
Acuerdo UE-Ghana: claves de la nueva alianza de seguridad en África
La Unión Europea mira a Ghana, que ha hecho historia al convertirse, el pasado martes 24 de marzo, en el primer país africano en firmar un acuerdo de seguridad y defensa con la UE. El pacto, sellado en Accra, es una clara apuesta por el fortalecimiento de los vínculos con Bruselas en ámbitos como el multilateralismo, la defensa de la democracia y la búsqueda de estabilidad regional.
Ciertamente, la fe que el equipo liderado por Kaja Kallas, alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y vicepresidenta de la Comisión Europea, ha depositado en Ghana se enmarca en un contexto de creciente recelo hacia Occidente en África occidental. La Unión Europea necesita mostrarse disponible y comprometida con una región que se fragmenta internamente y que, a la vez, por su posicionamiento geopolítico de no alineación, está abriendo sus puertas a la diplomacia con rivales del viejo continente. Rusia o China son algunos de los países que están capitalizando las oportunidades de cooperación para reforzar su influencia y consolidar su presencia en África.
Para el conjunto de potencias europeas, la salida de Mali, Burkina Faso y Níger de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental a comienzos de 2025, junto con la creación de la Alianza de Estados del Sahel, supuso un revés significativo para las expectativas de cooperación en materia de seguridad.
Estos tres países, gobernados por juntas militares, comparten una marcada oposición a las influencias occidentales —especialmente Francia, y por extensión al conjunto europeo— y han provocado una fractura inédita en África occidental. En este contexto, Estados vecinos como Togo o Chad muestran cierta afinidad hacia el proyecto de la AES, mientras que las tensiones con Benín, Nigeria o Costa de Marfil son evidentes, centradas principalmente en acusaciones de injerencia extranjera y en desacuerdos sobre la gestión de la seguridad aérea y terrestre.

En medio de esta alteración del orden establecido, Ghana se posiciona como una potencia conciliadora. Pese a la desconfianza de algunos socios y a la espera de una eventual reactivación de mecanismos como la Iniciativa de Accra —que en 2017 reunió a Benín, Burkina Faso, Costa de Marfil, Ghana y Togo—, la Unión Europea ha dado un paso relevante para recuperar su credibilidad institucional en el continente.
Con un enfoque pragmático y orientado a reconstruir la confianza, el acuerdo con Ghana busca reforzar las capacidades del país frente a sus principales amenazas de seguridad y, al mismo tiempo, sentar las bases para la extensión de este tipo de compromisos en la región.
Aunque Ghana es, sin duda, una de las democracias más estables de África occidental, se ha visto envuelta recientemente en amenazas varias, siendo la principal la porosidad de su frontera norte. El límite con Burkina Faso es uno de los puntos calientes de su geografía debido a las incursiones terroristas de al-Qaeda e ISIS que, aunque no han llevado a cabo atentados en suelo ghanés, desestabilizan los flujos comerciales y migratorios y alimentan el temor a la expansión del extremismo.

Aunque la Alianza de Estados del Sahel autorizó la creación de unidades militares conjuntas, su impacto en la contención de estas amenazas ha sido limitado. En este contexto, Accra parece confiar en las garantías derivadas del acuerdo con la Unión Europea, así como en los 500 millones de euros canalizados a través del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz, destinados a reforzar sus capacidades militares y mejorar su autonomía en materia de seguridad.
Por otro lado, el acuerdo permite reforzar la respuesta frente a los riesgos de piratería en el Golfo de Guinea mediante programas de cooperación en seguridad marítima. España cuenta con experiencia en este ámbito a través de su participación en la Presencia Marítima Coordinada de la Unión Europea en la región. No obstante, las nuevas capacidades de defensa marítima ghanesas llegan en un momento agridulce con su país vecino, Togo.
Desde hace varios años, Accra y Lomé mantienen una disputa sobre la delimitación de sus respectivas Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) y la consiguiente explotación de los recursos naturales presentes en las mismas. El contencioso, actualmente bajo arbitraje internacional en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, se desarrolla en un contexto donde cualquier aumento de las capacidades navales puede interpretarse como una alteración del equilibrio.

Por último, la apuesta por reforzar la cooperación militar con Ghana se produce en medio de un debate interno cada vez más intenso sobre el grado de implicación del país en conflictos regionales. En el Parlamento ghanés se discute la conveniencia de permitir el uso de bases en su territorio por parte de Estados Unidos para operaciones contra objetivos en África, como ocurrió con los bombardeos sobre campamentos del Estado Islámico en Nigeria.
Aunque el Ministerio de Asuntos Exteriores ha insistido en que estas colaboraciones se gestionan con cautela para no comprometer la seguridad nacional, existe una división clara en el ámbito político. En este contexto, el acuerdo con la Unión Europea introduce una variable adicional: la posibilidad de diversificar socios sin quedar expuesto a dinámicas de dependencia operativa.
Más allá del plano inmediato, el trasfondo es estructural. El creciente interés de China y Rusia por consolidar su presencia en Ghana amplía el margen de presión externa sobre Accra. En ese escenario, el acuerdo con la UE puede reforzar la autonomía estratégica del país, dotándolo de capacidades propias para gestionar su seguridad sin verse condicionado por agendas externas. La clave residirá en si Bruselas es capaz de traducir este compromiso en garantías operativas creíbles y sostenidas en el tiempo.

En definitiva, en el marco del refuerzo de la cooperación europea en materia de seguridad y de la neutralización de amenazas híbridas en África, el acuerdo con Ghana presenta un potencial significativo. Un pacto así es una clara apuesta por que un país de tradición democrática, pacífica e inclusiva lidere la transformación en materia de seguridad que África occidental necesita. La UE reafirma con él la todavía latente necesidad de un orden internacional basado en la confianza y la cooperación y la importancia de una Europa pionera en el mantenimiento de la paz en tiempos de incertidumbre.
Aun así, la eficacia de esta iniciativa dependerá, en última instancia, de su capacidad para traducirse en una mayor autonomía para Ghana y en mejoras tangibles sobre el terreno, ya que son numerosos los intentos europeos fallidos en el Sahel, como sucedió con la misión EUTM Mali, que no logró estabilizar el país. Queda igualmente por ver si Ghana será algo más que un socio simbólico momentáneo o si se consolidará como un socio estratégico duradero.