La política exterior de Estados Unidos (Parte 2/2)


Desde la neutralidad proclamada por George Washington hasta la estrategia del “Pivot to Asia” de Barack Obama, pasando por la promoción del internacionalismo liberal o la primacía moral de la democracia defendida por el neoconservadurismo, la política exterior de Estados Unidos ha atravesado diversas etapas a lo largo su historia, todas ellas definidas por diferentes corrientes ideológicas. El siguiente artículo tratará de resumir estas fases, contextualizando el origen de cada una, así como explicar qué estrategia de política exterior podría implementar la administración de Donald Trump a partir de enero de 2025.

El presidente Barack Obama y el presidente Xi Jinping de la República Popular China caminan por el predio del Annenberg Retreat en Sunnylands, en Rancho Mirage, California, el 8 de junio de 2013. (Foto oficial de la Casa Blanca por Pete Souza)
El presidente Barack Obama y el presidente Xi Jinping caminan por Annenberg Retreat en Sunnylands, Rancho Mirage, California, el 8 de junio de 2013. Fuente: Foto oficial de la Casa Blanca por Pete Souza

Del aislacionismo a la Doctrina Monroe

La debilidad económica y la inexperiencia militar de las Trece Colonias en su Guerra de Independencia contra el Imperio Británico, así como el ansia de revancha por el resultado de la Guerra de los Siete Años, motivó el envío de tropas o suministros de potencias como Francia o España en favor del ejército comandado por George Washington. Sin embargo, tras el estallido de la Revolución Francesa o el inicio de la Guerra de la Primera Coalición, George Washington, presidente de los recién creados Estados Unidos de América, rechazó la solicitud de apoyo de Francia y proclamó la neutralidad del país en los conflictos europeos mediante la Proclamación de Neutralidad de 1793. 

Mediante la postura de imparcialidad, Estados Unidos buscó evitar la inestabilidad interna y resistir a las presiones de las grandes potencias por alinear al país en sus respectivas esferas de influencia ante la afinidad ideológica en favor de Francia o Inglaterra de padres fundadores como Thomas Jefferson o Alexander Hamilton, respectivamente. De este modo, y a fin de evitar las consecuencias materiales y humanas de conflictos como la Guerra de Independencia o la Guerra de 1812 contra Inglaterra, Washington optó por no involucrarse en asuntos internacionales y priorizar el desarrollo de actividades económicamente rentables, como el comercio.

No obstante, uno de los hitos más destacables del inicio del siglo XIX fue la popularización del “excepcionalismo americano”, una idea cuyo origen se remonta a 1630, fecha en la que John Winthrop, una figura puritana destacada en la fundación de Nueva Inglaterra, predicó un sermón que describía a Estados Unidos como la ciudad en una colina pues, como posteriormente se manifestó en la Declaración de Independencia, era una nación que debía servir de ejemplo al haberse fundado sobre los principios de libertad, igualdad y democracia. En una coyuntura internacional marcada por el imperialismo, la noción de “excepcionalismo” se difundió con el concepto de “destino manifiesto”, que consideraba la expansión territorial de Estados Unidos hacia la costa del Pacífico como un derecho divino para expandir los valores previamente mencionados.

Estados Unidos comenzó a superar su aislacionismo mediante la proclamación de la Doctrina Monroe por el presidente homónimo en 1823, que declaraba el Hemisferio Occidental como el área de influencia de Estados Unidos. En ella, Washington fomentaría el desarrollo de las jóvenes naciones sin la amenaza de la injerencia externa y se opondría a los intentos de las potencias europeas por retomar el control del continente. Pese a ello, durante la primera mitad de siglo, a causa de su débil capacidad militar, Washington precisó de la asistencia de la Royal Navy y de la concesión de privilegios comerciales al Imperio Británico para imponer la Doctrina Monroe por la fuerza y disuadir a las potencias europeas de intervenir en el continente americano.

Bernardo de Gálvez en el asedio de Pensacola , cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau.
Bernardo de Gálvez en el asedio de Pensacola durante Guerra de la Independencia de los Estados Unidos (19 de abril de 1775 - 3 de septiembre de 1783), cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau. Las fuerzas españolas atacaron las posiciones británicas en el sur y capturaron el oeste de Florida. Esto aseguró la ruta para los suministros y cerró la posibilidad de cualquier ofensiva británica a través de la frontera occidental de los Estados Unidos. España también proporcionó dinero, suministros y municiones a las fuerzas estadounidenses.

No fue hasta el final de la Guerra de Secesión cuando el desarrollo de la producción manufacturera y de las capacidades militares estadounidenses permitieron a Washington extender el comercio con ultramar, defenderlo por la fuerza cuando fuese necesario y ampliar su proyección de poder para reducir la amenaza que la influencia europea en América representaba para su seguridad nacional. Datan de este periodo la compra de Alaska en 1867; la Resolución Newlands de 1896, que preveía la anexión de Hawaii; la guerra contra España en 1898, por la que Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam pasaron a ser dependencias territoriales estadounidenses; o la promoción de la independencia de Panamá en 1903 para construir el canal homónimo y, de este modo, facilitar el acceso comercial y militar entre los océanos Atlántico y Pacífico.

Simultáneamente, Estados Unidos comenzó a explorar mercados en Asia, llegando a coaccionar al Shogunato Tokugawa para acelerar el fin del aislacionismo nipón o a aprovechar la rebelión de los Bóxers con el objetivo de debilitar el monopolio europeo sobre el mercado chino. Pese a que Washington no aspiraba a construir un imperio como el británico, estas acciones suscitaron un intenso debate interno entre los partidarios y detractores de que, bajo pretexto de la promoción de los valores liberales y democráticos, el país asumiese un rol imperialista para expandir su interés comercial y militar en lugar de resolver, en primer lugar, la corrupción o las desigualdades socioeconómicas en el resto del mundo.

La reticencia al aperturismo

La tensión entre aislacionistas y aperturistas se hizo particularmente evidente durante la presidencia de Woodrow Wilson quien, tras la Primera Guerra Mundial, articuló un programa de 14 puntos en el que se incluían conceptos como el derecho a la autodeterminación de los pueblos, el establecimiento de instituciones internacionales para asegurar la paz o la importancia del libre comercio como fuente de prosperidad de las naciones y vía para evitar el conflicto. En este marco, Wilson defendió la ratificación del Tratado de Versalles en el Senado como un paso fundamental en la lucha moral por la democracia y como un elemento clave para lograr la seguridad colectiva. 

Sin embargo, la negativa del presidente a presentar enmiendas al convenio derivó en un enfrentamiento con sectores republicanos, liderados por figuras como Henry Cabot Lodge, que temían que la membresía en la Sociedad de Naciones comprometiera la soberanía de Estados Unidos e involucrara al país en futuros conflictos internacionales ajenos a su interés. Consiguientemente, Wilson no logró en el Senado la mayoría de dos tercios necesaria para ratificar el Tratado de Versalles y, finalmente, Estados Unidos no se incorporó a la recién creada Sociedad de Naciones. 

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Woodrow Wilson es uno de los presidentes de EE.UU. que más impacto tuvo en la política exterior americana.

El idealismo internacionalista promovido por Wilson enfrentó su mayor crisis tras el Crack de 1929, pues la desconfianza en los mecanismos de ajuste del mercado condujo a la implantación de normas con un marcado carácter proteccionista, como la “Smoot-Hawley Tariff Act”, que incrementó los aranceles con el fin de proteger a los agricultores y las empresas estadounidenses. La década de 1930 también estuvo marcada por un consenso bipartidista en favor de una política de “pasividad estratégica”, por la que Estados Unidos se mantuvo al margen de los eventos que tuviesen lugar fuera del Hemisferio Occidental.

El orden mundial basado en normas

La derrota de Francia en 1940 otorgó a la Alemania Nazi la capacidad de amenazar directamente la seguridad y los intereses económicos de Estados Unidos, lo que modificó la percepción de amenaza de las élites de Washington. En 1941, el Congreso estadounidense aprobó la Lend-Lease Act, permitiendo al país suministrar armas, recursos y ayuda a los países aliados. Además, ese mismo año, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt emitieron la Carta del Atlántico, que estableció las bases de un orden internacional basado en la cooperación económica o la renuncia al uso de la fuerza. Sin embargo, la postura de “no intervención directa” concluyó definitivamente con el ataque japones a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941.

La finalización de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo la promoción del internacionalismo liberal. De este modo, las élites estadounidenses comenzaron a considerar la paz global, el libre comercio, la democracia y la promoción de los derechos humanos como elementos esenciales para salvaguardar la seguridad nacional. Siguiendo esta línea, Estados Unidos y sus aliados impulsaron la creación de instituciones multilaterales con el propósito de regir las relaciones internacionales en base a un corpus ideológico liberal y legitimar las acciones de política exterior necesarias para ello. En este contexto, la Carta de San Francisco de 1945 dio origen a la Organización de Naciones Unidas, concebida como un espacio de colaboración entre naciones para alcanzar los propósitos comunes previamente mencionados.

De manera paralela, en 1944 se celebró la Conferencia de Bretton Woods, de la que nacieron instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), que en 1995 se transformaría en la Organización Mundial del Comercio. Por medio de estas instituciones, Washington adquirió un papel central en el establecimiento de normas que debían regir los flujos de comercio internacionales y se consolidó como la piedra angular del sistema financiero global, pues el dólar se consagró como moneda de reserva mundial. Ello, unido a los avances tecnológicos, a una infraestructura intacta tras la guerra o a la desintegración de los grandes imperios europeos, entre otras causas, permitió a Estados Unidos afianzarse como una de las dos potencias hegemónicas a nivel global.

Firma del histórico acuerdo de Bretton Woods. Fuente: Getty
Firma del histórico acuerdo de Bretton Woods. Fuente: Getty    

Durante la Guerra Fría, en base a la Doctrina Truman, Estados Unidos adoptó una política de intervencionismo activo destinada a contener el avance de la influencia soviética para consolidar y preservar el orden internacional liberal. De este modo, a fin de generar las condiciones favorables para un cambio de régimen en los países bajo la órbita soviética, Washington se arrogó el derecho de apoyar económica o militarmente, así como por medio de sus servicios de inteligencia, golpes de Estado o gobiernos autoritarios de carácter anticomunista. Asimismo, la OTAN desempeñó un papel clave en la contención de la Unión Soviética, pues cimentó una alianza militar entre las potencias capitalistas europeas bajo la protección y liderazgo estratégico de Estados Unidos.

La Doctrina Nixon redefinió la política exterior estadounidense durante la guerra de Vietnam, pues Estados Unidos anunció que no desplegaría tropas terrestres en defensa de sus aliados, si bien Washington mantendría sus compromisos de defensa y garantizaría la protección nuclear a sus socios para disuadir posibles amenazas. Sin embargo, en un contexto marcado por la crisis del petróleo y, especialmente, por las consecuencias de la revolución islámica en Irán, el presidente Carter reafirmó la posibilidad de intervenir militarmente en el Golfo Pérsico a fin de evitar que potencias extranjeras tratasen de ejercer control sobre algún estado de la región. 

A su vez, Washington empleó las instituciones multilaterales en su favor, condicionando los préstamos de instituciones como el FMI a ajustes significativos en las políticas económicas y sociales de los países beneficiarios o restringiendo y negando el acceso al crédito y a la asistencia financiera a gobiernos afines a la Unión Soviética. La inclusión en la comunidad internacional de regímenes comunistas que compartían a la Unión Soviética como enemigo común, entre los que destaca el reconocimiento de la República Popular de China en 1979, no solo permitió a Washington debilitar la proyección de poder de Moscú, sino también acceder a un vasto mercado en crecimiento con unos costes de producción altamente competitivos para sus compañías.

La Doctrina Reagan, fundamentada en la presunción de vulnerabilidad estructural de la Unión Soviética en materia política, económica o tecnológica, impulsó el gasto militar estadounidense desde los 134 mil millones de dólares en 1980 hasta los 300 mil millones en 1989. Adicionalmente, Reagan intensificó las intervenciones en apoyo de gobiernos o movimientos guerrilleros prooccidentales con el objetivo de acelerar la caída del régimen soviético, lo que finalmente terminó sucediendo el 26 diciembre de 1991. 

Los años del unipolarismo

La disolución de la Unión Soviética consolidó a Estados Unidos como la única superpotencia en un sistema unipolar enmarcado en el orden internacional liberal diseñado tras Segunda Guerra Mundial. Ello otorgó a las élites de Washington la capacidad de definir la estructura del nuevo orden global y dio origen a diversas ramas de pensamiento que reflejaron distintos enfoques acerca del papel que Estados Unidos debía desempeñar en él.

Fotografía de la bandera soviética en el Kremlin bajada y reemplazada por la bandera rusa el 25 de diciembre de 1991.
Fotografía de la bandera soviética del Kremlin siendo reemplazada por la bandera rusa el 25 de diciembre de 1991.

En primer lugar, la corriente neoaislacionista argumentaba que Estados Unidos no tenía la necesidad de jugar un papel activo en los asuntos internacionales. En su lugar, el país debía aprovechar su ventajosa posición geoestratégica, sus capacidades militares y su fuerte posición relativa en las relaciones de poder globales para centrarse en el mantenimiento de su prosperidad económica y la protección física de su territorio. Además, se consideró que, si Estados Unidos no limitaba su presencia en el mundo, otras naciones se verían animadas a contrarrestar el poder de Washington para alcanzar un equilibrio de fuerzas.

En segundo lugar, destacó la corriente internacionalista liberal, que sostenía que la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos estaban sujetas a garantizar la seguridad mundial y promover la firma de acuerdos de libre comercio o conceptos como la democracia o los derechos humanos. Esta postura se fundamentaba en teorías como la paz democrática, que establece la improbabilidad de que dos regímenes democráticos hagan la guerra entre sí, o en la creencia de que la interdependencia económica reduce el riesgo de conflicto. A su vez, este pensamiento defendía el papel central de las instituciones multilaterales en la búsqueda de soluciones comunes a problemas de seguridad y en el establecimiento de normas para guiar y legitimar las acciones de política exterior de los estados.

Finalmente, cabe mencionar a la segunda generación de neoconservadores, quienes fundamentándose en el excepcionalismo americano, sostenían que Estados Unidos debía asumir el papel de hegemón global ante la superioridad moral de los principios de democracia o liberalismo y que Washington no debía temer al uso de la fuerza o a no respetar las instituciones internacionales, pues la lucha por estos valores se debía a una causa justa. Se enmarcan aquí analistas políticos como William Kristol o Robert Kagan, quienes alabaron la firmeza militar de Reagan y alegaron que la verdadera división del mundo era la confrontación ideológica y moral que tenía lugar entre países democráticos y autocráticos, cuestionando otras visiones que enfatizaban la división en civilizaciones culturales o bloques económicos.

Si bien la coalición liderada por Estados Unidos para derrotar a Iraq en la primera Guerra del Golfo contó con el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, acciones posteriores evidenciaron el predominio de la corriente neoconservadora en Washington. En este sentido, la intervención de la OTAN en el conflicto serbokosovar sin el apoyo de las Naciones Unidas o el bombardeo de la OTAN de la embajada china en Belgrado fue percibido por países como Rusia o China como parte de una estrategia de occidente, en especial de Estados Unidos, para imponer su voluntad y debilitar a quienes se oponían a su supremacía. La Guerra contra el Terror iniciada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 no hizo más que reforzar la idea de que Estados Unidos, a fin de promover sus intereses, estaba dispuesto a emplear la fuerza de forma unilateral, incluso de forma preventiva, tal y como demostró en la invasión de Iraq en 2003. 

De izquierda a derecha: restos del WTC después de los atentados del 11 de septiembre de 2001; infantería estadounidense en Afganistán; explosión de un coche bomba en Irak; intérprete y soldado estadounidense en Zabul.
De izquierda a derecha: restos del WTC después de los atentados del 11 de septiembre de 2001; infantería estadounidense en Afganistán; explosión de un coche bomba en Irak; intérprete y soldado estadounidense en Zabul.

En la última etapa de la presidencia de Bush, el neoconservadurismo mostraba signos de agotamiento ante la dudosa efectividad de las intervenciones armadas en países como Afganistán o Iraq lo que, unido a la crisis financiera de 2008, deterioró el apoyo de la opinión pública a esta corriente de pensamiento. La llegada al poder de Barack Obama supuso la adopción de un enfoque más selectivo en lo que respecta a la participación estadounidense en conflictos armados contra el terrorismo global y los estados del Eje del Mal, buscando inicialmente reducir la implicación directa en las intervenciones prolongadas y hacer uso de instituciones internacionales para abordar desafíos globales, siendo un ejemplo de ello la firma del acuerdo nuclear con Irán. 

Sin embargo, intervenciones militares como la llevada a cabo en Libia en 2011, realizada en coalición con la OTAN e inicialmente respaldada por del Consejo de Seguridad de la ONU y por la Liga Árabe, excedieron su mandato inicial y resultaron en vacíos de poder con consecuencias similares a las operaciones de la era Bush. Además, la emergencia de Al-Qaeda o Estado Islámico llevó a un mayor despliegue de tropas en Afganistán, así como a intervenciones en Irak y Siria o al uso de fuerzas especiales o ataques con drones, regularmente sin autorización de las Naciones Unidas o el Congreso, para abatir a combatientes islamistas en Pakistán, Yemen o Somalia.

En lo que concierne a las grandes potencias, Obama trató de mejorar las relaciones con Rusia mediante la política de reinicio. Esta iniciativa condujo a la firma de tratados de reducción de armas estratégicas o a la cooperación para el transporte de suministros a las tropas estadounidenses en Afganistán. No obstante, las relaciones entre Estados Unidos y Moscú se enfriaron tras la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 o el apoyo de Moscú al régimen de Al-Assad en la guerra de Siria. En respuesta a estas acciones, Washington brindó apoyo económico y envió ayuda militar no letal a Ucrania, impuso sanciones económicas a Rusia en colaboración con la Unión Europea y aisló diplomáticamente a Moscú.

En lo que respecta a China, desde el mandato de Deng Xiaoping, el país inició un proceso de integración gradual en la economía globalizada que se aceleró tras su adhesión a la Organización Mundial del Comercio en 2002. Ello no solo motivó la deslocalización de la fabricación de los productos diseñados en occidente a causa de los bajos costes de producción en el país, sino que también permitió a China disfrutar de un desarrollo económico y tecnológico sin precedentes cuyos avances incrementaron la expansión de sus capacidades militares y, con ello, su proyección de influencia en la estructura de poder global.

El 11 de noviembre, el ministro chino, Shi Guangsheng, firmó el protocolo de adhesión de China a la OMC.
El 11 de noviembre, el ministro chino, Shi Guangsheng, firmó el protocolo de adhesión de China a la OMC.

A finales de la década de los 2000, Washington comenzó a manifestar inquietud por las implicaciones del auge manufacturero del gigante asiático en su seguridad nacional en caso de que no se adoptaran medidas para contener su crecimiento. En respuesta, Estados Unidos formuló la política del “Pivot to Asia”, por la que reforzó su presencia militar aérea y naval en Asia-Pacífico y promovió la negociación de tratados comerciales con países de la región al margen de China, como el Acuerdo Transpacífico. Pese a que Washington trató de mantener las buenas relaciones económicas y diplomáticas con Pekín, su estrategia despertó recelo entre las élites del Partido Comunista lo que, con el tiempo, incentivó a China a promover una estructura de poder global destinada a desafiar la hegemonía estadounidense, no solo en los ámbitos económico, tecnológico o militar, sino también en el terreno ideológico.

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