La política exterior de Estados Unidos (Parte 1/2)


Los últimos ocho años: Donald Trump y Joe Biden

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016 otorgó la presidencia a un candidato que percibía el orden internacional como un juego de suma cero. Trump alegaba que los acuerdos de libre comercio u organizaciones como la OMC habían contribuido al desplazamiento de puestos de trabajo estadounidenses hacia países como China o México y permitían a los rivales de Washington, en especial a China, llevar a cabo prácticas injustas de mercado como el “dumping”, devaluaciones competitivas o violaciones de estándares medioambientales y de seguridad. Asimismo, mediante la estrategia de seguridad nacional de 2017, Washington abandonó la creencia de que el crecimiento económico de China conduciría a su liberalización política. 

Donald Trump habla en un evento de campaña en Fountain Hills, Arizona, antes de las primarias, 19 de marzo de 2016. Autor: Gage Skidmore
Donald Trump habla en un evento de campaña en Fountain Hills, Arizona, antes de las primarias, 19 de marzo de 2016. Autor: Gage Skidmore 

Con el objetivo de incrementar la presión sobre Pekín, Washington empleó medidas como aranceles punitivos a las importaciones chinas, sanciones económicas y diplomáticas o restricciones de exportación de tecnología sensible a empresas como Huawei o ZTE. Del mismo modo, la administración Trump trató de redirigir los recursos estadounidenses hacia la confrontación directa con potencias rivales, pero compensó este mayor esfuerzo económico o militar mediante una estrategia de repliegue en otras regiones. Así, Washington presionó a sus aliados de la OTAN para que asumiesen una mayor carga en el coste de mantenimiento de la institución y se retiró de compromisos comerciales, climáticos o de seguridad que, de acuerdo con Trump, atentaban contra los intereses económicos estadounidenses.

Consciente de su capacidad para ejercer poder duro, Trump capitalizó la incertidumbre generada por su enfoque unilateral de las relaciones internacionales como una herramienta para disuadir a rivales como China o Irán de adoptar decisiones contrarias a sus intereses. Del mismo modo, el temor a la pérdida del compromiso de Washington en materia de defensa o comercio aseguró la adhesión de muchos de los socios de Estados Unidos a sus políticas, si bien ello socavó la confianza de sus aliados en la estabilidad de las relaciones bilaterales.

Los cuatro años de Biden en la Casa Blanca marcarán un paréntesis en la era Trump. Con todo, durante su presidencia se han consolidado tendencias como la priorización de los intereses estadounidenses sobre los compromisos internacionales o el “Pivot to Asia”. En relación con el primer punto, cabe mencionar la retirada de tropas de Afganistán sin previa consulta y sin coordinación con sus aliados de la OTAN, la aquiescencia con respecto a las consecuencias sobre la población civil de los ataques israelís a los proxies iraníes y el mantenimiento de los aranceles a industrias como el acero o aluminio europeos. 

Por otro lado, Biden también ha dado continuidad a la puesta en práctica del excepcionalismo americano, siendo pruebas de ello el refuerzo de la OTAN bajo la narrativa neoconservadora de la lucha moral por la democracia o el apoyo financiero y militar prestado a Ucrania. Asimismo, en los últimos cuatro años, Washington ha tratado de mantener una política coordinada con sus aliados en materias como la imposición de sanciones económicas a Rusia o los controles de exportaciones de tecnologías estratégicas a China. Del mismo modo, destacan el relanzamiento de la alianza QUAD o el acuerdo para la formación de la alianza AUKUS, si bien la unilateralidad de Washington en la firma de este último dio lugar a una crisis diplomática con Francia.

Joseph R. Biden Jr., 46.º presidente de los Estados Unidos, presta juramento como presidente en el frente oeste del Capitolio de los Estados Unidos el 20 de enero de 2021 a las 11:49 a. m .
Joseph R. Biden Jr., 46.º presidente de los Estados Unidos, presta juramento en el frente oeste del Capitolio de los Estados Unidos el 20 de enero de 2021.

¿Qué esperar del segundo mandato de Donald Trump?

La nueva victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses y los recientes nombramientos de puestos clave dejan entrever la creciente influencia en el gobierno de sectores que defienden que el principal interés de la política exterior de Washington debe ser el refuerzo de su capacidad de disuasión militar en Asia-Pacífico, pues ello permitirá contrarrestar la expansión de la hegemonía política, económica y militar de China no solo en su vecindario más próximo, sino también en otras regiones como Europa, América Latina o los propios Estados Unidos.

Además, figuras como el futuro Secretario de Estado, Marco Rubio, que en el pasado veían con buenos ojos las alianzas tradicionales entre Estados Unidos y sus socios de la OTAN, el apoyo a Israel y Ucrania, y que criticaron duramente a las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua, así como a Irán y Rusia, han comenzado a acercar posturas con los sectores republicanos más partidarios del realismo ofensivo. Estos sectores, también conocidos como “prioritizers”, cuestionan la moral neoconservadora y restan importancia a las instituciones internacionales, pues alegan que la política exterior de Estados Unidos debería orientarse únicamente por la defensa de sus intereses económicos, geopolíticos y de seguridad. Para ello, es necesario retirar sus recursos de conflictos no primordiales en regiones como Europa u Oriente Medio y, en su lugar, concentrarlos en Asia.

De este modo, a fin de evitar futuros conflictos que pudiesen requerir la intervención de Washington, es probable que la administración Trump priorice las relaciones con estados capaces de garantizar su propia seguridad y confíe a estos el mantenimiento de los equilibrios de poder regionales. En este marco se inscriben la propuesta de paz en Ucrania y la presión a los países de la OTAN para que incrementen su presupuesto en defensa y refuercen su capacidad para hacer frente a Rusia. Destacan también la autorización a Israel para debilitar al Eje de Resistencia iraní y los posteriores escenarios que pueden surgir en torno a un acuerdo entre Tel Aviv y las monarquías árabes para contener la influencia de Irán en la región.

Cabe también mencionar la importancia que América Latina puede adquirir para Estados Unidos en los próximos años. Además de que Trump ha convertido la lucha contra el narcotráfico y la inmigración en una de sus banderas de campaña, Washington teme la expansión de la influencia del gigante asiático en el Hemisferio Occidental, llevada a cabo mediante acuerdos de inversión en infraestructuras o tratados de libre comercio con el propósito de abastecerse de materias primas y, según Marco Rubio, con el fin de emplear una táctica de alianzas similar a la que mantiene Estados Unidos con Corea del Sur, Japón o Taiwán.

La presidencia de Trump incrementará la relevancia de los equilibrios de poder y la capacidad de disuasión como herramientas para mantener la estabilidad en regiones como Europa u Oriente Medio, en detrimento del rol que juegan las instituciones internacionales en la prevención y resolución de conflictos. De este modo, la amenaza de incumplir el artículo 5 de la OTAN, el intento de negociar un equilibrio de poder en Oriente Medio y la estrategia de confrontación directa con China orientada a contener la expansión de su influencia, no harán más que debilitar el ya desacreditado orden internacional liberal y dar paso a un sistema en el que predomine la consecución de los intereses nacionales y la adaptabilidad de los estados a un contexto de alianzas cambiantes.

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