota mercante británicas impulsó el desarrollo de sectores como la construcción y el mantenimiento naval, así como de almacenes, aseguradoras y bancos vinculados al comercio. Entre estas instituciones, destacó el Hongkong and Shanghái Banking Corporation (HSBC), fundado en 1865, que pronto se convirtió en la principal institución financiera del Asia británica. Este dinamismo económico también propició la aparición de industrias como el refinado de azúcar, la producción de cemento y pequeñas manufacturas locales instaladas en talleres artesanales, cuyos trabajadores, en su mayoría chinos, residían en barrios densamente poblados e insalubres.

El Tratado de Pekín de 1860, firmado tras la Segunda Guerra del Opio, otorgó a Gran Bretaña la península de Kowloon, lo que propició la expansión de las instalaciones portuarias, almacenes y viviendas destinadas a los comerciantes y las fuerzas armadas. Posteriormente, en 1898, tras la cesión de los Nuevos Territorios por parte del Imperio Qing, Hong Kong extendió notablemente su superficie, asegurando el abastecimiento de agua y alimentos procedentes del continente y permitiendo el desarrollo infraestructuras estratégicas como el ferrocarril Kowloon-Cantón que, inaugurado en 1911, conectó la colonia con el interior de China. Asimismo, la expansión del puerto facilitó la conversión de la ciudad en el principal punto de exportación del sur de China.
La política de “no-intervención directa” —salvo en materia de seguridad e infraestructura portuaria— que Hong Kong mantuvo durante el periodo de fragmentación política y conflictos civiles que caracterizó a la China de las décadas de 1920 y 1930 otorgó a la colonia un clima de estabilidad poco común en la región, lo que impulsó su estatus como refugio financiero y base logística para los comerciantes británicos y chinos que no querían exponerse a la volatilidad de ciudades como Shanghái o Cantón.
La estabilidad del sistema monetario de Hong Kong también se convirtió en un activo esencial de la colonia pues, tras la depreciación de la libra esterlina provocada por el abandono del patrón oro por parte del Reino Unido en 1931, el dólar hongkonés —aún anclado en la plata— mantuvo su fortaleza. Ello abarató las importaciones británicas y estimuló los intercambios con el Sudeste Asiático, donde también predominaban monedas vinculadas a la plata. Así, a finales de esta década, los intercambios con esta región llegaron a suponer más del 60% del comercio total de Hong Kong, lo que consolidó a la colonia como uno de los diez puertos con mayor volumen de carga del mundo.

Cuando China abandonó el patrón plata en 1935 a raíz de las compras masivas del metal realizadas por Estados Unidos tras la promulgación de la “Silver Purchase Act”, el gobierno colonial reaccionó introduciendo un nuevo dólar hongkonés vinculado directamente a la libra esterlina. Con ello, la administración colonial evitó divergencias bruscas con el yuan y logró que Hong Kong se integrara plenamente en el sistema financiero británico. La preservación de la estabilidad financiera contribuyó a que la ciudad se beneficiase del repunte del comercio internacional de finales de la década de 1930.
Sin embargo, este periodo de prosperidad se truncó en diciembre de 1941, cuando el imperio japonés invadió Hong Kong pocas horas después del ataque a Pearl Harbor. Durante los tres años y ocho meses de ocupación japonesa, la población descendió desde los 1,6 millones hasta los 600.000 habitantes y una gran parte de la infraestructura urbana quedó destruida. A su vez, la administración militar japonesa implementó el yen como moneda oficial, confiscó empresas británicas, nacionalizó recursos estratégicos y explotó la economía local en favor de su esfuerzo bélico. Al recuperar la colonia en 1945, las tropas británicas encontraron una ciudad sumida en la hambruna, con el comercio exterior paralizado, el transporte marítimo desorganizado y la red bancaria prácticamente inoperante.
El milagro manufacturero
Se estima que, entre 1949 y 1955, aproximadamente 1,2 millones de refugiados y empresarios cruzaron la frontera hacia Hong Kong, un territorio que en los primeros años tras la guerra carecía de un plan económico formal, recursos naturales, espacio agrícola o mercados internos amplios. Para enderezar la economía, la administración hongkonesa rentabilizó la llegada de capital humano, la experiencia industrial y las conexiones internacionales con Asia, Europa y América tanto de los refugiados del sur de China como de los banqueros y empresarios que huyeron de la Revolución Comunista de 1949.

A diferencia de las economías vecinas, como Corea del Sur o Taiwán, donde los gobiernos impulsaron la industrialización mediante subsidios, barreras arancelarias y conglomerados dirigidos desde el Estado, Hong Kong mantuvo la línea del “no-intervencionismo positivo”, es decir, la misma presión fiscal y el mismo marco regulatorio que habían guiado su política económica desde el siglo XIX.
Uno de los mayores defensores de este enfoque, Sir John Cowperthwaite, secretario financiero entre 1961 y 1971, sostenía que el gobierno debía limitarse a garantizar justicia, infraestructura básica y una moneda estable, dejando que fuese el mercado quien decidiera la asignación de recursos dado que, en el largo plazo, “el conjunto de decisiones de empresarios individuales, aunque a veces erróneas, era menos dañino que las decisiones centralizadas del gobierno, y cualquier perjuicio tendería a corregirse más rápido”. Su sucesor, Sir Philip Haddon Cave, precisó que la intervención gubernamental únicamente era necesaria cuando el beneficio superaba los riesgos.
Hong Kong se benefició especialmente de los estrictos controles que, en 1949, Estados Unidos impuso sobre bienes estratégicos y equipamiento militar procedentes de la recién proclamada República Popular China, restricciones que fueron ampliadas por las Naciones Unidas en 1951. Al quedar bloqueado el papel de Hong Kong como enclave comercial intermediario, los empresarios locales se vieron obligados a acelerar la expansión de un sector manufacturero orientado a la exportación lo que, gracias a su integración en los mercados occidentales, permitió a la ciudad desarrollar una base industrial propia capaz de sostener su crecimiento sin depender del comercio con el continente. Este desarrollo se vio facilitado por el crédito y la liquidez proporcionados por bancos como HSBC y Standard Chartered a la incipiente industria local.
Durante la década de 1950, la industria manufacturera, que incluía sectores como el textil o los plásticos, se convirtió en el motor del crecimiento económico de Hong Kong. Empresarios procedentes de Shanghái trasladaron sus fábricas a barrios obreros como Sham Shui Po, Kwun Tong o Tsuen Wan aprovechando la mano de obra abundante y de bajo coste. Asimismo, durante este periodo, la condición de puerto franco permitió a Hong Kong minimizar los costes derivados de las importaciones de algodón y materias primas para la fabricación de productos manufacturados ligeros que, posteriormente, se exportaban a Estados Unidos y Europa.
Este entorno propició el surgimiento de un ecosistema de pequeñas y medianas empresas familiares, alojadas en edificios industriales multifuncionales, que impulsaron la diversificación hacia sectores de mayor valor añadido, como la electrónica, los juguetes de precisión y la confección avanzada. Compañías como Esquel o Lee Kum Kee se convirtieron en pioneras y referentes de una industrialización que, a su vez, atrajo a empresas occidentales que emplearon la ciudad como base logística y comercial para operar en Asia Oriental, lo que permitió ampliar y sofisticar la red de servicios financieros, legales y marítimos de la colonia.
Entre 1940 y 1970, el PIB per cápita de Hong Kong se multiplicó por más de cuatro, la participación del sector manufacturero en las exportaciones pasó del 15 % al 90 % y, hacia finales de los años sesenta, el puerto de Hong Kong ya se situaba entre los tres más activos del mundo. Sin embargo, pese al rápido crecimiento industrial, a los programas de vivienda pública del gobierno y a la creación de nuevas ciudades satélite en Kowloon y los Nuevos Territorios, las condiciones laborales precarias —con sindicatos débiles, jornadas de doce horas y salarios bajos— y la desigualdad continuaron siendo la norma.
Aunque la estabilidad política descansaba en un consenso tácito entre el gobierno colonial y la población, según el cual la prosperidad económica compensaba la falta de participación política, ello no evitó estallidos sociales como los disturbios de 1967, en los que obreros y simpatizantes comunistas, inspirados por la Revolución Cultural china, organizaron huelgas y atentados contra el dominio cultural británico que paralizaron la ciudad durante meses.
Continuará...