Durante años, la posibilidad de que Irán llegara a bloquear el estrecho de Ormuz fue vista como un escenario improbable, casi impensable. Muchos lo consideraban una simple amenaza, un instrumento de presión que nunca llegaría a materializarse. Sin embargo, la guerra ha cambiado totalmente esa perspectiva. 

Foto ilustrativa (AFP)
Fotografía ilustrativa. Fuente: AFP

Desde el punto de vista estratégico, Irán ha demostrado algo que durante mucho tiempo se había puesto en duda: que posee una capacidad real y creíble para convertir el estrecho de Ormuz en un arma. Los servicios de inteligencia estadounidenses han concluido que Irán puede cerrar de forma efectiva el acceso al estrecho cuando lo considere necesario. 

Durante la guerra entre Estados Unidos e Irán, el transito marítimo se desplomó, miles de millones de dólares en mercancías quedaron retenidos y las cadenas de suministro comenzaron a resentirse. El tráfico de petróleo cayó muy por debajo de sus niveles habituales y el sistema de navegación internacional entró en una situación de incertidumbre permanente. Pero el petróleo era solo una parte de la historia. 

Por el estrecho de Ormuz transita aproximadamente una cuarta parte del comercio marítimo de crudo mundial, una quinta parte del gas natural licuado, un tercio de los fertilizantes, la mitad del azufre y una parte fundamental del helio utilizado en la industria de los semiconductores. La agricultura mundial depende de los fertilizantes sintéticos que atraviesan esas aguas; los países productores de cereales necesitan esos insumos para mantener sus cosechas. La interrupción en el suministro provocó fuertes incrementos en el precio de la urea. 

Tráfico marítimo total por el estrecho de Ormuz. Fuente: CSIS
Tráfico marítimo del estrecho de Ormuz (número de navíos diarios, años 2025 y 2026). Fuente: CSIS

Una de las grandes lecciones de esta guerra es que Irán ha descubierto que puede ejercer un enorme poder económico sin destruir físicamente infraestructuras globales, en muchos casos introduciendo un único elemento de incertidumbre. El simple riesgo de que el estrecho pueda cerrarse es suficiente para disparar las primas de seguro y obligar a las empresas a asumir costes muy elevados.

La guerra también ha demostrado la enorme asimetría que existe entre los medios de disrupción y los medios de protección. Mantener misiones navales permanentes, escoltar convoyes y garantizar la seguridad de las rutas marítimas requiere recursos gigantescos. En cambio, los instrumentos de coerción son relativamente baratos: minas, drones, misiles y pequeñas embarcaciones rápidas. 

Y la preocupación va más allá del Golfo Pérsico. Existe la posibilidad de que, en el caso de una reanudación de las hostilidades, la presión se extienda al estrecho de Bab el-Mandeb y al mar Rojo mediante la actuación de los hutíes. Si Ormuz y Bab el-Mandeb se vieran simultáneamente afectados, los efectos sobre la economía mundial serían devastadores. El mar Rojo es otra de las grandes arterias del comercio global. Además, una gran parte de los cables submarinos de comunicaciones entre Europa y Asia atraviesan esa región. La economía mundial funciona sobre la base de la velocidad y la previsibilidad. Cuando desaparece esta última, todo el sistema comienza a encarecerse. 

La guerra disparó los precios de las materias primas agrícolas. Fuente: CSIS
El gráfico muestra la variación porcentual acumulada desde el año 2000 en los precios de los fertilizantes (azul), el petróleo (naranja) y el maíz (verde). Se observan picos coincidentes con la crisis alimentaria de 2008, la sequía de 2010-2012, la pandemia de Covid-19 y la guerra en Ucrania (2021-2022), y una nueva escalada en 2025-2026 (Epic Fury) como consecuencia de la guerra entre EE.UU./Israel e Irán. Los fertilizantes muestran la mayor volatilidad, llegando a superar el +1.000% en varios episodios. Fuente: CSIS

La capacidad iraní para alterar el tráfico marítimo se ha convertido, por tanto, en una nueva realidad estratégica que ya no puede ignorarse. Incluso si el alto el fuego se consolida y ambos países firman la paz, la percepción del riesgo ha cambiado para siempre. La retirada de la totalidad de las minas puede prolongarse semanas o meses, y las estimaciones del sector marítimo indican que la situación difícilmente regresará a los niveles anteriores en el corto plazo.

Asimismo, los Estados de la región tendrán que decidir cómo gestionar el futuro del estrecho. La administración y seguridad de Ormuz sigue sin resolverse y, en medio de esa incertidumbre, Irán sale de la guerra con un nuevo instrumento de influencia. Su mera existencia condiciona los cálculos de todos los demás países. A partir de ahora, cualquier crisis en Oriente Próximo tendrá una dimensión económica inmediata. Cada escalada militar se interpretará también como una posible amenaza para las rutas marítimas y el comercio global. 

La gran pregunta que plantea el futuro no es si el estrecho volverá a abrirse completamente —esto probablemente ocurrirá en algún momento—. Lo verdaderamente importante es qué sucede cuando un único actor como Irán puede interrumpir a demanda uno de los puntos de estrangulamiento marítimo más importantes del mundo y utilizarlo como instrumento de presión. 

La respuesta es incierta. Lo que está claro es que la geografía vuelve a imponerse sobre las ilusiones de la estabilidad permanente. En plano siglo XXI, el control de los grandes corredores marítimos sigue siendo una de las formas más eficaces de ejercer poder. 

Fuentes

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