Cuba: aperturismo o muerte
La nación caribeña es, a día de hoy, una de esas rara avis que todavía perviven en nuestro mundo. En un siglo en el que el comunismo no es más que un vestigio del pasado, reducido a Estados dictatoriales más preocupados por perpetuarse en el poder que por perseguir un ideal, el país caribeño continúa sometiendo a su población a un régimen de partido único desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959 y la llegada de Fidel Castro al poder.
Cuando la Unión Soviética existía, entre 1922 y 1991, Cuba desempeñaba un importante papel como aliado estratégico debido a su cercanía con Estados Unidos. Esta relevancia quedó especialmente demostrada durante la crisis de los misiles de octubre de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de una confrontación nuclear entre las dos grandes potencias de la Guerra Fría.

Tras la disolución de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, Cuba sufrió las consecuencias de la desaparición de su principal aliado económico y político. La isla entró en una profunda crisis conocida como el Periodo Especial, iniciado a comienzos de la década de 1990, que provocó un grave deterioro económico y reforzó el aislamiento ideológico del país. Pese a seguir manteniendo relaciones estrechas con Rusia, Cuba no dispone, ni de lejos, de los mismos recursos ni mantiene el mismo nivel de intercambio comercial que durante los años de la Guerra Fría.
Cuba es una nación extremadamente dependiente de las importaciones en sectores estratégicos como el de los hidrocarburos, lo que la hace especialmente vulnerable a la presión ejercida por potencias extranjeras. El embargo económico de Estados Unidos, establecido en 1960 y ampliado hasta adquirir su forma actual en 1962, ha sido una pesada losa para la economía cubana y uno de los factores que explican la persistencia de las cartillas de racionamiento, implantadas en 1962 y todavía presentes en la vida cotidiana del país. El embargo estadounidense ha agravado las dificultades económicas de la isla, pero no explica por sí solo una crisis en la que también influyen las limitaciones estructurales del modelo económico cubano.
Todas estas dinámicas negativas han obligado al pueblo cubano a adaptarse continuamente a las dificultades derivadas de una escasez generalizada de productos que condiciona su vida cotidiana. La sociedad cubana sobrevive gracias al ingenio y a una extraordinaria capacidad de adaptación a la realidad existente. Sin embargo, incluso los pueblos más resilientes tienen límites cuando las carencias afectan a elementos esenciales para la vida, como la alimentación o la salud.

Desde que el Gobierno estadounidense de Donald Trump detuviera al presidente venezolano Nicolás Maduro e instaurara una suerte de Gobierno títere de Washington bajo la dirección de Delcy Rodríguez, el escaso petróleo que La Habana recibía ha dejado de llegar, lo que ha agravado la frecuencia de los apagones. Esta situación provoca un colapso generalizado del transporte, tanto de pasajeros como de mercancías, y desencadena un efecto dominó que afecta al conjunto de la economía.
El régimen ya no puede garantizar plenamente el funcionamiento de los hospitales ni la prestación de los servicios básicos del Estado, lo que ha provocado una agitación social de una magnitud difícilmente recordada en la historia reciente de la isla.
Esta agitación social no es nueva. Las protestas del 11 de julio de 2021, conocidas como 11J, representaron uno de los mayores desafíos sociales y políticos al Gobierno cubano desde el triunfo de la Revolución en 1959. Sin embargo, el descontento se ha intensificado con la llegada de la generación Z y el aumento progresivo de su acceso a internet.

Durante décadas, la gran ventaja del régimen fue el control de la propaganda. A través de ella se repitieron y transmitieron las proclamas oficiales de generación en generación. Sin embargo, esa ventaja se ha debilitado en un mundo hiperconectado, especialmente desde la expansión del acceso a internet móvil en Cuba a partir de diciembre de 2018. Ahora cualquier cubano con un smartphone puede observar cómo viven las personas en otros lugares del planeta.
Las protestas de los últimos años han tenido como protagonistas a jóvenes cubanos que contemplan el mundo desde otro prisma y que ya no comprenden ni aceptan la realidad en la que viven.
Todo ello, unido a un escenario internacional convulso, en el que Irán mantiene un conflicto político y bélico intermitente con Estados Unidos, ha provocado que los escasos aliados ideológicos del Partido Comunista Cubano hayan dejado de ser una baza fiable con la que contar.

Donald Trump intensificó la presión sobre la isla durante su primer mandato presidencial, entre 2017 y 2021, mediante el endurecimiento de las sanciones y la activación, en 2019, del Título III de la Ley Helms-Burton, aprobada originalmente en 1996. Estas medidas aumentaron la incertidumbre de las empresas extranjeras que operaban en territorio cubano y afectaron a la inversión y al turismo, una de las principales vías a través de las cuales el Estado obtenía importantes ingresos.
A día de hoy, el régimen depende de la limitada ayuda humanitaria que recibe y de las remesas enviadas por la diáspora cubana a sus familiares. El país atraviesa uno de sus periodos más oscuros desde el inicio del Periodo Especial, a comienzos de la década de 1990.
Ante esta situación, el presidente Miguel Díaz-Canel, en el cargo desde 2018, se ha visto forzado a adoptar medidas de apertura económica hacia un modelo de mercado en el que el Estado deja de ejercer un control absoluto sobre determinadas actividades económicas.
Estas medidas incluyen 176 desregulaciones, entre las que se encuentran la posibilidad de que los ciudadanos posean más de un negocio, inviertan en pequeñas empresas, accedan a servicios de banca privada, mantengan divisas extranjeras y negocien sus salarios fuera de las tablas salariales establecidas por el Estado.

Cuba pretende que su economía resista las dificultades mencionadas y, al mismo tiempo, adaptarse parcialmente a las exigencias de una población que lleva demasiado tiempo sobreviviendo con lo mínimo. Pese a ello, la utilidad de estas medidas todavía está por demostrarse en una sociedad con escasa tradición de economía de mercado y en la que el control estatal continúa siendo muy amplio.
Es posible que el anacronismo económico de la isla haya avanzado demasiado y que estas medidas hayan llegado tarde para producir un efecto significativo sobre la economía del país. Conviene recordar que ni las sanciones ni el embargo serán levantados y que la situación geopolítica internacional sitúa al Gobierno de La Habana en una posición de aislamiento casi de facto frente al resto de la comunidad internacional.
La oposición cubana se enfrenta, además, a un problema estructural: gran parte de ella se encuentra fuera de la isla, mientras que la oposición interna está formada por figuras concretas con escasa capacidad para organizar un movimiento unificado y sólido. Todo ello ocurre en un país que continúa sometido a un fuerte control social y político por parte del Gobierno y de unos cuerpos de seguridad que actúan con dureza contra quienes se atreven a alzar la voz contra el Partido.

Cuba vive atrapada en una paradoja constante: demasiado cerrada al mundo, pero obligada a comerciar con él; demasiado sancionada, pero con demasiadas necesidades que satisfacer; demasiado desactualizada para un mundo que avanza a una velocidad cada vez mayor.
La fecha de caducidad del régimen sigue siendo una incógnita que parece eterna y sobre la que resulta prudente no aventurar predicciones. Sin embargo, el Gobierno no quiere ni imaginar la posibilidad de un intento de asalto al poder y, por ello, ha girado hacia un modelo de apertura económica que busca salvar al país de su peor crisis en décadas y responder a las demandas de la primera generación de cubanos que ha crecido parcialmente al margen de los dogmas y de la propaganda.
Una ideología que, como los coches que todavía circulan por las carreteras de la isla, parece pertenecer a otro tiempo.
El aperturismo cubano no representa necesariamente una renuncia al modelo, sino un intento de garantizar su supervivencia. La paradoja es que, para conservar el sistema, el régimen puede verse obligado a transformar algunos de sus pilares. En una isla donde durante décadas la consigna fue «Patria o muerte», la nueva realidad parece imponer otra alternativa: «aperturismo o muerte».