Ciudad milenaria, sagrada para las tres religiones monoteístas más importantes del mundo, o lo que vienen a ser aproximadamente 4.800 millones personas alrededor del planeta. Un secarral codiciado por muchos, protagonista de relatos bíblicos, coránicos y toraicos, donde se han librado batallas históricas que han alterado el rumbo de la humanidad. 

Jerusalén es, en muchos sentidos, un saco de boxeo simbólico donde se descargan tensiones ancestrales y se lleva al límite el concepto de “coexistencia religiosa”.

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La entrada a la ciudad antigua de Jerusalén, donde conviven judíos, musulmanes y cristianos. Fuente: Manuel Campos

En mi viaje a Jerusalén en agosto de 2023 descubrí que aquella “coexistencia religiosa” de la que presume la agencia de turismo de Israel es completamente ficticia. Por aquel entonces vi con mis propios ojos cómo un judío ortodoxo le pegaba una patada sin escrúpulos a un palestino que pedía limosna cerca de la Vía Dolorosa. Los agentes de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) que presenciaron dicho acto de violencia, en vez de detener al agresor, redujeron al palestino cuando este se levantó a confrontar al israelita.

Fue tan solo uno de los muchos sucesos que presencié durante mi visita a Jerusalén en 2023, apenas dos meses y medio antes de los atentados del 7 de octubre. Al contrario que en otras ciudades más homogéneas como Tel Aviv o Ramallah, en Jerusalén pude palpar la tensión fruto de la desafortunada historia de la región, especialmente desde 1947. 

Ya en 2023 no era exagerado afirmar que la ciudad se había convertido en un ejemplo fallido de tolerancia religiosa, donde las políticas israelíes contribuían a dividir profundamente a una población multiétnica y multirreligiosa en una zona extremadamente sensible. Musulmanes y cristianos de distintos orígenes sufren las consecuencias del control israelí, que prioriza los intereses judíos y, en consecuencia, alimenta el resentimiento y el desprecio interreligioso.

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Cristianos en Jerusalén enfrente de la Iglesia del Santo Sepulcro. Fuente: Manuel Campos

En 2022, aproximadamente el 60 % de la población de Jerusalén era judía y un 40 % palestina. Esta evolución demográfica es consecuencia de las políticas de ocupación sistemática y colonización impulsadas por el Estado de Israel, que desde hace décadas incumple las resoluciones de Naciones Unidas.

El plan de partición de Palestina aprobado por la ONU en 1947 concebía a Jerusalén como una ciudad internacional gobernada por la propia organización, dada la disputa entre palestinos e israelíes. Sin embargo, dicho plan jamás fue implementado debido al estallido de la primera guerra árabe-israelí (1948-1949), que resultó en la división de la ciudad: el oeste quedó bajo control de Israel y el este (incluida la Ciudad Antigua) pasó a manos de Jordania.

Tras la guerra de los Seis Días (1967), Israel logró hacerse con Jerusalén, declarándola como su nueva capital poco tiempo después. Con Cisjordania y Jerusalén bajo su control, Israel procedió a la colonización y expulsión paulatina y sistemática de la población local, con sus famosos muros y colonias a través del territorio palestino, algo que ya explicamos en The Political Room hace años. La Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada en 1967, instaba a Israel a retirarse de los territorios ocupados, incluida Jerusalén Este. Sin embargo, esta disposición nunca fue acatada por Tel Aviv.

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Soldados de las IDF en la Guerra de los Seis Días. Tras este conflcito, Israel se hizo con Cisjordania, los Altos del Golán, Gaza y el Sinaí.

La ONU continuó presionando a Israel mediante la Resolución 478 del Consejo de Seguridad, aprobada en 1980, que declaraba nula la ley israelí que proclamaba a Jerusalén como la capital del Estado. Una vez más, Israel se negó a acatar dicha resolución.

El anhelo sobre Jerusalén es tan profundo que, en los Acuerdos de Oslo, no se alcanzó ninguna decisión sobre su estatus. El asunto fue pospuesto para futuras negociaciones, reflejando la sensibilidad y complejidad política que rodea a la ciudad.

A día de hoy, la Autoridad Palestina no tiene control sobre Jerusalén Oriental, aunque las fuerzas jordanas siguen controlando los sitios religiosos musulmanes y cristianos de la Ciudad Antigua. Israel considera que Jerusalén no está dividida y que es la capital legítima del país hebreo, mientras que la Autoridad Palestina sigue reclamando el este de la ciudad. Estas tensiones políticas, religiosas e incluso étnicas se trasladan a los residentes de Jerusalén, que comparten las calles de la urbe con sus “rivales” en medio de la "lucha" por el estatus de la ciudad sagrada.

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Vista de la Cúpula de la Roca y Al-Aqsa en la Explanada de las Mezquitas. Fuente: Manuel Campos

En 2025, año y medio después de los atentados y el recrudecimiento de las tensiones interreligiosas, poco ha cambiado en Jerusalén. Los turistas continúan recorriendo los sitios sagrados, a pesar de las advertencias emitidas por los gobiernos de sus respectivos países de no viajar a la zona.

La entrada a la explanada de las mezquitas está controlada por un grupo de soldados israelíes que filtran a su voluntad quién pasa y quién no. En la puerta de Damasco, los miembros de las IDF llevan a cabo inspecciones exhaustivas y humillantes a algunos árabes que intentan entrar a sus casas en la Ciudad Antigua, registrando incluso el interior de sus cajetillas de tabaco en busca de cualquier pretexto para llevarles al calabozo.

En los alrededores de la estación de buses hacia Cisjordania, una patrulla de soldados armados hasta los dientes detiene violentamente a un grupo de niños que simplemente paseaban por la calle. Como si se tratase de una amenaza, los soldados les obligan a mostrar el contenido de sus bolsas: un puñado de pimientos y un balón de fútbol.

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Soldados en la Ciudad Antigua, cerca de la Vía Dolorosa, controlando a los viandantes. Fuente: Manuel Campos

Decir que nada ha cambiado en Israel/Palestina desde el 7 de octubre de 2023 sería mentir, pero lo cierto es que estos sucesos no son nuevos. Ahora las “fuerzas del orden” tan solo tienen una excusa más para hacer lo que llevan haciendo durante décadas.

Los eventos del 7 de octubre se saldaron con la muerte de alrededor de 1.715 personas, en su mayoría civiles. Los terroristas lograron atravesar las numerosas vallas israelíes que rodean a Gaza como si de un zoo humano se tratase y burlaron al todopoderoso Mossad (la agencia de inteligencia israelí) dejando imágenes desgarradoras que pronto dieron la vuelta al mundo. Los terroristas mataron a sangre fría a cientos de civiles (bebés, ancianos y otros grupos vulnerables inclusive), violaron a mujeres en el acto, quemaron numerosas casas y tomaron hasta 251 rehenes.

Los atentados no solo acabaron con la vida de miles de personas inocentes en Israel, sino que condenaron a los gazatíes a un infierno sin precedentes. Si el objetivo del grupo terrorista era luchar por Palestina y su legitimidad, solo ha logrado el efecto contrario. Hamás nunca ha querido el bien de los habitantes de Gaza, sino librar una especie de guerra santa destinada al fracaso, condenando a los dos millones de personas que dice "proteger" a una reacción por parte de Israel que, conociendo el modus operandi del Estado hebreo, era de esperar. 

Hamás es, probablemente, lo peor que le ha pasado al pueblo gazatí (y a Israel) en mucho tiempo. Así como hoy es responsabilidad de la comunidad internacional detener la masacre que el gobierno de Netanyahu lleva a cabo en Gaza, también lo fue, en su momento, evitar que la Franja terminara en manos de un grupo terrorista con capacidad para cometer atrocidades de semejante magnitud.

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La Fuente Dizengoff en Tel Aviv, llena de recuerdos de aquellos que perdieron la vida tras los atentados terroristas del 7 de octubre. Fuente: Manuel Campos

Como respuesta a los ataques, Netanyahu se propuso destruir Gaza en una operación que hasta ahora ha matado a más de 50.000 personas (la mayoría de ellos civiles) y ha desplazado a alrededor de dos millones de palestinos en condiciones miserables. Durante este año y medio de guerra, Israel ha vulnerado sistemáticamente una larga lista de derechos humanos. Las violaciones cometidas por las IDF son tan numerosas y graves que intentar recopilarlas en un solo artículo resultaría inabarcable.

Con todo, la posición de Israel no es nueva: lleva décadas anexionando territorio palestino sin una oposición significativa por parte de la comunidad internacional no árabe. De hecho, incluso algunos países árabes como Marruecos o Emiratos Árabes Unidos, han reconocido al Estado israelí (Acuerdos de Abraham), aceptando cooperar con él.

Igualmente, Israel ya está consiguiendo su objetivo de anexionarse Cisjordania a través de sus “asentamientos”, violando los Acuerdos de Oslo y construyendo muros que poco a poco recortan el territorio palestino. Cisjordania se asfixia, y el futuro de sus habitantes es cada vez más incierto. Bajo el pretexto de “operaciones antiterroristas”, las fuerzas israelíes llevan a cabo incursiones en las que mueren niños y se demuelen viviendas, sin otro motivo aparente que el de forzar al éxodo a miles familias que han vivido durante generaciones en Palestina.

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Vista de las afueras de Jerusalén. Al fondo, el valle del Mar Muerto y el desierto jordano. Fuente: Manuel Campos 

Se estima que 59 de los 251 rehenes capturados siguen en Gaza, aunque las Fuerzas de Defensa de Israel consideran que muchos de ellos podrían haber fallecido. El alto el fuego propuesto el pasado 19 de enero nunca fue una posibilidad real: el propio Netanyahu ha reiterado que no detendrá la operación militar hasta desmantelar por completo a Hamás y expulsar —o desplazar— a sus habitantes a países vecinos. Por su parte, Hamás es consciente de que su margen de maniobra es limitado y que los rehenes constituyen su principal moneda de cambio.

El 18 de marzo, Israel reanudó su ofensiva sobre Gaza bajo el argumento de un presunto incumplimiento de los acuerdos por parte de Hamás. Los bombardeos dejaron más de 700 muertos en apenas unas horas.

Mientras tanto, en Tel Aviv (casi) todo es playa y fiesta. La vida sigue mientras una masacre y potencial genocidio está ocurriendo a apenas 80 kilómetros. Al atardecer de un sábado de primavera, muchos salen a disfrutar de un clima ideal y de los extensos kilómetros de playa con los que cuenta la ciudad. En el centro de la urbe, sus mercados y locales de ocio nocturno están a rebosar de vida. En definitiva, la población de la ciudad, al margen de la tragedia del 7 de octubre, continua su vida con normalidad.

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Una puesta de sol en Tel Aviv con el paseo marítimo a rebosar de gente disfrutando de las últimas horas de Shabbat. Fuente: Manuel Campos

Al mismo tiempo, dos millones de personas desplazadas, en su mayoría civiles, de Gaza (la ciudad), no pueden regresar a sus casas. Este es el supuesto “estado de guerra” en el que se encuentra Israel; una guerra claramente asimétrica en la que los mismos que bombardean hospitales y escuelas matando a niños en el acto, se relajan en la playa y salen de fiesta durante sus días libres.

En todas las estaciones de tren de Israel se pueden ver grandes grupos de soldados yendo (y viniendo) de los diferentes frentes del conflicto. Israel utiliza su extensa red ferroviaria para desplazar a sus tropas de forma más eficiente. Muchos de ellos llevan consigo sus armas completamente cargadas. En el intensivo control de seguridad de cada estación, tan solo necesitan mostrar sus credenciales militares para poder entrar en los trenes completamente armados. 

En el interior de los vagones, los soldados comparten el espacio con civiles y turistas. Se calcula que cerca de la mitad de los pasajeros de algunas líneas son militares, que transitan a sus puestos de combate como cualquier otra persona que va a su lugar de trabajo un lunes por la mañana. De hecho, al que suscribe este artículo le han encañonado accidentalmente más de una vez durante su viaje por Israel. Estas situaciones no son en absoluto insólitas a día de hoy.

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La costa de Nahariya. Al fondo (9 Km) la frontera con el Líbano, también conocida como la Línea Azul, donde opera la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano, que cuenta con un gran número de tropas españolas. Fuente: Manuel Campos

Lo que más impresiona no es el elevado número de soldados en espacios públicos, sino su juventud. La mayoría son jóvenes que, a juzgar por sus apariencias, acaban de cumplir la mayoría de edad. En muchos casos los fusiles son casi más grandes que sus brazos. Algunas jóvenes sujetan dichos fusiles con cautela, ya que llevan puestas uñas postizas de colores. Se puede leer en su mirada que están desorientados y la forma de interaccionar con sus compañeros refleja una inmadurez propia de su edad.

En cualquier otro contexto, estos chicos estarían iniciando su vida universitaria o explorando sus primeros pasos en la adultez. En cambio, el Estado de Israel les ha convencido de que su deber ahora no es forjar su futuro, sino vengar el pasado. La maquinaria del conflicto ha sustituido el aula por el uniforme, el cuaderno por el fusil. En 2022, durante mi visita al campo de refugiados de Ain al-Hilweh, en el Líbano, me estremeció ver a niños de 12 años patrullando con armas en las manos. Lo califiqué entonces como “inmoral”. Hoy, la situación que vive Israel no es muy distinta a aquella que presencié en el Líbano.

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El campamento de refugiados de Ain-Hilweh en el Líbano. Fuente: Manuel Campos

En Acre, un grupo de soldados desciende de la estación de tren y espera bajo una marquesina el minibús que los trasladará a sus respectivos destinos. A lo largo de la costa, cuanto más se avanza hacia el norte o el sur, más evidente se vuelve la presencia militar. En Nahariya, el último municipio costero antes de la frontera con el Líbano, una parte de la playa ha sido acondicionada para albergar pequeñas embarcaciones de patrulla.

La movilización del país es total, y se nota en la abrumadora presencia militar. Sin embargo, esta presencia no altera significativamente el ritmo cotidiano del país. La existencia de Israel ha estado marcada por los numerosos conflictos que ha librado contra sus vecinos. El actual estado de guerra no es una anomalía, sino una prolongación de esa normalidad, en la que defenderse y expandirse se han entrelazado (en gran parte por el anhelo de su clase política), masacrando a su paso la vida de miles de inocentes.

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Patrulleras israelíes en un pequeño puerto adaptado para dar cobijo a este tipo de embarcaciones. La frontera con el Líbano se encuentra a no más de 10km. Fuente: Manuel Campos

Un viaje a la Tierra (no tan) Santa hoy invita a una profunda reflexión sobre la naturaleza de la guerra y la hipocresía de quienes la alimentan. En el Levante, nada ha cambiado, y eso ya es un titular. La “comunidad internacional” volverá a condenar a Israel en la ONU, pero sin romper relaciones diplomáticas —y mucho menos comerciales— con el Estado hebreo. La misma comunidad que denuncia el terrorismo, lo seguirá financiando de forma indirecta.

Es la historia de siempre, cuyo final nunca llega y queda sepultado bajo los escombros y el silencio.