La economía japonesa contemporánea (Parte 2/2)


A finales de la década de 1980, la Bolsa de Tokio superaba a Wall Street en capitalización, los bancos japoneses lideraban el sector financiero y las empresas niponas dominaban industrias clave. Japón se perfilaba entonces como candidato a encabezar la lista de las grandes potencias económicas globales, del mismo modo en que hoy se proyecta a China.

La Bolsa de Tokio a principios de los 90. Autor: Gianni
La Bolsa de Tokio a principios de los 90. Autor: Gianni

Sin embargo, tan solo unos años después, el país quedó atrapado en un prolongado ciclo de estancamiento de salarios y deflación del que no pudo salir pese a convertirse en el país más endeudado del mundo y reducir los tipos de interés del yen por debajo de 0%. Hoy, con una moneda debilitada, una inflación al alza y un repunte salarial, surge la pregunta: ¿está Japón despertando finalmente de su letargo o esto es solo un espejismo?

El siguiente artículo tiene como objetivo ofrecer una visión general de la economía japonesa contemporánea, analizando el periodo de gran crecimiento que sucedió a la Segunda Guerra Mundial, las tres décadas de estancamiento iniciadas en 1990 y, finalmente, el estado actual del país.

El reformismo de Posguerra

El crecimiento industrial japonés de los años previos a la Segunda Guerra Mundial estuvo protagonizado por los zaibatsu, un pequeño grupo de grandes conglomerados industriales que monopolizó la producción y, bajo las directrices de la oligarquía estatal, contribuyó a orientar la economía hacia la militarización y la expansión imperialista. No obstante, este sistema derivó en la Guerra del Pacífico, que acabó con la destrucción de más de un cuarto de la capacidad industrial japonesa y dio paso a las reformas económicas y políticas implementadas por el general Douglas MacArthur, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas entre 1945 y 1952.

En el plano económico, el Comandante Supremo promovió la división de los zaibatsu en compañías más pequeñas e independientes o la redistribución de la tierra en favor de arrendatarios y pequeños agricultores con el fin de diseminar el poder económico y, así, fomentar una economía más competitiva e incrementar la productividad en el campo. Adicionalmente, Washington invirtió más de 2.000 millones de dólares en el país y facilitó la importación de alimentos, se limitaron las reparaciones de guerra y se estableció el tipo de cambio del yen a una tasa muy competitiva con el fin de estimular las exportaciones japonesas, especialmente a Estados Unidos.

Esta es una fotografía del emperador Hirohito y el general MacArthur reunidos el 29 de septiembre de 1945, después de que Japón se rindiera al concluir la Segunda Guerra Mundial.
El emperador Hirohito y el general MacArthur reunidos el 29 de septiembre de 1945, después de que Japón se rindiera al concluir la Segunda Guerra Mundial. Fuente: Dominio Público

Desde el punto de vista político, la nueva Constitución, redactada bajo la supervisión estadounidense, transformó a Japón en una democracia liberal moderna. El texto transfería la soberanía del emperador al pueblo, otorgando a este último el poder de elegir a los representantes de las dos cámaras de la asamblea; forjaba la estructura de un gobierno representativo y la separación de poderes; e introducía garantías de derechos civiles, como la libertad de expresión o de prensa. Entre las reformas, también destacaron la autorización para la creación de sindicatos y la participación en huelgas y negociaciones colectivas.

En una coyuntura internacional marcada por el inicio de la Guerra Fría, las reformas implementadas por la administración Truman buscaron fortalecer la economía japonesa, integrarla en el bloque occidental y, así, convertir a Japón en un dique de contención del comunismo en Asia-Pacífico. Sin embargo, fue el estallido de la Guerra de Corea y la expansión industrial propiciada por la demanda estadounidense de grandes cantidades de alimento y material bélico fabricado en territorio nipón lo que aceleró el desarrollo japonés y actuó como detonante de la transformación radical de la economía del país en las décadas posteriores.

El milagro económico japonés

Estados Unidos se retiró de Japón en 1952, no sin antes firmar un acuerdo que le permitiese mantener tropas en el país y a Tokio crear fuerzas de autodefensa disuasorias. Por aquel entonces, el ejecutivo japonés se encontraba liderado por Shigeru Yoshida, líder de la coalición Liberal-Democrática, formada en buena parte por antiguos burócratas estatales. Yoshida permaneció en el cargo hasta 1954 y, un año después, la fusión de los partidos conservadores de su coalición llevó a la creación del Partido Liberal Democrático (PLD), que lograría extender su presencia en el poder hasta 1993 en lo que se conoce como el "sistema 55".

El milagro económico japonés se produjo, de esta forma, durante el largo periodo de gobierno del PLD, cuya estancia en el poder fue posible, a su vez, gracias al crecimiento económico. Este largo periodo de estabilidad política también propició el establecimiento de fuertes vínculos personales entre burócratas estatales y líderes empresariales, muchos de los cuales se beneficiaron del creciente control en la economía que ejercían Ministerios como el de Hacienda o el de Comercio Internacional e Industria (MCII) en detrimento de la política de "no injerencia" que había promovido el Comandante Supremo.

Captura de pantalla 2025-05-15 105538.png

Siguiendo esta línea, entre las políticas promovidas por el MCII en aras de industrializar la economía y promover las exportaciones, se incluía la relajación de las leyes antimonopolio, lo que permitió a los sucesores de los zaibatsu asociarse de nuevo. Los nuevos conglomerados, los keiretsu, se estructuraron verticalmente, creando grandes compañías manufactureras vinculadas con sus proveedores y distribuidores; u horizontalmente, formando tejidos de compañías industriales o comerciales interrelacionadas entre sí por medio de participaciones mutuas en el capital social o por relaciones estratégicas a largo plazo en torno a un gran banco. En ambos casos, las empresas que componían los keiretsu se beneficiaban de cesiones de know-how o de asistencia mutua en escenarios desfavorables.

En las décadas de 1950 y 1960, el excedente de mano de obra derivado de la mayor productividad en el campo y del retorno de quienes participaron en la guerra permitió a los salarios crecer a menor ritmo que la producción, contribuyendo ello al crecimiento de los keiretsu. Asimismo, la elevada depreciación del capital japonés y la reducida capacidad productiva como consecuencia de la guerra incentivó a las empresas niponas a invertir en tecnología relacionada con industrias manufactureras en auge y en proyectos de I+D a largo plazo, todo ello facilitado por la estabilidad política y por una menor presión accionarial por lograr beneficios en el corto plazo.compartían know-how, capital y asistencia mutua, fortaleciendo su resistencia frente a ciclos económicos adversos.

El gran tamaño de los keiretsu, así como la laxa política monetaria del Banco de Japón o la concesión de créditos preferenciales del Banco de Desarrollo de Japón a industrias como el carbón, la naviera, el acero o la energética permitió a estas compañías obtener condiciones ventajosas de financiación. Del mismo modo, la permisividad del MCII a las prácticas monopolísticas de los keiretsu permitió a estas compañías protegerse frente a potenciales competidores, al tiempo que las deducciones fiscales a las ventas extraterritoriales o el mantenimiento del yen a una tasa artificialmente baja permitió a los keiretsu incrementar su competitividad en el extranjero.

La competitividad de las empresas niponas y el auge de las exportaciones, en especial a Estados Unidos, llevó a Japón a cosechar superávits comerciales cada vez más significativos. Además, los crecientes ingresos fiscales del gobierno facilitaron la inversión estatal en grandes obras públicas, siendo un ejemplo de ello la construcción del tren bala Tokio-Osaka para los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964. Por todo ello, la economía nipona creció a una tasa promedio del 10% entre 1955 y 1975, logrando doblar su capacidad industrial entre 1965 y 1974. Para 1970, Japón ya se había convertido en el estado capitalista con el segundo PIB más elevado.

Eduardo Faus
Autor: Eduardo Faus

La crisis del petróleo tras la guerra del Yom Kippur estancó brevemente el crecimiento entre 1974 y 1975, al importar Japón, prácticamente, la totalidad de los hidrocarburos que consumía. Sin embargo, este contratiempo fue un aliciente para que las élites niponas incrementasen la inversión en la fabricación de productos tecnológicos de alto valor añadido, como la electrónica, en detrimento de industrias pesadas con un elevado consumo de combustible. La industria del automóvil, en especial la que exportaba a Estados Unidos, también registró un repunte durante estos años.

Del crecimiento a la burbuja

Tras el colapso del sistema de Bretton Woods y el inicio de la liberalización de los mercados financieros japoneses, el yen se había apreciado notablemente frente al dólar, pero esta tendencia se revirtió debido a eventos como la segunda crisis del petróleo de 1979, la agresiva subida de tipos por parte de la Reserva Federal o la reducción de los tipos del 9% al 5% entre 1980 y 1985 por parte del Banco de Japón. Esta nueva depreciación del yen amenazó con acentuar el déficit comercial estadounidense en un contexto en el que Japón ya se había consolidado como una economía desarrollada y en el que se comenzaba a cuestionar la futura hegemonía económica de Washington.

En 1985, representantes de los estados del G5 —Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y el Reino Unido— se reunieron en el Hotel Plaza de Nueva York a instancias de Estados Unidos para negociar intervenciones en los mercados de divisas con el fin de revalorizar el yen frente al dólar y reducir la competitividad de las exportaciones japonesas. En un esfuerzo por preservar las relaciones con sus aliados occidentales, Japón aceptó el acuerdo. Ahora bien, teóricamente, desde una perspectiva interna, este acuerdo no era tan perjudicial para Japón, pues una sobrevaloración gradual del yen podía incrementar el poder adquisitivo de los japoneses y reducir la vulnerabilidad de su economía a disrupciones del comercio exterior.

Sin embargo, apenas dos años después del acuerdo, el tipo del cambio JPY/USD pasó de 240 a 150 yenes, lo que implicó una revalorización de la moneda japonesa de, aproximadamente, un 50%. Este drástico ajuste superó las expectativas iniciales y se convirtió en un riesgo para la competitividad de una economía aún dependiente de las exportaciones por lo que, en respuesta, entre 1985 y 1987, el Banco de Japón decidió reducir los tipos de interés del 5% al 2.5%, las tasas más bajas a nivel mundial en aquel momento. A modo de curiosidad, este endeudamiento a bajo coste llevó a los inversores japoneses a hacerse con el 75% de la emisión de bonos del Tesoro estadounidense en 1986.

1.18698221.1455907167.webp
El "Acuerdo Plaza" de 1985 recibe su nombre del Hotel Plaza de Nueva York, sede de la reunión de ministros de finanzas que llegaron a un acuerdo sobre la gestión de la fluctuación del valor del dólar estadounidense. De izquierda a derecha: Gerhard Stoltenberg de Alemania Occidental, Pierre Bérégovoy de Francia, James A. Baker III de Estados Unidos, Nigel Lawson de Gran Bretaña y Noboru Takeshita de Japón. Fuente: Bild: Fred R. Conrad / Redux / Laif

Paralelamente, a mediados de la década de 1980, la economía japonesa estaba atravesando una fase de crecimiento sostenido al tiempo que mantenía una inflación moderada, lo que llevó a las autoridades niponas a estimar viable un fomento del consumo interno sin que ello generase presiones inflacionarias bajo la premisa de que el impulso de la demanda sería absorbido por un aumento en la actividad manufacturera. Por este motivo, durante este periodo, el Banco de Japón también decidió flexibilizar los controles sobre el crédito.

A su vez, la desregulación financiera llevada a cabo entre las décadas de 1970 y 1980 permitió a las grandes empresas acceder directamente a los mercados de capitales, reduciendo así su dependencia del financiamiento bancario. Como resultado, los bancos redirigieron sus préstamos hacia los promotores inmobiliarios y el financiamiento hipotecario, lo que provocó un incremento del 150% en el crédito destinado a estos dos sectores entre 1985 y 1990 y alimentó un rápido aumento del endeudamiento y la formación de una burbuja de precios.

A causa de todos estos factores, entre 1985 y 1989, el Nikkei 225, que agrupa a las compañías japonesas de mayor capitalización, registró una revalorización del 240%, mientras que el sector inmobiliario y de la tierra se apreció un 245%. Este incremento llevó a numerosas empresas a invertir en terrenos, llegando compañías como Nissan a registrar mayores ingresos contables por la revalorización de sus activos inmobiliarios que por su actividad manufacturera. Como reflejo de esta abrupta burbuja, para 1990, el precio de una vivienda familiar en Tokio alcanzaba los 516 mil dólares, mientras que el valor estimado del Palacio Imperial de la capital superaba al de todas las tierras de California.

No obstante, en 1989, el Banco de Japón y el Ministerio de Finanzas trataron de poner freno a la sobrevaloración de activos endureciendo su política monetaria e implementando una serie de medidas para limitar los créditos al sector inmobiliario. Sin embargo, como consecuencia de estas políticas, la economía japonesa entró en un periodo de estancamiento económico que se prolongaría durante décadas y cuya evolución se tratará en detalle en la segunda parte de este artículo.

Fuente: Banco Mundial
Producto Interior Bruto de Japón (1960-2023). Fuente: Banco Mundial

¿Te ha interesado? Recibe nuestra newsletter

Cada martes, lo más importante de la actualidad internacional explicado por nuestros analistas, en tu correo. Gratis y sin spam.