La gran paradoja europea: lucidez estratégica y parálisis política
Si decimos que la UE se encuentra en un momento decisivo de su historia, no estamos exponiendo nada nuevo. Esto mismo, de distintas formas, es lo que llevan años señalando desde Bruselas. Crisis de competitividad, crisis financiera, pandemia global, cambio climático, guerra en Ucrania y una administración estadounidense hostil son algunos de los retos mayúsculos a los que debe hacer frente la UE.
Europa no sólo ha de afrontar estos retos, sino que debe abordarlos todos al mismo tiempo. De su capacidad para navegar en este contexto desafiante dependerá su futuro. Es por esto por lo que la etapa actual se antoja decisiva. Sin embargo, además de estos retos, la UE debe enfrentarse a un problema que lleva arrastrando varias décadas, su falta de ambición.

Grandes palabras, pequeñas acciones
La Unión Europea es un proyecto político en construcción y, por tanto, inacabado. Conviene recordar, al iniciar cualquier análisis, que la UE como entidad formal solo existe desde 1992, es decir, desde hace poco más de tres décadas. Por esta misma razón es preciso marcar cierta distancia cuando comparamos este proyecto con Estados como China, Rusia o Estados Unidos: la UE no es un Estado y no puede comportarse como tal.
Una organización formada por 27 países que mantienen su soberanía, por su propia naturaleza, jamás podrá tener unos intereses y estrategias nacionales tan definidos como los de sus rivales geopolíticos. Teniendo esto en cuenta, sí, la UE es un proyecto en construcción, pero también audaz, ambicioso y rompedor. Un proyecto que decidió crear algo que nunca había sido creado hasta entonces, ser algo que nunca nadie había sido antes. Esta audacia y capacidad para buscar soluciones originales a problemas complejos fue lo que hizo posible que la UE no solo llegara a establecerse, sino que lo hiciera con éxito.
Desgraciadamente, esa ambición primigenia europea contrasta con la situación actual. Bruselas no ha modificado sus tratados desde el Tratado de Lisboa de 2009, pacto heredero de la Constitución Europea, que trató de aprobarse en 2005 en un mundo profundamente distinto al actual. Ese año —2009— no es casual: a partir de entonces comienzan a encadenarse una serie crisis de distinta naturaleza que empujan a la UE a abandonar la ambición estratégica para instalarse en una lógica de constante supervivencia.
La crisis del euro, de refugiados, el Brexit, Trump en la Casa Blanca, la pandemia y la guerra en Ucrania fueron situaciones límite que Bruselas encadenó prácticamente sin solución de continuidad. Cada año aparecía un nuevo fenómeno que suponía una amenaza para la existencia de la Unión. La buena noticia es que la UE se ha mostrado bastante más resiliente de lo que muchos esperaban y ha sobrevivido a todos esos momentos decisivos. La mala es que lo ha hecho acosta de su ambición. Hace décadas que Bruselas está centrada en salvar lo que tiene más que en construir algo, a la espera de que regrese un mundo que ya no existe.
Si nos centramos en las declaraciones, cualquiera diría que la ambición de la UE sigue intacta. Bruselas habla de transición energética, de construir un continente climáticamente neutral, de reindustrialización, de convertirse en un actor geopolítico, de mayor soberanía energética, de reforzar sus capacidades internacionales, de investigación e innovación, etc. Todas estas declaraciones, además, no suelen ir solas y van acompañadas de estrategias que ponen negro sobre blanco lo que debe hacer la UE para convertirse en referencia mundial.
El informe Draghi es un buen ejemplo de esto. La UE ha perdido competitividad respecto a Estados Unidos y China, pero puede recuperarla con un entorno regulatorio más favorable, mayor inversión y completando el mercado único. Respecto a esto último, otro informe, el de Enrico Letta, actúa como guía para que la UE elimine todas las barreras económicas interiores.

Visto así, tenemos un actor político que no sólo hace un buen diagnóstico de la realidad, sino que también es capaz de proponer las soluciones adecuadas a los problemas que enfrenta. Sin embargo, cuando llega la hora de implementarlas, la ambición se queda en las estrategias y nunca en las acciones concretas.
Por ejemplo, el informe Draghi reclamaba inversiones muy significativas en prácticamente todos los sectores de la economía. Esas inversiones, simplemente, no se están produciendo. Una manera de abordar esta brecha en la inversión podría ser emitir deuda conjunta para dotar a la UE de mayor músculo financiero, pero esta opción ha sido descartada por el momento.
Por otro lado, el informe Letta se presentó en abril de 2024 y la propuesta oficial de la Comisión sobre la Unión de Ahorro e Inversiones, que pretende acabar con algunas de las barreras del mercado único que se recogen en el informe, se espera que llegue en 2026. La UE conoce los problemas, ha hecho un buen trabajo respecto a diseñar las soluciones, pero no está dispuesta a hacer ninguno de los esfuerzos que requiere implementarlas.
Esta situación es aplicable a otras muchas políticas europeas. Recientemente, la UE ha presentado su proyecto de movilidad militar. El plan era una ambición recurrente en Bruselas que veía cómo las infraestructuras europeas no estaban preparadas para el movimiento de tropas dentro del continente y consideraba que esto suponía una vulnerabilidad estratégica.

Según la Comisión Europea, la creación de un denominado “Schengen militar” requeriría una inversión de unos 100.000 millones de euros, de los cuales la UE solo aportaría 18.000 millones. Desde Bruselas se justifica esta limitación presupuestaria señalando que los Estados miembros se han comprometido a aumentar su gasto en defensa y que ese esfuerzo nacional debería cubrir el resto de la financiación. Sin embargo, el resultado es, una vez más, un plan necesario que queda en una situación incierta, ya que su viabilidad dependerá en última instancia de la voluntad política y de la capacidad presupuestaria de cada Estado miembro para llevarlo a cabo.
Con respecto a Ucrania, la situación es similar. Kiev debe recibir una inyección económica muy importante en los próximos años o no podrá cuadrar sus cuentas. Para solucionarlo, la UE había propuesto utilizar los activos rusos congelados en Bélgica.
Desgraciadamente, el coste final del préstamo recaerá sobre el conjunto de los europeos, ya que tres Estados miembros de peso económico y demográfico minúsculos —Hungría, Eslovaquia y República Checa— se negaron a mutualizar el riesgo, una postura que fue celebrada públicamente por Vladímir Putin.
Pero no solo esto, la UE terminó claudicando al firmar un acuerdo comercial en el que aceptaba las exigencias de Washington con la esperanza de evitar un abandono estadounidense de Ucrania. La estrategia ha fallado en tanto que Trump sigue proyectando una paz favorable a Moscú y, además, ahora exige a la UE que cambie su legislación sobre las empresas digitales.

Otro ejemplo revelador es el presupuesto europeo. En un momento en el que la propia UE reconoce abiertamente la necesidad de inversiones masivas en prácticamente todos los ámbitos estratégicos, la Comisión Europea ha propuesto, paradójicamente, un presupuesto que en la práctica supone su congelación.
Conclusión
La UE sigue hablando del jardín sin atreverse a abrir la puerta de casa. Quiere ser un poder geopolítico, pero mantiene aversión al conflicto y se encuentra paralizada respecto a las grandes decisiones. Bruselas no puede decir no a la deuda conjunta, a la ampliación, a confrontar con Estados Unidos, a gestionar sus fronteras, a renovar los tratados, a concluir el mercado único, a la unión fiscal, a implicarse en Ucrania, a una mayor integración y, en definitiva, a ser un actor relevante.
Por medio de estrategias y documentos la UE nunca será lo que quiere ser. La situación requiere, como en el inicio de la integración, ambición: Asumir riesgos, tomar medidas impopulares, abrir debates difíciles y asumir que algunas rivalidades se conviertan en enemistades.
En lugar de mostrar ambición, la UE se ve rodeada de fragilidad e inestabilidad y piensa que, si se queda quieta mientras todo lo demás se tambalea, al menos se mantendrá en la misma posición. Esto es un error estratégico mayúsculo que solo puede condenar a Bruselas a la irrelevancia, a convertirse en poco más que un cajero automático para algunos Estados y más mercado para otros, algo contrario al ambicioso concepto con el que se fundó y que ahora se traiciona.
