Washington en la Era Multipolar: Menos liderazgo moral, más intereses
Desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, la actualidad política diaria mundial está claramente marcada por la acción internacional de la Administración americana. Estamos siendo testigos de un periodo de hiperactividad normativa que parece sacudir las relaciones a largo plazo de este país con el resto del mundo, especialmente con sus tradicionales aliados. Aunque no siempre sea sencillo leer entre turbulencias como las actuales, es posible que más allá del histrionismo y del estilo de negociación agresivo e irreverente de su presidente, exista un cambio de visión más profundo en las entrañas de la todavía primera potencia mundial, que podría estar preparándose para el complejo tablero geopolítico de las próximas décadas.

Desde finales de la IIGM, EEUU emerge no solo como la gran potencia económica, sino como el principal defensor de la democracia liberal. Se posiciona como un gigante que contrapone su visión al bloque comunista primero y, de manera más reciente, a algunos regímenes autoritarios y contrarios a su visión hegemónica. No es baladí que medios y políticos americanos se hayan referido coloquialmente a su presidente con el título oficioso de “Líder del Mundo Libre”; la aspiración de EEUU se centraba en un liderazgo mundial basado en ciertos valores que, con mayor o menor acierto, decía encarnar como nación.
De esta manera hemos vivido, especialmente tras la caída del Muro de Berlín, en una época denominada por algunos como “Pax Americana”, en la que una hiperpotencia económica, tecnológica y militar intervenía en casi cualquier punto del planeta y emergía como un supuesto faro moral, nunca exento de fuertes contradicciones. Para ello encabezaba un amplio y poderoso bloque que incluía a las principales potencias económicas, que compartían sistemas políticos similares como las democracias liberales europeas, Canadá, Australia, Japón, Corea del Sur y, en menor medida la mayor parte de países de América Latina, junto con otros regímenes más autoritarios, pero con situación geográfica o recursos de importancia estratégica, como Arabia Saudí o Marruecos.
Este sistema de poderes ha regido un mundo unipolar, con la Administración americana en su cúspide, cuyas numerosas grietas solo han comenzado a ser evidentes recientemente. De dichas grietas es preciso destacar dos: la emergencia de China como primer centro industrial y comercial global y la cada vez menor eficacia de las sanciones económicas y políticas a Rusia. Este último punto, como explica bien The Economist en su artículo “Russia outsmarts Western sanctions—and China is paying attention”, cobra especial relevancia, puesto que en la actualidad existe un grupo de estados no directamente alineados con la vieja coalición americana que cuentan con unos sistemas económicos y financieros suficientemente robustos e interconectados. Hablamos de centros financieros como Hong Kong, Dubai o Sao Paolo donde personas y empresas sancionadas han podido operar y buscar alternativas para paliar los efectos, otrora devastadores, de estas sanciones.

Ante este panorama de un inminente nuevo orden multipolar, es posible que los movimientos de EEUU adquieran una mayor profundidad de la aparente y se deban a una estrategia de adaptación a esta nueva realidad. En primer lugar, con la política arancelaria observamos una revisión de la relación con sus tradicionales aliados. Parece existir cierta concepción en la política americana de que la generosidad económica y militar de EEUU con sus aliados ya no es suficientemente compensada con su apoyo político. Lo que eran presiones suaves y discretas durante los últimos años, con Joe Biden congratulándose al final de su mandato de que el número miembros de la OTAN con un gasto superior al 2% pasó de 9 a 23, son ahora exigencias y, en cierto modo, amenazas.
En la relación económica con los países vecinos y la UE, el objetivo americano es claramente mejorar la balanza comercial y defender los intereses de sus empresas, aun cuando una guerra arancelaria pueda dañar la confianza mutua e incrementar el desapego político y social.
En segundo lugar, la diplomacia americana está renunciando también a un liderazgo moral y a la defensa de los principios de la democracia, la libertad y la transparencia. El cambio más significativo lo encontramos con la modificación de la “Foreign Corrupt Practices Act”, que acaba con la prohibición de las empresas americanas de pagar sobornos y comisiones ilegales en terceros países. Si la finalidad inicial de esta ley era la de marcar una senda de actuación contra prácticas corruptas en el comercio internacional, esperando que los demás países progresivamente adoptasen decisiones similares para erradicarlas de la realidad económica, ahora EEUU renuncia a esta vía, primando el interés económico de sus empresas.
El cambio de visión es claro; considera preferible frenar la lucha contra la corrupción para garantizar que las empresas americanas puedan competir en igualdad de condiciones con las de las potencias emergentes. Otras decisiones, aun cuando tienen un barniz más ideológico, como la retirada del Tratado de Paris o el abandono de la OMS, tienen también una clara intencionalidad práctica; reducir ataduras legales o morales que puedan afectar a sus intereses políticos y económicos. El culmen de estas practicas la encontramos con la adopción parcial de la propaganda rusa. Era esperable una mayor presión de EEUU a Ucrania para negociar una paz en condiciones no favorables, pero impacta realmente ver reproducidas consignas rusas por parte de los representantes americanos.

El objetivo de un EEUU más rico, aunque esto suponga debilitar los lazos con sus aliados, parece tomar peso. En este cambio de paradigma se renuncia a encabezar el orden mundial para apostar por reforzarse de manera individual en un nuevo mundo multipolar con alineaciones geopolíticas cambiantes. Admitiendo el próximo “sorpasso” chino, la apuesta parece ser recuperar la primera posición en las siguientes décadas, aunque eso suponga permitir a otras potencias controlar plenamente su esfera de influencia, mientras EEUU saca provecho de la suya renunciando a las viejas banderas de democratización universal.