La capital del hermético Estado norcoreano cumple múltiples funciones clave para el buen funcionamiento del régimen Juche. Una de las más importantes es su rol como tierra prometida para los ciudadanos, ya que es el único núcleo urbano con acceso relativamente constante a servicios, comodidades y, en algunas ocasiones, a suministro eléctrico y agua corriente constantes. Mediante el sistema de honor Songbun, el régimen controla la proximidad al poder, los trabajos y los lugares de residencia, haciendo de Pyongyang mucho más que una ciudad: una herramienta de control social y símbolo del modelo estatal.

Desde la llegada al poder de Kim Jong-un, Corea del Norte ha experimentado una transformación urbanística notable, motivada por dos grandes razones: la necesidad de mostrar al mundo una imagen de país moderno y autosuficiente a pesar de las sanciones internacionales que llevan afectando desde hace décadas a su economía y el objetivo de atraer divisas extranjeras mediante un turismo estrictamente supervisado por el régimen.

Kim Jong-un visitando el nuevo centro financiero de Hwasong. Fuente: ACNC
Kim Jong-un visitando Hwasong. Fuente: ACNC

El caso más representativo de este proceso es el nuevo barrio de Hwasong, con 10.000 viviendas construidas en rascacielos, rodeados de supermercados, bares y centros de ocio, algo nunca antes visto en el país. Este entorno futurista busca ser la encarnación de un Juche renovado y lujoso, aunque está reservado casi exclusivamente a las élites del régimen.

El barrio de Hwasong no es la única expresión de esta estrategia, sino que se une a la construcción de otras infraestructuras públicas como estaciones de esquí, parques de atracciones, parques acuáticos e incluso centros ecuestres, que se han ido mostrando a lo largo de la pasada década. 

Este desarrollo no solo tiene un propósito funcional, sino principalmente simbólico. Pyongyang quiere proyectar una imagen distinta de Corea del Norte, en un momento en que las sociedades occidentales enfrentan crisis de bienestar e institucionales. El mensaje es claro: mientras el mundo capitalista se tambalea, el socialismo coreano avanza.

La arquitectura, en este contexto, se convierte en una herramienta de propaganda moderna, no solo de cara a los ciudadanos, sino también hacia el exterior. La propaganda ya no se limita a carteles o desfiles militares, sino que se adapta al entorno digital e internacional. Mostrar desarrollismo es una forma de poder blando, una manera de reconstruir la imagen del país sin abandonar el rígido control estatal.

El nuevo barrio de Pyongyan Hwasong. Fuente: ACNC
El nuevo barrio de Pyongyang, Hwasong. Fuente: ACNC

No obstante, este modelo genera dudas sobre su sostenibilidad. Mientras Pyongyang brilla, grandes sectores de la población, especialmente en áreas rurales, viven sin acceso a servicios básicos, en casas deterioradas y sin saneamiento. En este sentido, el desarrollo urbanístico parece más una vitrina que una mejora real de la calidad de vida.

El contraste entre la capital y el resto del país genera la percepción, repetida por muchos turistas, de que Corea del Norte es "un decorado gigante", sin verdadera funcionalidad. En un país con un salario medio paupérrimo, donde los recursos se destinan a proyectos colectivos del Estado, estas infraestructuras sirven principalmente para alimentar la propaganda, recompensar la lealtad y captar divisas extranjeras.

Kim Jong-un, influenciado por su juventud en Suiza, quiere que su capital sea una ciudad de ensueño, símbolo del ideal socialista. Pero en la práctica, el urbanismo norcoreano se orienta más a los fines propagandísticos y económicos del régimen que a mejorar directamente las condiciones de vida de la población.