“Ciudadanos, una nueva esperanza ha amanecido en el horizonte del este. Un nuevo estado está emanando en su corazón. Un gran estado ha emergido en el este que no es ni extranjero ni usurpador, no es hostil, un estado que protege y no amenaza, preserva y no gasta, fortalece y no debilita, une y no separa, pacífico y no desperdicia, se une al ejército aliado, confronta al enemigo […] afirma la justicia, apoya la paz, provee prosperidad, para aquellos alrededor de él, para todos los seres humanos, tanto como tolere y perdure”.

Así se pronunciaba Gamal Abdel Nasser en relación a la unión que afrontarían Egipto y Siria durante algo más de 3 años, desde su proclamación (que acompañaría las palabras del mandatario Egipto ya mencionadas) el 1 de febrero de 1958; y que vería su fin tras pugnas y conflictividad interna, materializándose con el golpe de estado sirio de septiembre de 1961.

La República Árabe Unida, a veces olvidada por la literatura académica y los medios de comunicación, tuvo una relevancia que en pocas ocasiones se ha puntualizado. Las aspiraciones políticas del panarabismo permitieron lograr un proyecto político de tal calibre aun a pesar de su escueta trayectoria, dejando una huella en la histórica de Oriente Próximo que merece de mayores consideraciones en los medios pertinentes. 

Es así como, en virtud de lo que en un momento de la historia fue este experimento político, trataremos de averiguar la trayectoria del mismo, realizando un viaje al contexto previo, analizando las causas de su nacimiento, su funcionamiento, así como los motivos de su posterior desaparición, detallando lo que la experiencia de aquella unión pudo aportar al mundo árabe y a la comunidad internacional.

En búsqueda de un proyecto panarabista

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo un debilitamiento de las grandes potencias europeas con presencia en el mundo árabe. Especialmente afectadas fueron Francia y Reino Unido que, tras un hastío bélico considerable y unas economías desmoronadas, vieron frente a sus ojos movimientos populares en territorios como Siria, Líbano y Palestina-Israel (entre otros) que reclamaban una independencia de aquellos, configurando un nuevo panorama político en la región. 

Los Oficiales Libres egipcios instantes después del golpe de estado de 1952.
Los Oficiales Libres egipcios instantes después del golpe de estado de 1952. Mohamed Naguib (sentado tras el escritorio) se convertiría en el nuevo presidente, pero solo dos años después sería depuesto por Nasser (sentado a su derecha). En esta foto también aparece el que sería el sustito de Nasser, nada menos que Anuar el-Sadat (el cuarto por la izquierda). Fuente: Dominio Público

Otros estados -véase Egipto-, si bien gozaban de una independencia de facto, protagonizaron movimientos como el de los Oficiales Libres en 1952, con la intención de cortar los lazos de subordinación respecto a las metrópolis. Bajo el pretexto de una dependencia que los obligaba a la perpetuación del vasallaje, se levantaron para exigir su autonomía y un aparato político-administrativo que respondiese a los intereses nacionales.

Es en este contexto en el que surge el proyecto panarabista, cuya labor culminaba con la unificación de los territorios entendidos como “culturalmente árabes”, si bien este territorio englobaba distintos grupos étnicos, lingüísticos y religiosos.

El panarabismo estuvo popularizado por dos movimientos político-ideológicos de extrema relevancia en la historia árabe, y que cobran importancia en el proyecto de la RAU. El nasserismo y el baazismo; el primero de ellos con orígenes egipcios (en la figura de Nasser) y el segundo originado por un grupo de intelectuales sirios de corte socialista entre los que figuraban Michel Aflaq.

El panarabismo (tanto el nasserismo como el baazismo) tenía una clara influencia socialista, con proyectos de reforma agraria, la idea de la justicia social y la lucha por el fin del aparato colonial que consideraban la causa de los males que se padecían en aquellos países. 

El presidente de la República Árabe Unida, Gamal Abdel Nasser, saluda a la gente en Hama antes de pronunciar un discurso.
El presidente de la República Árabe Unida, Gamal Abdel Nasser, saluda a la gente en Hama, Siria, antes de pronunciar un discurso, 17 de octubre de 1960. Fuente: Dominio Público

Sin embargo, el nasserismo carecía de un programa político y un manifiesto ideológico que permitiese clarificar las intenciones y objetivos de aquel régimen; a diferencia del baazismo, que, debido a sus raíces intelectuales, bebió de una extensa justificación, con una comprensión clara de la realidad a la que se enfrentaban los países árabes, así como los mecanismos y medios para hacer frente a la problemática que subsistía en la región.

La proclamación de la unión

Con el desarrollo de la Guerra Fría, Oriente Próximo pasó a considerarse como un escenario clave para los EE.UU. y la URSS. La expansión de ideales de corte socialista en Siria y Egipto amenazaba la zona de influencia estadounidense sobre países vecinos.

La dinámica política llevó a los EE.UU. a adoptar la llamada doctrina Eisenhower, que buscaba contrarrestar la extensión de ideologías socialistas y comunistas en la región, frenando así la capacidad de influencia soviética en aquellos países, y que inspiraría posteriormente acuerdos como el Pacto de Bagdad de 1955, que serviría de barrera ante la extensión de las mencionadas ideologías, alineando a los países firmantes a la órbita occidental y garantizando la protección de rutas comerciales entre las que se incluía el petróleo como recurso de mayor relevancia.

Estos motivos explicaron los movimientos que llevaron a la élite siria a solicitar la unión con Egipto tan pronto como en 1956, a través conferencias nacionales; 1957, mediante peticiones parlamentarias y 1958 (año en el que se formalizó la unión). El gobierno de Siria en aquellos momentos era uno característico y muy singular. Un régimen de corte militar donde los oficiales de aquella rama poseían, mediante atribuciones institucionales e informalidades, poderes que regían al país levantino. 

Sin embargo, la inestabilidad política que se vivía en el país ante el temor de un golpe de estado por parte de los comunistas sirios unido a la posibilidad de conspiración para la toma de poder por parte de los conservaduristas (alineados con el Pacto de Bagdad), sirvieron como motivos suficientes para que la élite siria acabase solicitando la unión con Egipto.

Nasser, aprovechando la coyuntura política en Siria, vio en ella la posibilidad de iniciar un efecto dominó, materializando el panarabismo mediante una decisión que, en efecto, podría tener un impacto considerable en la comunidad árabe, incitándola a presionar a sus respectivos gobiernos hacia el proyecto que habría de iniciarse entre Egipto y Siria.

Sin embargo, dada la clara vulnerabilidad de los sirios, Nasser aprovechó su posición para imponer sus términos. Entre ellos estaba la disolución del partido ba’az y la desvinculación política del ejército sirio, al que veía susceptible de protagonizar continuos levantamientos, perjudicando a la unión y el proceso de integración de ambas partes.

Fue así como, tras duras negociaciones, Siria acabó cediendo ante los dictámenes egipcios, lo que acabaría plasmándose en un referéndum celebrado el 22 de enero que culminaría con la declaración de la unificación el 1 de febrero de 1958.

El diseño institucional y sus desperfectos

El nacimiento del experimento panarabista presentaría un diseño institucional característico, y al que muchos académicos señalan como causante de la ruptura de la unión. 

La disolución de los partidos políticos sirios fue un movimiento meticuloso y calculado por Nasser, quien pretendía que aquel hueco que dejasen estos actores fuese ocupado por la Unión Nacional, una organización unipartidista y monolítica creada y controlada por el régimen y que serviría como herramienta de ascenso político para aquellas figuras que anhelaban operar en puestos de máxima autoridad. 

La organización diseñaría en su estructura jerárquica asambleas (nacionales y locales, estas últimas conocidas como Comités Locales), que preveían la consulta del interés popular, con objeto de que la población sintiese que el sistema verdaderamente los escuchaba y respondía a sus peticiones. La Asamblea Nacional estaría compuesta por 600 miembros, de los cuales 400 habrían de ser egipcios y 200 sirios, lo que vislumbraba cierta intencionalidad de conceder mayor peso a Egipto en la iniciativa legislativa. Además, la Unión estaba conformada por tres gabinetes: uno nacional y dos regionales (uno para cada país), subordinados a la presidencia de Nasser.

El diseño institucional se correspondía con el de un modelo basado en una confederación. Ambas regiones poseían un enorme catálogo de competencias en comparación con las del nivel central, lo que en un principio parecía indicar que la unión poseía unos lazos no tan rígidos. Sin embargo, la estrategia de Nasser era la de ir fortaleciendo los vínculos y centralizar gradualmente el poder político de la unión en Egipto. 

Miembros del Comando Nacional del Partido Baaz Socialista Árabe (ala iraquí)
Miembros del Comando Nacional del Partido Baaz Socialista Árabe (ala iraquí): el fundador del partido y secretario general Michel Aflaq (izquierda), el vicepresidente iraquí Saddam Hussein (segunda línea), el secretario general adjunto Shibli al-Ayssami (centro izquierda), el presidente iraquí Ahmad Hasan al-Bakr (centro derecha) y otros. Fuente: Dominio Público

Para la consecución de tal objetivo, se asignaría a posiciones regionales sirias (como el Gabinete Sirio) a un considerable número de burócratas egipcios (de los 400 puestos de mayor importancia y autoridad política en Siria, 33 eran ocupados por egipcios), en contraposición con el aparato regional egipcio, que no contemplaba ningún sirio en sus altas esferas y los más altos puestos decisorios. 

Ello, unido a la pronta desafección que empezó a sentir mucha de la élite siria por considerar que eran marginados en el proceso decisorio, motivó una primera oleada de protestas contra la unión protagonizadas por sirios, tachando a Egipto de querer subyugar al país levantino para cumplir con sus intereses políticos. 

En reiteradas ocasiones, Nasser se refirió a estas protestas calificándolas de movimientos nacionalistas, oportunistas y egoístas. Quizá, la recurrencia a denigrar los movimientos nacionalistas sirios pueda figurar como otra de las razones que se consideran como culpables de la posterior fracturación de la unión.

Entre las diferentes razones que alimentaron una creciente desafección en Damasco, se destaca la percepción generalizada entre numerosos responsables de toma de decisiones y funcionarios sirios de que estaban siendo relegados a roles secundarios, mientras los egipcios intentaban asumir el control del entramado político (en el gabinete central original, los sirios ocuparon los ministerios menos prestigiosos: salud, cultura, orientación nacional, etc.); junto con la insatisfacción de miembros del partido ba’az y oficiales militares sirios con respecto a los términos originales de la unión, que consideraban un “dictamen” más que una voluntad conjunta de lograr aquella.

Michel Aflaq y otros líderes del Partido Baaz regresaron a Siria desde Jordania después de que el dictador Adib Shishakli huyera del país en 1954 .
Michel Aflaq y otros líderes del Partido Ba'az regresaron a Siria desde Jordania después de que el dictador Adib Shishakli huyera del país en 1954. Fuente: Dominio Público

Así, la intención del partido ba’az sirio, que era la de impregnar a la unión de un diseño institucional propio con programas de reformas y políticas públicas propuestas por el aquel, se desvaneció. Ciertamente, ocurrió lo opuesto. Sería el modelo egipcio el que acabaría imponiéndose, reflejándose en la voluntad de Nasser, así como en políticas públicas que se llevarían a Damasco a imitación de las impulsadas por El Cairo en territorio nacional. Programas que pusieron su foco de atención en reformas agrarias y energéticas; todo ello, sin contar con el visto bueno ni la previa consideración de la élite siria, que poco a poco iba marginalizándose cada vez más de una empresa que poco parecía inspirarles.

A lo que ya se viene mencionando, se unieron unas terribles sequías que causarían pérdidas y llegarían a reducir los ingresos nacionales por exportación de productos agrícolas en un tercio; pérdidas en el ingreso por el transporte del petróleo (que pasaron de 90.000.000 y 60.000.000 de libras en 1956 y 1957 respectivamente a 25.000.000 en 1958). 

Las circunstancias económicas y la coyuntura política internacional, pero sobre todo nacional, dinamitaron el proceso de integración que acabaría consumándose con el Golpe de Estado Sirio de 1961 y la posterior disolución del proyecto panarabista.

El Golpe de Estado tendría lugar el 28 de septiembre de 1961 por miembros de las fuerzas armadas sirias descontentas con la posición que ocupaba su país en la unión, abogando así por la independencia. Precisamente, aquellos a los que temía Nasser en un primer momento y que apartó cuidadosamente de la política, acabaron actuando como se pretendía evitar. 

Izamiento de la bandera siria en lugar de la bandera de la República Árabe Unida después de que la RAU se disolviera en un golpe de estado en 1961
Unos ciudadanos sirios izan la bandera siria durante el golpe de estado de 1961. Fuente: Dominio Público

¿Qué relevancia tuvo la RAU en la historia política de Oriente Próximo?

Si bien el funcionamiento de la RAU tras su fundación encontró obstáculos, así como padecería de episodios de inestabilidad interna desde el principio; lo cierto es que su mera existencia tuvo una importancia que en pocas ocasiones se ha puntualizado.

El nacimiento de la Unión fue la primera (y única) manifestación sólida y realista, del proyecto panarabista. Hasta el momento, el movimiento había calado en una parte de la población de diversos países árabes a partir de un discurso y una retórica llamativa, unido a la llegada al poder de Nasser en Egipto a partir de 1952, que suponía la puesta en marcha de una gobernación de tal calibre. Así, el líder egipcio consiguió alzarse como una de las figuras políticas de mayor renombre en la región, quien trataría de promover activamente aquella ideología para apelar al resto de árabes e incentivar un mayor deseo de unión, derrocando a sus respectivos gobiernos.

De tal forma, el surgimiento de la RAU motivó una oleada de optimismo a lo largo y ancho de los países árabes, con una población que lo recibió con buenos ojos, y que, en algún momento, se sintió inspirada bajo lo que parecía el inicio real de un movimiento que los libraría de décadas de dominación occidental y de regímenes tiránicos.

El éxito inicial del proyecto supuso un auge en intelectuales y seguidores del panarabismo, que inclusive pervivió tras la disolución de la RAU, como demostró la llegada al poder del partido ba’az en Siria en 1963 y asentándose en 1970 de la mano de Hafez al-Assad; o en Irak, en 1968, especialmente, con el régimen de Saddam Hussein.

Saddam Hussein se reúne con el presidente sirio Hafez al-Assad en Damasco el 28 de enero de 1979.
Saddam Hussein conversa con el presidente sirio Hafez al-Assad durante su reunión en Damasco el 28 de enero de 1979. Fuente: AL MAJALLA

Así, si bien la experiencia panárabe fue una corta, sus implicaciones históricas y políticas fueron considerables, al poner en práctica una empresa que antes del 1 de febrero de 1958 parecía imposible. La viabilidad de esta corriente ideológica provocó una momentánea (pero importante) oleada de manifestaciones y golpes de estado que intentaban lograr aquello que se intentó con la RAU, si bien, con resultados distintos.

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